
El timbre del recreo sonaba y todos salían corriendo al patio. Mía Belastegui, en cambio, se quedaba unos segundos más en el aula. Fingía que buscaba una lapicera o acomodaba los útiles. Cualquier excusa servía para retrasar el momento.
Afuera la esperaban las burlas. Algunos compañeros la llamaban “idiota” o “burra”. Otros se reían del color de su piel: “negra de mierda”. Otros simplemente la ignoraban, se reían cuando pasaban o le arrojaban papelitos.
Ella caminaba despacio, con la vianda en la mano, hasta un banco alejado de todo donde pasaba sola los 15 minutos más largos del día.
Las frases que la ametrallaban en los pasillos le quedaron marcadas a fuego. Como esta pregunta, que provocó un estallido de risas entre varios compañeros: “¿Cuánto sale el kilo de papa hoy?“.
Mía tardó unos segundos en entender que se estaban burlando de ella.
Pero las agresiones entre pares no eran la única fuente de sufrimiento. Cuando Mía reconstruye lo que vivió entre los 12 y los 14 años en un colegio privado de La Plata, su ciudad, vuelve una y otra vez a una docente que, lejos de intervenir para frenar las burlas, muchas veces las reforzaba con sus comentarios, sus silencios o sus humillaciones públicas.
En ese escenario hostil, esta adolescente aprendió a esconderse en los baños durante los recreos y a volver a su casa diciendo que todo estaba bien cuando no lo estaba. Todavía no sabía que esas escenas, que durante mucho tiempo soportó en silencio, terminarían convertidas en un libro.
“Lo hice para ayudar a otros chicos y a otros papás, y también para transformar el sufrimiento en una forma de sanar”, cuenta Mía, que acaba de cumplir 15 años y de publicar Colegio de Espinas, un libro autobiográfico en el que relata los años de bullying que sufrió, la sensación de soledad que la acompañó durante ese período y el impacto que todo eso tuvo en su salud emocional.
“El bullying mata”, dice sin pestañear. Ella vivió no solo esa sensación de que uno se va apagando por dentro, sino también el deseo de desaparecer, de dejar de sufrir, de dejar de estar.
“Hay un momento en que el dolor se vuelve demasiado. No quería morirme. Pero tampoco quería seguir así. Eso es lo más peligroso: que te convenzan de que no valés. Que no importás”, reflexiona en diálogo con LA NACION.
“Cuando te lo dicen tanto, te lo empezás a creer”
Mía vive en La Plata junto a sus padres, Leonardo (abogado) y Andrea (ama de casa y estudiante de Derecho), y su hermana Olivia, de 11 años. Además, tiene otros dos hermanos mayores.
Recuerda que, en su caso, las agresiones de sus compañeros comenzaron como suelen comenzar muchas veces: con comentarios aparentemente inofensivos, apodos y risas compartidas por otros. Pero fueron creciendo hasta ocupar cada rincón de su vida escolar.
“No me insultaban por lo que hacía, sino por lo que era. Por existir”, describe.
A lo largo de los más de 80 capítulos breves que componen el libro, recuerda cómo algunos compañeros la llamaban “basura”, “burra”, “idiota” o “negra”. Describe la vergüenza que sentía al caminar por los pasillos, el miedo que le provocaban los recreos y la sensación permanente de estar siendo observada.
Con el paso del tiempo, las palabras empezaron a dejar marcas más profundas: “Cuando te lo dicen tanto, tanto, tanto... te lo empezás a creer.”
Esa es una de las ideas que atraviesa todo el libro. No solamente el daño provocado por las agresiones, sino la forma en que fueron modificando la mirada que tenía sobre sí misma: “Empecé a odiar mi piel. A odiar mi cuerpo. A odiar mi voz”, cuenta.
Pero Colegio de Espinas no habla únicamente de los compañeros. También habla de los adultos.
La docente a la que en el libro llama Marcela —los nombres de todos los protagonistas fueron cambiados para preservar identidades— aparece una y otra vez en el relato. No solo como alguien que, según cuenta Mía, la humillaba delante de sus compañeros, sino también como una figura de autoridad que legitimaba el hostigamiento.
