Diego Mora: “En la villa yo soy una excepción porque la mayoría de los jóvenes ni sueña con la movilidad social”
De ir a buscar comida a un comedor a recibirse en la UBA y liderar un observatorio de investigación social; su historia inspira, pero su diagnóstico es crudo: en los barrios populares, el esfuerzo no alcanza y las oportunidades son cada vez más escasas
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Diego Mora recuerda que cuando ya era un adolescente se sentía incómodo cuando no comía en su casa porque a su papá le habían bajado las changas de pintor. Iba a almorzar a un comedor de su barrio, la Villa 21-24, que abarca partes de Parque Patricios, Nueva Pompeya y Barracas. Tenía que acostumbrarse a la idea de que esa semana “las cosas serían así”.
Ahora tiene 28 años y es economista. Dice que hizo “méritos”, pero que las “oportunidades” fueron clave: desde el comedor y el apoyo de su familia hasta la gratuidad de la UBA. Sigue viviendo en la villa y desde hace varios años dirige el Observatorio Villero de La Poderosa: hace investigaciones para ayudar a entender cómo viven las personas que crecen en los barrios populares. “Yo soy la excepción. Muchos chicos ni sueñan con la movilidad social”, dice durante una entrevista con LA NACION.
Después de que se conocieran los datos oficiales que muestran una baja del empleo formal y antes de que se conozcan los nuevos datos de pobreza, es categórico: “En los barrios populares, casi no hay trabajo en blanco. Los padres toman mate y se saltean comidas para que coman sus hijos. La pobreza en las villas no baja porque es estructural”.
–¿Qué es lo primero que mirás cuando se difunden nuevos datos de pobreza?
–Esas cifras oficiales se alejan cada vez más de la realidad que vivimos en los barrios populares. Acá, en las villas, la pobreza no baja y se mantiene alta porque es estructural. Desde el Observatorio hicimos una encuesta en 71 barrios populares durante el segundo semestre del año pasado: la tasa de pobreza fue del 81,2% y la tasa de indigencia, del 41%. Y los ingresos medios mensuales rondaban los 374.000 pesos. Esa cifra de ingresos es compatible con la de la Encuesta Anual de Hogares de la Ciudad de Buenos Aires, que permite segmentar las villas.
–Bajó la tasa de empleo, según los últimos datos del Indec. ¿Cómo se refleja eso en los barrios?
–Casi no hay empleo registrado en los barrios populares. Y hay un deterioro de la calidad del trabajo. Por eso los bajos ingresos. Puede haber un padre de familia que tenga alguna changa en la construcción o cartonée y que la madre haga tareas de cuidado de los hijos y de vez en cuando trabaje como empleada doméstica, pero en general son trabajos temporales que no garantizan llegar a fin de mes.
–¿Se sabe cuántos vecinos de las villas acceden a un empleo formal?
–Solo el 8% de los ocupados trabaja en relación de dependencia y tiene derechos laborales como una obra social, licencia, vacaciones, aguinaldo. Pero son trabajadores que no cubren una canasta básica.
–¿Qué cosas básicas deja de tener o hacer una familia que vive en la pobreza?
–Muchísimas. Compra alimentos de menor calidad, obviamente no sale de paseo, se le complica viajar en transporte público porque es un gasto muy grande. No se compra calzado. Pasa algo que pasaba en familias de clase media durante la crisis de 2001: los padres toman mate y no comen para que coman sus hijos. Pero en las villas los chicos no llegan a comer las cuatro comidas.
–Si una familia no puede garantizar las cuatro comidas, ¿qué hace?
–El comedor del barrio es su principal recurso para retirar una vianda. Pero si el comedor le da paquetes de arroz, no siempre puede cocinarlo porque no siempre puede comprar una garrafa. Una de 10 kilos cuesta unos 19 mil pesos y puede necesitar una cada tres semanas si solo es para cocinar. Le sería más barato pagar la cuenta de gas si tuvieran ese servicio.
–Si hoy caminamos juntos por un barrio, ¿qué escenas veríamos?
