
¿Vuelve el comunismo?
El domingo último 60 de los 100 millones de rusos en condiciones de votar acudieron a las urnas para renovar totalmente la Duma o Cámara de Diputados. El partido de centroderecha Nuestro Hogar es Rusia que respalda al presidente Boris Yeltsin resultó derrotado. Apenas arañó el 10 por ciento de los votos.
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El triunfador de la jornada fue el Partido Comunista que lidera Gennady Zyuganov con el 21 por ciento de los votos. Segundo resultó el Partido Liberal Democrático -cuyo nombre es engañoso ya que tiene por caudillo al ultranacionalista Vladimir Zhirinovsky- con el 11 por ciento. Cuarto fue el Yabloko o Partido Liberal que sí responde a su nombre y considera "tímidas" las reformas pro capitalistas del propio Yeltsin. El líder liberal es Grigory Yavlinsky. Obtuvo el 8 por ciento de los votos. Estos datos podrían cambiar muy levemente hacia arriba o hacia abajo porque el lento escrutinio provisional aún no ha terminado.
Al lector le llamará la atención que estos cuatro partidos principales sumen apenas el 50 por ciento de los votos. Hay una razón muy simple: nada menos que 45 partidos participaron de las elecciones. Esto explica la extrema dispersión de las preferencias populares.
Sin embargo serán muy pocos los partidos que lleguen a la Duma porque la ley exige para hacerlo un mínimo del 5 por ciento de los sufragios que al parecer sólo los 4 partidos mencionados superaron. Así es como el Partido Comunista por ejemplo obtendrá 130 de las 450 bancas en juego un 29 por ciento de la Duma pese a su 21 por ciento electoral.
Al eliminar partidos por doquier gracias a la barrera del 5 por ciento la ley concentra las bancas en los pocos que consiguen sobrepasarla. Pero la ley también dispone que sólo la mitad de las bancas se distribuya de este modo mediante un sistema de representación proporcional entre los que superen el piso señalado ya que la otra mitad de las bancas se atribuye a los vencedores de las circunscripciones locales mediante un sistema uninominal como ocurre entre los ingleses el vencedor se lleva la única banca en juego en cada circunscripción.
Muchos de los ganadores locales de las bancas uninominales no pertenecen a los partidos nacionales. Son diputados independientes que después votan en la Duma según las circunstancias: más o menos como nuestros partidos provinciales.
Se podría decir entonces que pese a su derrota Yeltsin podrá manejarse en la nueva Duma. Si bien contará con escasos diputados propios podrá negociar cada proyecto a través de la policromía de los diputados provinciales. Por otra parte la Constitución rusa es decididamente presidencialista. El presidente tiene amplios poderes de veto. Para superarlos la Duma necesita dos tercios de los votos. El comunismo no los tiene. Agréguese que el Senado no se renovó el último domingo; allí Yeltsin conserva la fuerte posición que antes tenía en la Duma.
Lo que alarma a los observadores occidentales no es la gobernabilidad de Rusia en los próximos meses en medio de una más difícil pero no imposible relación entre Yeltsin y la Duma sino las elecciones presidenciales de junio próximo. Yeltsin se presentará en demanda de la reelección. A menos que los partidos de centroderecha con el Partido Liberal de Yavlinsky a la cabeza se reúnan en torno de él Yeltsin no ganará. El caos que aún vive Rusia en la tierra de nadie entre el pasado estatismo y el incipiente capitalismo que ahora atraviesa con un 215 por ciento de inflación anual y su propio desprestigio personal -aparte de su precaria salud- conspiran contra él.
¿Quién ganaría en junio si Yeltsin pierde? La pesadilla de los comunistas es que los liberales se unan al fin en torno de Yeltsin. Pero los liberales tienen su propia pesadilla: que los comunistas y los ultranacionalistas movidos por una idéntica nostalgia de la Unión Soviética imperial terminen por apoyar a un mismo candidato presidencial. El comunista Zyuganov maneja el más fuerte de los partidos rusos con 750.000 afiliados y casi 13 millones de votantes pero carece de carisma. El candidato presidencial de comunistas y nacionalistas podría ser entonces nada menos que Zhiri novsky a quien algunos ven como un Hitler en potencia.
Los comicios de junio serán de doble vuelta. En la primera vuelta asistiremos a una dispersión parecida a la del último domingo. En la segunda vuelta quizá los rusos deban decidir al fin entre Yeltsin y Zhirinovsky.
