Adoptar a lo grande: cuatro historias de familias que ahijaron grupos de hermanos y adolescentes

La familia Rodríguez Marzano, a pleno
La familia Rodríguez Marzano, a pleno
María Ayuso
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18 de junio de 2019  • 02:28

A la mayoría de los preadolescentes y adolescentes en adopción, la espera en los hogares se les hace interminable. Cada día que pasa es una carrera contra el tiempo: saben que con los años, las posibilidades de ser adoptados disminuyen, los temores se agolpan y la ansiedad aumenta.

Con los grupos de hermanos, suele suceder algo similar. Según datos de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (Dnrua), hoy hay 4350 lejos de personas y parejas inscriptas para adoptar. De ellos, el 90% están anotados para bebés de hasta un año y menos del 1% recibiría a chicos de 12. Con respecto a la posibilidad de ahijar a más de un chico o chica, solo el 4,5% de los postulantes estarían dispuestos a recibir tres hermanos, y a cuatro, menos del 1%. Para adoptar a cinco hermanos, solo hay un legajo.

Para tender un puente entre ambas esperas, jueces, organismos de protección de derechos, psicólogos y otros especialistas en la temática, subrayan la urgente necesidad de cambiar el paradigma de la adopción, corriendo el foco de los adultos y poniéndolo en el derecho de los niños y jóvenes a tener una familia.

Además, aseguran que es fundamental trabajar en la "disponibilidad adoptiva" de los postulantes, para que puedan tener una mirada más amplia, flexible y responsable acerca de quiénes necesitan un hogar.

¿Cómo es adoptar a un grupo de hermanos o a un adolescente? LA NACIÓN recopiló cuatro historias de los que atravesaron (y atraviesan) la aventura, difícil pero maravillosa, de convertirse en padres, madres, hijas e hijos.

Cómo es adoptar a grupos de hermanos

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Familia Rodríguez Marzano: "El amor que ellos te dan, no te lo da nadie"

El 5 de abril de 2016, mirando la página de la Dnrua, Antonela Marzano, una contadora de 37 años, se detuvo en la segunda convocatoria de la larga lista que aparecía en el apartado "Buscamos familia". Allí se describía a cuatro hermanitos de entre 11 y 4 años. "Cuando la leí, me partió la cabeza, sentí un flechazo y dije: estos son mis hijos. Fue como una intuición femenina", dice la mujer con una sonrisa de oreja a oreja, sentada junto a su marido, Diego Rodríguez (49), en el comedor de su casa de Ituzaingó.

Hacía siete años que buscaban tener hijos. Los médicos les habían dicho que no podían ser padres biológicos y desde hacía tiempo barajaban la idea de adoptar hermanos. Por cómo estaba redactada, la convocatoria les resultó distinta del resto. "Por lo general, están escritas como si fueran un expediente judicial. Pero esta era diferente, daba la descripción de cada chico y contaba qué les gustaba hacer", cuenta Diego.

Al día siguiente llamaron al juzgado. Tras un proceso de evaluaciones y entrevistas a cargo del equipo de profesionales de la Facultad de Psicología de la UBA y una vinculación intensiva, Leo (actualmente tiene 14), Lourdes (10), Isaías (8) e Isaac (7) llegaron a sus vidas.

Pero en el camino hubo crisis, incertidumbres, desencuentros y encuentros. "Lo económico también nos asustaba: cuando los chicos vinieron a vivir con nosotros teníamos un solo baño y un cuarto. A los pocos meses, pudimos agrandar la casa", confiesa Diego. Y, emocionado, agrega: "Fue todo un desafío. Te cambia la vida completamente. El amor que ellos te dan no te lo da nadie".

Hoy, la casa de los Rodríguez está llena de voces y risas. Y lo que parecía imposible también sucedió: hace un año y siete meses, Antonela y Diego se convirtieron en padres biológicos de Ainhoa.