–Veríamos colas muy largas de personas en los pocos comedores que se mantienen abiertos. Y muchas familias con hijos que vienen de muy lejos. Hay menos comedores porque el Estado ya no baja recursos y muchos han cerrado. Está muy bien que se controle que los alimentos lleguen a quienes los necesitan, pero no que se use ese argumento para cerrar comedores y que los vecinos no se organicen.
–Se habla de la pobreza multidimensional, esa que mide la calidad de vida de las familias a través del acceso a alimentos, servicios de salud, etcétera. Según mediciones de la UCA, esa pobreza crece a pesar de que las cifras de pobreza del Indec bajan. ¿Qué significa eso en la vida cotidiana de una familia?
–Quiere decir que por más que tenga un ingreso, se le va a seguir cortando la luz, se va a seguir inundando su casa, va a seguir lejos de líneas de transporte que pueden acercarlo a un trabajo. Quiere decir que los chicos no puedan acceder a mejores colegios, porque la calidad educativa de los que están en los barrios populares no suele ser la misma que la de algunas escuelas de Palermo, para poner un ejemplo. Si una familia no tiene las condiciones básicas, como luz, cloaca o gas, ya parte de una desigualdad a la hora de encontrar un trabajo de calidad.
–A nivel país se habla de mayor endeudamiento de las familias. ¿Qué es lo que pasa en las villas?
–Por ejemplo, cuando los chicos empiezan el colegio, los ingresos van a cubrir todo lo que necesiten ellos y las dos últimas semanas del mes los padres tienen que ver con qué dinero les dan de comer. En esa situación o en otras, hay familias que piden fiado en el almacén del barrio y cuando la deuda se hace grande, muchos recurren al crédito para cubrir ese fiado porque el banco no les va a prestar.
–¿Cómo es ese crédito? ¿Con quiénes se endeudan?
–La familia puede acceder a dos actores: la billetera virtual y el prestamista del barrio. El que es cada vez más fuerte es la billetera virtual. Recurren al señor Ualá o al señor Mercado Pago, que también cobra tasas altísimas como los bancos, pero pueden soportar tener una tasa de morosidad más alta. Llega un punto en que esa persona que pidió un crédito para pagar una deuda de comida o para comprar zapatillas para los hijos borra la aplicación.
–¿Y ahí aparece el prestamista local?
–Sí, que es informal y seguramente está vinculado con el mundo narco o la economía ilegal, y del que sí no se pueden escapar. Les cobra semanalmente y puede pedirles un 100% de interés. Es decir, si le piden prestado 100 mil pesos, a la semana les van a cobrar 200 mil. Y ese círculo no se rompe fácil porque no llegar a pagar cosas tan básicas y urgentes, como la comida o un par de zapatillas, genera una gran frustración.
–El desempleo creció, sobre todo entre jóvenes. ¿Cómo se siente eso en el barrio? ¿Qué situación concreta viste en el último tiempo?
–Se ven chicos muy jóvenes, de entre 16 y 20 años, dando vueltas en el barrio con bicicletas. Se bajan las aplicaciones para hacer repartos. Al menos acá, en la Capital, es más común. La economía no está creando empleo y mucho menos empleo registrado. Los pibes ni pueden soñar con la movilidad social, no tienen ni idea qué es estar de vacaciones, atender su salud a través de una obra social, o cobrar un aguinaldo. Todo eso no está en su vocabulario.
–Hoy, además de las aplicaciones de repartos, ¿a qué tipo de trabajos acceden la mayoría de los jóvenes de estos barrios?
–A changas en la construcción, también en negocios de la zona, como kioscos o almacenes. No es que no se trabaje en los barrios, el problema es que los trabajos no son de calidad y no son suficientes para cubrir una canasta básica.
–¿Qué cambia en la vida de un chico cuando falta el trabajo en su casa?
–Suele tener que ir con los padres a buscar comida a un comedor y para el chico es realmente muy incómodo y desesperanzador. En mi casa hubo momentos en los que no había trabajo y había que ir al comedor. Es una dinámica que no te gusta y empezás a ver que no hay una alternativa para salir de eso. Los comedores deberían ser temporarios, pero están hace más de 40 años.
–¿Los chicos lo sienten como algo incómodo?
