"El hambre no puede esperar". Cómo es la situación de los chicos en El Impenetrable

Gisela, el año pasado
Gisela, el año pasado
Micaela Urdinez
(0)
1 de diciembre de 2019  • 00:05

"No tenemos nada, ni harina ni azúcar. Hoy no almorzamos", decía Gisela Martínez, de la etnia Wichi, una adolescente flaquita de 14 años, en el Lote 48, en el corazón de El Impenetrable, cuando LA NACION la visitó el año pasado. Era fin de semana, y no había ido a la escuela, que les aseguraba desayuno y almuerzo de lunes a viernes.

Vestida con calzas azules, una remera negra, con gotas de sudor recorriéndole la frente por el insoportable calor y el pelo revuelto por el viento seco, contaba que estaba al cuidado de su abuela, y vivían en una casa de material amontonados con su tío y sus primos. Su mamá, Norma, dormía en un container de chapa, ubicado a 20 metros, con su nueva pareja. "No tenemos luz, ni agua, ni baño", decía.

Gisela fue una de las protagonistas de Hambre de Futuro, un proyecto de LA NACION que durante 2018 puso en agenda la problemática de la pobreza infantil y mostró, en primera persona, cómo son las infancias de los chicos en los lugares más vulnerables del país.

Como muchos de los chicos de la zona, Gisela estaba atrasada en su trayecto educativo, y por eso recién estaba cursando el 6to grado en la escuela Nº 1034, anexo lote 58. "Me gustan las letras y los números. Cuando sea grande quiero ser maestra", contaba. Su hermano Daniel, de 20 años, estaba terminando la secundaria y tenía el sueño de empezar a estudiar para ser maestro intercultural bilingüe, en la ciudad de Juan José Castelli.

Sobrevivían con la pensión de su abuela, criando algunos animales y lo que su mamá, Norma Martínez, podía vender haciendo artesanías como carteras y mochilas de yuca. Sobre el futuro de sus hijos, opinaba: "Yo siempre les aconsejo que sigan estudiando para que algún día puedan ser docentes y estar mejor que nosotros".

Un año después, LA NACION volvió al Lote 48 y constató que su realidad sigue siendo igual de precaria. Los ingresos familiares siguen siendo magros, no tienen ni luz, ni agua ni baño y hay días en los que apenas les alcanza para comer.

"Hay mucha necesidad acá, sobretodo en relación a la electrificación, la vivienda y la salud. Cuando pedimos el agua, la municipalidad tardan hasta tres semanas en traerla y tenemos que salir a buscarla a una represa que tenemos acá en nuestro campo. Hoy tenemos un solo tanque y necesitamos otro para poder guardar más cantidad de agua. Hicimos varios petitorios al gobierno por el tema de la luz, y no hubo caso hasta ahora. Podríamos tener luz a través de un panel solar pero cuesta $10.000 y después $2000 por mes", se queja Daniel Martínez, su hermano.

Gisela, el año pasado
Gisela, el año pasado

Gracias a las notas publicadas recibieron donaciones de alimentos, camas y colchones para la familia. Pero las carencias de fondo siguen limitando su futuro.

"La situación está peor que antes. Esperamos ayuda pero no aparece. Necesitamos una casita para mí porque estoy viviendo en el container de chapa pero hace mucho calor. Nosé hasta cuando voy a aguantar ahí", sostiene Norma.

Hoy llueve y eso deja a la comunidad a la deriva de todo. Los docentes no pueden llegar y la escuela no abre sus puertas. Eso quiere decir, que los chicos pasan hambre. "Cuando nosotros no estamos, ellos no comen. Cuando hay paros o llueve, es un día que ellos no comen. Estos chicos están malnutridos desde la panza. Llegamos a la hora de comer y vos no ves movimiento de ollas o alguien que esté cocinando algo. Va pasando el tiempo y siguen sin comer", afirma Adriana Craniolini, directora de la escuela.

Los Martínez - una gran familia compuesta desparramada en ocho viviendas - ya están cansados de esperar que algún día les conecten la luz eléctrica o la luz. La única esperanza para ellos es la educación. Gisela - más alta y con el pelo todo desteñido de rubio - está cursando el último grado de la primaria. "Lo que queremos con Gisela es que pueda terminar la secundaria y pueda empezar con el nivel terciario, que haga algo de su vida. Pero es más difícil con la mujer porque en cuanto se desarrollan ya están destinadas a ser madre y listo. Como es una cultura más patriarcal el hombre es más proveedor y es el que puede estudiar y trabajar", explica Craniolini.

Gisela - más alta y con el pelo todo desteñido de rubio - está cursando el último grado de la primaria
Gisela - más alta y con el pelo todo desteñido de rubio - está cursando el último grado de la primaria

Daniel ya arrancó ese camino y está en 1er año del terciario para convertirse en maestro bilingüe, en Juan José Castelli, que dura cuatro años. Tiene muchas ganas y es muy aplicado, pero le juega en contra el aislamiento y los caminos. La semana pasada llovió mucho y no pudo llegar al instituto. "Como voy en moto y en colectivo, se me hace imposible llegar. Me da mucha bronca perderme días de clases. Cuando pueda empezar a trabajar, va a ser un ingreso más para la familia", dice este joven de 21 años que sueña algún día con poder trabajar en alguna escuela de la comunidad, para educar a los más chicos en la cultura y las costumbres wichi.

Su objetivo de máxima, es animarse a estudiar abogacía para defender los derechos de su pueblo y darles voz. "En la actualidad abunda la discriminación. Si vas a pasear, la policía te detiene, te culpan de muchas cosas y te hacen papeleríos de toque. No nos podemos defender porque ellos tienen el poder. Nos tratan de vagos, de crotos. Si tenemos algún problema de salud vamos al hospital de Miraflores pero a veces no nos atienden bien. En la sala de espera quizás tenés que esperar más de 2 horas, no te revisan y te dan pastillas que no sé si sirven para el dolor que tenés. Casi no te dan tratamiento", resume Daniel.

A ambos hermanos los becan desde de la Asociación Civil Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales (APAER) y reciben el acompañamiento de la organización Puentes del Alma que los ayuda con cada cosa que necesitan. "Apuntamos en primero lugar al comedor escolar para que a los chicos no les falte la comida. Nuestra tarea es mejorar la desnutrición que vimos en cuanto llegamos. Y los chicos están mucho mejor. Hacemos un trabajo mancomunado para poder atender a todas las familias de la comunidad", explica Patricia Bonadeo, presidenta de Puentes del Alma.

Las personas que quieran ayudar a Gisela y a la comunidad de Lote 48 pueden comunicarse con Patricia Bonadeo de Puentes del Alma al +549-346-266-3154.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.