fundacion-ln

“Yo quería estudiar, pero no podía”: la batalla invisible que la escuela no supo ver en una adolescente

Rocío tenía 14 años cuando comenzó un tratamiento por un trastorno de la conducta alimentaria; mientras atravesaba la enfermedad, sintió que el colegio no tenía herramientas para acompañarla

Rocío vive en Córdoba y tenía 14 años cuando desarrolló una anorexia
Rocío Argañaraz
7'
Compartir

Siempre fui una alumna excelente. Era de las que levantaban la mano en clase, estudiaban con tiempo y disfrutaban aprender. Durante años, esa fue una parte importante de quién era.

Por eso, el día que empecé a sentir que mi cabeza ya no respondía fue uno de los momentos más difíciles de mi vida. Tenía 14 años y estaba atravesando una anorexia. Más adelante también llegaron la depresión y el duelo por la muerte de un familiar muy cercano. Fueron años marcados por tratamientos, consultas médicas y mucha angustia.

Cuando miro hacia atrás, lo que más me sorprende es lo poco preparada que estuvo la escuela para acompañarme. Me encontré con una institución rígida. Me sentí sola y hasta llegué a quedarme libre.

Muchas veces, cuando se habla de anorexia, se piensa solamente en el peso o en la comida. Pero se habla mucho menos de los síntomas cognitivos.

Rocío en el jardín de la casa de sus abuelos. "Cuando miro hacia atrás, lo que más me sorprende es lo poco preparada que estuvo la escuela para acompañarme", asegura.
Rocío en el jardín de la casa de sus abuelos. "Cuando miro hacia atrás, lo que más me sorprende es lo poco preparada que estuvo la escuela para acompañarme", asegura.Mario Sar

Yo había bajado de peso y mucha gente me felicitaba por eso. “Qué linda que estás”, “qué cambiada”, me repetían. Lo hacían desde la buena intención, pero nadie veía lo que estaba pasando por dentro.

Mientras mi cuerpo cambiaba, también cambiaba mi cerebro. Tenía mucha ansiedad. Me costaba concentrarme, leer y prestar atención.

Recuerdo sentarme frente a un examen y quedarme completamente en blanco. Escuchar a un profesor explicar un tema y sentir que las palabras me llegaban desde muy lejos. A veces me quedaba paralizada y tenía la sensación de vivir dentro de una nube.

La adolescente de 19 años estudia actualmente Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba.
La adolescente de 19 años estudia actualmente Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba. Mario Sar

Sin embargo, en la escuela nadie parecía entender que eso estaba relacionado con la enfermedad. Lo que más me dolía era que se interpretara como falta de interés o de voluntad. Yo quería prestar atención. Quería estudiar. Quería rendir bien. Pero no podía.

Había días en los que sentía que estaba haciendo un enorme esfuerzo simplemente para mantenerme presente. Sin embargo, pocas veces alguien se acercó a preguntarme qué me pasaba.

Lo que nadie veía

Vivo en la ciudad de Córdoba con mis padres y tres hermanos menores. Mi papá es empleado público y mi mamá, ama de casa.

Al principio, mi propia familia no se dio cuenta de lo que me pasaba. La anorexia es una enfermedad que se vive desde la vergüenza, el secreto y la culpa. Uno aprende a ocultarla.

Paradójicamente, una de las primeras señales que me ayudaron a identificar la problemática las encontré en las redes sociales. Aunque suelen asociarse a riesgos y comparaciones constantes, también pueden ayudar a reconocer que algo no está bien.

"La anorexia es una enfermedad que se vive desde la vergüenza, el secreto y la culpa", asegura Rocío, que participa de un proyecto de jóvenes que buscan concientizar sobre salud mental.
"La anorexia es una enfermedad que se vive desde la vergüenza, el secreto y la culpa", asegura Rocío, que participa de un proyecto de jóvenes que buscan concientizar sobre salud mental. Mario Sar

Empecé a encontrar videos de personas que contaban sus experiencias con los trastornos alimentarios y pensé: "Esto que describen también me está pasando a mí“.

Pedir ayuda no fue fácil. Pensaba: “Ahora tengo que estudiar, más adelante me ocupo de esto”. Hasta que entendí que ya no podía seguir postergándolo.

La primera persona a la que acudí fue mi mamá. Después busqué información y finalmente llegué al equipo interdisciplinario que me acompaña hasta hoy.

Fue entonces cuando comenzó otra etapa difícil. Los tratamientos para los trastornos de la conducta alimentaria tienen una enorme carga horaria. Sostener la rutina escolar se volvió cada vez más complicado.