–Es normal que un chico reniegue de ir a un comedor, así como también de la identidad o los prejuicios de vivir en un barrio popular. Los chicos saben que son discriminados simplemente por el lugar en el que viven. Lo difícil es lo que hacen con ese estereotipo. Con la retirada del Estado de los barrios, es más fácil para el narco, ante un escenario donde no hay alternativas, ofrecerle un montón de plata fácil a los chicos para que sean soldaditos, para tenerlos de remiseros. Y su destino es terminar muertos o presos. Es desesperanzador. Y las organizaciones lo decimos, pero no podemos solas.
–¿Cuáles son las desventajas con las que parte un chico de una villa?
–Primero, que no siempre termina el secundario. Hay una deserción escolar muy alta porque tiene que salir a trabajar, cuidar a los hermanos. Además, como dije, un chico que estudia en una escuela popular no siempre tiene una buena calidad educativa. También es estigmatizado a la hora de buscar trabajo. Y cosas que no muchos saben; por ejemplo, si consigue un trabajo que se le superpone con hacer la cola en un comedor tiene que coordinar cuándo ir o no a comer. Puede arreglárselas, pero para alguien que no come, es un tema esa logística. Obviamente, en algún momento va a cobrar, pero eso no asegura que ese chico, chica y su familia dejen de tener que ir a buscar comida.
–¿Vos viviste esas situaciones?
–Me ha pasado de postularme para un trabajo sin dar la dirección de mi casa o poner otra para que no me discriminen.
–¿Qué necesita un chico del barrio para terminar la escuela, estudiar y conseguir un trabajo formal?
–Que se igualen las oportunidades; que se derriben las barreras del prejuicio por el lugar en el que viven; que se invierta en las escuelas, en la urbanización de los barrios. Y que haya trabajo formal. No basta el mérito. Te lo puedo decir en primera persona, yo, como villero cargo con todos los estereotipos.
–Cuando una familia mejora económicamente, ¿qué es lo primero que mejora en su calidad de vida?
–En lo posible se va a mudar fuera de la villa. Y si no es posible mudarse, quizás mejore su casa, lleve a sus chicos a una escuela privada o católica un poquito más accesible.
–Vos sos la primera generación universitaria de tu familia. En tu recorrido, ¿en qué momentos dependiste de oportunidades y en cuáles del esfuerzo propio?
–El mérito estuvo porque me recibí. Además, mis padres pudieron ayudarme. Mi papá siempre hizo changas en la construcción, mi mamá trabaja en casas de familia. También tuve la oportunidad de ir a comedores y la UBA me dio la oportunidad de estudiar porque no habría podido pagar una privada. Y mientras estudiaba, también trabajaba. Trabajé en un call center y en otros trabajos flexibles que me permitieron manejar los tiempos para estudiar.
–Cada vez más jóvenes llegan a la universidad, pero todavía son pocos. ¿En qué parte del camino se caen la mayoría?
–Yo tuve esas oportunidades, del apoyo familiar y la universidad pública, pero sin eso, por más mérito que yo hubiese hecho, hoy no sería economista. Soy la excepción, porque en CABA solo un 4% de los jóvenes que vive en un barrio popular termina la universidad, según la Encuesta Nacional de Hogares de 2024. En el resto de la Ciudad, es del 45%. Tenemos menos tiempo de estudio porque debemos trabajar para sobrevivir.
–Cuando alguien dice que “los que viven en una villa están ahí porque quieren”, ¿qué le dirías?
–Es curioso volver a encontrarse con ese tipo de relatos porque yo recuerdo haber crecido con esa sensación de que en cualquier momento me sacaban de mi casa, con que el desalojo era posible. Ese miedo se fue con la Ley de Barrios Populares que los reconocía, los censaba y proyectaba una intervención en ellos. Pero ahora todo se pone en juego nuevamente. Ese fantasma del desalojo que tuve cuando era chico, vuelve a aparecer y uno no sabe dónde se termina. Pero ya lo dicen las organizaciones como TECHO, urbanizar e incluir los barrios a la Ciudad es una política pública necesaria que mejora a toda la población. La pobreza estructural no se rompe con el derrame económico. Estamos en 2026 y las villas todavía existen y algunas desde hace más de 50 años. Nada funcionó. Hoy esa discriminación está avalada y sistematizada y el Gobierno lo lleva adelante en primera persona, es triste.
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