La adolescente, que tiene dislexia, recuerda en uno de los capítulos el día que levantó la mano para responder una pregunta y Marcela dijo delante de todos: “¿Vos? Bueno... probemos, aunque seguro no lo sabés".
En el aula, explotaron las risas.
Una y otra vez, Mía relata que intentó pedir ayuda. Que se acercó a directivos. Que explicó lo que estaba ocurriendo. “Necesito que alguien me escuche”, recuerda haber dicho.
Las respuestas que recibía la desarmaban: “Ay, Mía, no podés venir por cualquier cosa”, “Son cosas de chicos”, “Vos también tenés que aprender a adaptarte”, “No puede ser que siempre tengas un problema”.
“Hablar no sirve si nadie escucha”, resume hoy.
Lo que sus padres no veían
Mientras los demás compartían los recreos en grupo, Mía comenzó a refugiarse en los baños de la escuela. Se encerraba en un cubículo y esperaba que pasaran los minutos.
La acumulación de episodios de violencia, fue deteriorando progresivamente su estado emocional. Hubo días en los que ya no pensaba únicamente en cómo atravesar el próximo recreo o la próxima clase. Empezó a preguntarse cuánto más podía soportar.
Cuenta que comenzó a imaginar cómo sería desaparecer. No porque quisiera terminar con su vida, sino porque quería que terminara el sufrimiento.
Durante mucho tiempo, ni siquiera sus padres conocieron la dimensión real de lo que estaba ocurriendo.
Veían algunas señales. Que se encerraba más en su cuarto. Que quería dormir todo el tiempo. Que faltaba seguido al colegio. Que demoraba una eternidad en prepararse para salir de casa. Pero no alcanzaban a comprender la profundidad de lo que estaba viviendo.
“Hoy, con el diario del lunes, me doy cuenta de que eran síntomas de depresión. En ese momento lo atribuíamos a la adolescencia”, reconoce su papá, Leonardo, que se suma a la charla por Zoom que LA NACION tiene con Mía.
La verdadera historia empezó a aparecer recién después de que Mía pidió cambiarse de colegio. Un día, mientras viajaban juntos en auto, le dijo a su papá que necesitaba contarle algo que llevaba mucho tiempo guardando.
Como le costaba hablar, Leonardo le propuso que se lo escribiera.
Primero fueron notas en el celular. Después mensajes de WhatsApp. Recuerdos sueltos. Escenas. Conversaciones. Episodios que había guardado durante años.
“Cuando me llegaron los primeros mensajes fue terrible. Me empecé a enterar de un montón de cosas que jamás imaginé que podían pasar en un colegio. Sentí una enorme impotencia. Todo había ocurrido delante de nuestras narices y no lo habíamos visto”, recuerda Leonardo.
Para él y para Andrea, la mamá de Mía, leer esos mensajes fue devastador: “Hubo mucho llanto, mucha impotencia.”
Esos mensajes fueron creciendo hasta transformarse en un manuscrito. Y ese manuscrito terminó convirtiéndose en Colegio de Espinas. “Empecé a escribir para no desaparecer”, dice Mía.
Hoy cursa tercer año del secundario. Sueña con estudiar Derecho y también con seguir escribiendo. Tiene amigas y lleva una vida completamente distinta a la que describe en el libro.
Si pudiera encontrarse con aquella niña de 12 años que lloraba escondida en un baño durante los recreos, sabe exactamente qué le diría:
“Que todo va a estar bien. Que hay salida. Y que tiene que pedir ayuda en ese momento. A mí me costó mucho contárselo a mis papás”.
Este viernes celebra sus 15 años. “Si no me hubiese cambiado de colegio, nunca hubiera hecho una fiesta porque no tenía a quién invitar”, dice.
Su papá se emociona cuando habla de la lista de invitados.
Hace apenas unos años, esa lista no existía.
Hablemos de Todo
Esta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.