Antonela dice que el vínculo familiar se construye y que les gusta concientizar a la gente para que se anime a adoptar a chicos más grandes: "No les voy a decir que todo es color de rosas, porque no lo es. Tenemos las mismas dificultades que nuestros amigos con sus hijos biológicos. Pero con amor y paciencia, todo es posible".

Familia Monzón Tomé: "Siempre decimos que tuvimos trillizos. Aunque tengan diferentes edades, vinieron al mismo tiempo".

Karina Tomé y Daniel Monzón adoptaron a Nicolás, Lionel y Milagros cuando tenían 12, 10 y 3 años.
Karina Tomé y Daniel Monzón adoptaron a Nicolás, Lionel y Milagros cuando tenían 12, 10 y 3 años.

Karina Tomé (47) y Daniel Monzón (46) estaban dispuestos a adoptar, como mucho, a dos chicos. Cuando les dijeron que había tres hermanitos de 12, 10 y 3 esperando una familia, no se creyeron capaces. "Primero dijimos que no. Yo era la que tenía más miedos", recuerda Karina.

Sin embargo, el apoyo de su familia ampliada, el gran deseo de convertirse en padres y la posibilidad de evitar que esos tres hermanos fueran separados, llevaron a Karina y Daniel a tomar la decisión. Hoy, diez años después, recuerdan como si hubiese sido ayer la primera vez que se encontraron: "Llegamos a una oficina y los vimos detrás de las persianas, chusmeándonos. Yo no entendía mucho cuando me decían que ellos tres tenían un vínculo muy fuerte, porque habían vivido la mayor parte del tiempo separados, hasta que lo conocí", recuerda Karina.

Daniel asegura que, desde el primer momento en que vio a sus hijos e hija, se sintió papá. "Yo siempre digo que tuvimos trillizos. Aunque tengan edad diferentes, vinieron los tres al mismo tiempo", dice con una sonrisa.

No todo fue color de rosas. Hubo subidas y bajadas, como en una montaña rusa. "Fue difícil ser parte de una familia, de alguien. Me costó decir mamá y papá", cuenta Lionel (20).

Para Nicolás, que hoy tiene 22 y al momento ser adoptado tenía 12, la principal motivación era que sus hermanos encontraran una familia: "Pensaba más que nada en Mili, que tenía 3 años y necesitaba un vinculo madre y un padre, un abrazo".

Milagros (13), concluye: "Hay problemas y nosotros los combatimos: los agarramos, los hacemos más chiquitos y nosotros nos hacemos más grandes".

Historias de los que se animaron a adoptar adolescentes

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Familia Avellaneda: "Esto es mucho más de lo que las dos nos habíamos imaginado"

Ana Avellaneda (46) adoptó a Erica (18) dos años atrás
Ana Avellaneda (46) adoptó a Erica (18) dos años atrás

Erica (18) estaba segura de que quería sólo una mamá. Había crecido en hogares de Salta y cuando tenía 16 años pensaba que las chances de ser adoptada habían desaparecido. Pero en Buenos Aires estaba Ana Avellaneda (46), una abogada soltera que soñaba con formar una familia por adopción. En Internet, vio la convocatoria de Erica y no dudó en levantar el teléfono.

"Conocí las convocatorias públicas a través de la Asociación Ser Familia por Adopción. Entré a la página y vi que las tres primeras eran adolescentes. Siempre había querido ser mamá de una nena. Eran dos de 13 y una de 15, las tres de Salta. Fue muy difícil ese paso de decidir a cuál de las tres presentarme: decidí postularme a la convocatoria de la nena de 15 porque me parecía que era la que menos posibilidades tenía", cuenta hoy Ana.

Después de varias llamadas por teléfono y de viajar a Salta para una entrevista, Ana y Erica se conocieron. "El hogar tenía una ventana grande y cuando llegamos vi muchas chicas que miraban por la ventana y una que gritaba y decía: ¡Es ella! Esa chica era Eri", recuerda Ana con emoción.