Para complicar aún más el diagnóstico no faltan observadores internacionales que se preguntan si el verdadero poder circula en Rusia por instituciones como la Presidencia o la Duma o por una vasta red de corrupción que dirigen organizaciones mafiosas cuya capacidad de acción dentro y fuera de Rusia supera holgadamente a la Cosa Nostra siciliana dejando a "mafias" como las que denunció Cavallo entre nosotros en la benigna categoría de niños de pecho.
Comunistas por doquier
El regreso de los comunistas a la cima política y electoral no es un fenómeno exclusivo de Rusia. Todo a lo largo de Europa del Este los comunistas vuelven. Poseen el gobierno al que llegaron mediante elecciones libres en Bulgaria Eslovaquia Croacia Serbia Hungría Lituania Rumania y Ucrania. Van a vencer probablemente en Albania. Hasta en la católica Polonia de Juan Pablo II el legendario Lech Walesa viene de perder las elecciones presidenciales a manos de Aleksander Kwasniewski otro comunista.
No hay duda entonces de que los comunistas están volviendo al poder dentro y fuera de Rusia en lo que antes era el imperio soviético. Esto no significa sin embargo que el comunismo vuelva como tal. El triunfo de quienes hasta hace poco integraban los escalones más altos de la burocracia comunista se está produciendo por lo pronto en medio de un sistema de elecciones libres y pluralismo partidario que ellos no quieren o no pueden anular.
Algunos de estos dirigentes triunfan quizá no tanto porque sean comunistas sino porque por haberlo sido son los únicos políticos verdaderamente capaces de competir gracias a una larga experiencia de gobierno frente a la cual los novicios dirigentes liberales parecen las más de la veces torpes e inexpertos. Muchos de los vencedores ya no se autocalifican además como comunistas sino como "socialdemócratas" una denominación compatible con la democracia y hasta con un capitalismo social.
Comunismo y paternalismo
Es que el comunismo era la suma de dos rasgos centrales: de un lado el autoritarismo político del partido único; del otro el paternalismo social. El primer rasgo era duro despiadado con todos aquellos intelectuales o políticos que pretendieran desafiarlo. Los disidentes provenían casi siempre de la clase media. Pero el segundo rasgo era blando. A cambio de una ineficacia económica casi inimaginable que al fin lo puso en crisis el paternalismo social aseguraba a todos especialmente a la clase trabajadora los beneficios de una pobre vivienda un trabajo mal pago y una mínima seguridad social.
El paternalismo social podría compararse en lo ecónomico con un mal médico al cual asiste sin embargo un hábil anestesista. Exactamente lo contrario del capitalismo liberal.
No bien cayeron los regímenes comunistas lo que intentaron no sólo Yeltsin sino casi todos los políticos anticomunistas después de sus tempranos éxitos electorales fue el rápido paso a la eficiencia capitalista. Pero el ajuste liberal antes de dar sus frutos pasa por un duro período de transición sin anestesia. Hay mejores viviendas pero también faltan viviendas. Hay empleos mejor pagos pero también desempleo. Ya no es segura la seguridad social.
Es la anestesia lo que el pueblo añora. Por eso el segundo rasgo social del comunismo tiende ahora a imponerse otra vez. Lo hace empero en medio de elecciones libres multipartidarias y periódicas. El primer rasgo político de lo que fue el comunismo se ha desvanecido.
En su breve ensayo sobre ¿Qué es la Ilustración? Emanuel Kant la definía como la emancipación de los pueblos de quienes les hacían de tutores diciéndoles qué debían pensar. Pero el gran filósofo alemán advertía que contra lo que se suele suponer la gente añora al paternalismo. Tanto que aún si esos dolores quisieran decirle que ahora debe pensar y actuar por su cuenta la gente los resistiría. Nadie incurre alegremente en parricidio.
Recuérdese el Milo de la Caverna de Platón. Un grupo de prisioneros viven atados en el fondo de una caverna donde sólo ven las sombras de lo que pasa afuera. Uno de ellos se libera. Cuando vuelve a decirles a sus compañeros cómo es el mundo real invitándolos a emanciparse como él éstos en reacción lo matan.
La libertad decía Alberdi no es la felicidad. La felicidad la poseen los niños en el regazo materno. La libertad es la madurez y con ella la angustia que acompaña a la necesidad de tomar decisiones que pueden salir bien o mal que pueden traer felicidad o infelicidad. En Rusia y en el resto de lo que fue por largo tiempo la caverna del comunismo los prisioneros aún se resisten a salir a la impiadosa luz del día.





