
Un equipo de la UBA, finalista del Mundial de Programación
Los chicos vuelan hoy a Hong Kong
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No sólo en fútbol la Argentina juega "en primera": hoy al mediodía parte para Hong Kong el equipo de la carrera de Ciencias de la Computación de la Universidad de Buenos Aires que ganó un lugar en la final de la competencia mundial de programación de la Association for Computing Machinery (el ACM International Collegiate Programming Contest), un privilegio reservado a unos 80 equipos (de entre más de 6000) de todo el mundo.
Pablo Heiber, Francisco Roslan y Alejandro Deymonnaz, los jóvenes "ases" que hicieron posible esta oportunidad, tuvieron que imponerse primero en la competencia interna de la facultad en la que estudian y luego en la regional, donde se disputaron dos plazas entre Chile, la Argentina, Uruguay, Perú y Bolivia.
El jueves que viene tendrán que vérselas con los demás seleccionados en una justa maratónica -e implacable- de cinco horas a lo largo de las cuales tendrán que resolver diez problemas de naturaleza algorítmica.
"Por ejemplo, puede ser que nos den un laberinto y nos digan dónde está ubicada una persona y tengamos que ayudarla a escapar -explica Roslan, un veterano del torneo, en el que ya participó en 2004-. Uno tiene que producir un programa que muestre cómo la persona que está atrapada encuentra la salida. Hay algunos que no son complicados, pero sí muy largos."
Según explica Nicolás Kicillof, director adjunto del Departamento de Computación de la UBA, no se trata de resolver el problema, sino de indicarle a la computadora cómo resolverlo.
Para hacerse una idea de la dificultad del desafío, basta con mencionar que en general ningún equipo, ni siquiera los primeros, resuelve los diez problemas. "Son difíciles -cuenta Pablo Heiber, otro veterano-. El año último, el que obtuvo el primer puesto resolvió seis, y el que se clasificó primero en el anterior, ocho."
Así explicado, parece sencillo, pero hay que tener en cuenta que la tarea se desarrolla en un escenario de máxima tensión que exige de los participantes no sólo un dominio absoluto de los recursos técnicos, sino también una valoración precisa de la dificultad de los problemas y una ajustada coordinación grupal.
"Cada vez que terminan de hacer un programa que creen que es la solución, lo envían a un servidor central -detalla Kicillof-. Esa computadora lo ejecuta, revisa los resultados y decide, con respecto a unos casos de prueba, si la solución es correcta. Van mandando de a un programa y mientras tanto siguen trabajando en otro problema. La computadora les avisa si el resultado está bien o no, y en ese caso pueden decidir si tratan de corregirlo o dejan ese de lado, pero cada problema mal resuelto tiene una penalidad. Si dos equipos resuelven la misma cantidad, gana el que tiene menos penalidades."
Una parte esencial de la competencia es probar el programa en la propia máquina, pero el secreto es que la prueba no es la misma que hace el servidor central.
La UBA tiene una trayectoria destacada en este torneo. Participó en una decena de oportunidades y varios de sus equipos se clasificaron entre los diez mejores. En 2002 y 2003, el equipo de Darío Fischbein, entrenador del grupo (está haciendo un doctorado en Londres después de graduarse summa cum laude en la UBA), obtuvo medalla de bronce y título de campeón latinoamericano. Además, no sólo obtuvo el puntaje más alto de América latina, sino también de todo el continente.
Los chicos que hoy se van a Hong Kong quieren igualar o superar esas actuaciones. "Hace dos años, Francisco y yo fuimos al Mundial en China y no nos fue tan bien como hubiéramos querido -dice Pablo-. Quedamos en una posición que nos dio más ganas todavía de seguir entrenando. Ahora, queremos desquitarnos."