Hubo momentos difíciles y peleas. "Pero yo le expliqué que eso pasa en todas las familias. Todos traemos nuestras historias. Algunos dicen: los adolescentes traen problemas. ¿Y los que trae uno? Lo que hay que hacer es preparase, por ejemplo yendo a grupos como los de Ser familia por Adopción y estar seguro de lo que uno quiere", dice Ana.

Eri cuenta que nunca se imaginó que iba a ser adoptada: "Ya era grande y por lo general los padres buscan niños pequeños. Cuando surgió esta posibilidad y me preguntaron si estaba dispuesta a venirme a Buenos Aires, la primera respuesta fue no. Pero lo consulté con las chicas del hogar que eran como mis hermanas y ellas me apoyaron y me dijeron que tenía que darme una oportunidad".

Hoy, Ana y Eri tienen la familia que siempre soñaron e, incluso, ambas aseguran que el fuerte vínculo que construyeron "es mucho más" de lo que se habían imaginado. "Acá voy a ser sincera, todavía estoy aprendiendo lo que es tener una familia", dice la adolescente con una sonrisa.

Familia Azar Giambatti: "Facu venía con su mochila, nosotros como adultos teníamos las nuestras y debíamos hacer la suya más liviana"

Hace casi una década, Silvia Giambatti y Néstor Azar se inscribieron para adoptar. Cuando desde el registro les comentaron que estaban buscando una familia para un adolescente de 13 años, no lo dudaron.

"La decisión muy pensada y por nuestras edad coincidamos en que queríamos adolescentes. Facu entró rápido a nuestras vidas, no tuvimos mucha espera. Había fallecido su mamá y estaba en plena adolescencia. Pero estábamos muy decididos a esto", recuerda hoy Silvia, en el living de su casa. "Él venía con su mochila, nosotros teníamos las nuestras y como adultos teníamos que hacer la suya más liviana", agrega.

Los padres recuerdan a Facu como un adolescente "revoltoso, como cualquiera". "De golpe se daba media vuelta y pegaba un portazo. Son típicas cosas de adolescentes donde reaccionan contra los padres; y él, pobre, acababa de conocer a los suyos a los 13 años", cuenta Silvia. "Eso lo hablamos muchísimas veces. Le decíamos que éramos los padres que le habían tocado y él el hijo que nos tocó, que así como un padre biológico no elige a su hijo, un hijo no elige a su padre. Nosotros somos familia y la formamos día a día", agrega la madre.

En ese sentido, Néstor suma: "Este es un puente que se va creando entre ambos, padres e hijos: puede ser sólido, firme o endeble. Eso depende de lo que cada uno le ponga. Si vos le prestás el oído a tu hijo y él te presta el suyo, se crea un puente muy firme".

Facu asegura que el vínculo se fue construyendo día a día. "Si me preguntas, somos familia desde el primer momento en que llegué, pero se fue armando, fue algo largo. Son los mejores padres que me podrían haber tocado: me quieren, están siempre preocupados por mí y me apoyan en todo", cuenta el joven.

Muchas veces, Facu se pregunta qué hubiese pasado si Silvia y Néstor no lo hubiesen adoptado. "Seguramente estaría en un hogar y después qué habría pasado, no sé. Ser adoptado de adolescente es como volver a nacer. Ojalá más personas se animen, como mis viejos, a adoptar a adolescentes", concluye.

Más información

  • La página web lanzada recientemente por el Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la Ciudad de Buenos Aires ( www.buenosaires.gob.ar/convocatoriaspublicas) pretende visibilizar la realidad de los chicos que esperan en los hogares, acercando a quienes tienen el deseo de convertirse en padres y madres a través de la adopción y a los niños, niñas y adolescentes que anhelan formar parte de una familia.
  • En la página de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (Dnrua), también pueden encontrarse convocatorias abiertas para niños, niños y adolescentes de todo el país que esperan tener una familia: https://www.argentina.gob.ar/justicia/adopcion/buscamosfamilia

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