Durante la secundaria, Rocío solicitó cursar de manera virtual desde su casa. Conseguirlo fue un proceso burocrático larguísimo.
Durante la secundaria, Rocío solicitó cursar de manera virtual desde su casa. Conseguirlo fue un proceso burocrático larguísimo.Mario Sar

Mi equipo terapéutico entendía que necesitaba priorizar mi salud. Pero la escuela parecía funcionar bajo otra lógica.

Cuando mi situación se volvió más compleja, se solicitó que pudiera cursar de manera virtual desde mi casa, una modalidad contemplada por ley para estudiantes con problemas de salud. Conseguirlo fue un proceso burocrático larguísimo.

Y cuando finalmente lo logré, descubrí que tampoco era una verdadera solución. Si bien me permitió continuar cursando, implicaba aislamiento y una experiencia de aprendizaje muy limitada.

En aquel momento hice una propuesta que me parecía razonable: asistir algunos días de manera presencial y otros no, dependiendo de mis tratamientos. También pedí cierta flexibilidad con plazos y entregas.

La respuesta fue un rotundo no.

“Tenés que cursar igual que tus compañeros o hacer la modalidad virtual, porque es así”, me dijeron.

Eso me marcó profundamente. Sentía que me estaban exigiendo igualdad cuando lo que necesitaba era equidad. Había una enorme diferencia entre estar sentada en un aula y realmente estar en condiciones de aprender.

Rocío sostiene una foto de su niñez. En la escuela, además del trastorno de la conducta alimentaria atravesó una depresión y el duelo por la muerte de un familiar muy cercano.
Rocío sostiene una foto de su niñez. En la escuela, además del trastorno de la conducta alimentaria atravesó una depresión y el duelo por la muerte de un familiar muy cercano.Mario Sar

“¿Cómo te sacaste esa nota?”

Muchos docentes notaron que algo no estaba bien, pero no sabían cómo acercarse. Recuerdo a dos que sí lo hicieron. Me escribían, se conectaban conmigo y me preguntaban cómo estaba. No me resolvieron los problemas, pero me hicieron sentir vista.

Con el tiempo llegaron otros desafíos. Mientras seguía recuperándome de la anorexia, atravesé una depresión y más adelante la muerte de un familiar muy cercano.

Muchas veces se piensa que una persona se recupera cuando recupera peso o desaparecen los síntomas más visibles. Pero la realidad es mucho más compleja.

El último año de secundario terminé llevándome materias por primera vez en mi vida. Y con ellas llegó la culpa. Sentía que estaba fallando. Había profesores que me miraban con decepción o me hacían comentarios como: “¿Cómo te sacaste esa nota?”, como si todo dependiera únicamente de mi voluntad.

Finalmente, cuando intenté pedir una excepción para rendir ciertas materias en condiciones especiales, la respuesta volvió a ser negativa. Ahí entendí que ya no podía seguir en una institución que no estaba pudiendo acompañarme.

Decidí cambiarme de escuela. Fue una de las mejores decisiones que tomé.

"Me gustaría que ningún adolescente tenga que elegir entre cuidar su salud mental o sostener su trayectoria escolar", asegura la joven.
"Me gustaría que ningún adolescente tenga que elegir entre cuidar su salud mental o sostener su trayectoria escolar", asegura la joven. Mario Sar

Pude terminar el secundario y seguir adelante con mi proyecto de vida. Hoy tengo 19 años, estudio Medicina y estoy cerca del alta.

La experiencia me dejó una convicción muy fuerte. Necesitamos ampliar la forma en que entendemos la educación. Detrás de cada estudiante hay una historia, un contexto y una realidad distinta.

Si un estudiante atraviesa una enfermedad física, solemos entender que necesita acompañamiento y adaptaciones. Cuando se trata de salud mental, se sigue confundiendo sufrimiento con falta de voluntad y agotamiento con desinterés.

Me llevó tiempo entender que nada de lo que había pasado definía mis capacidades ni mi futuro. Aprendí que una nota, un promedio o incluso un año difícil en la escuela no determinan quién sos ni lo que vas a poder construir más adelante. Sin un promedio perfecto se puede vivir; sin salud, no.

Decidí sumarme al Programa Altavoz, una iniciativa de jóvenes que concientizamos sobre salud mental, para hablarles a otros chicos y chicas que estén atravesando algo parecido. Porque cuando yo estaba en ese lugar, escuchar a personas que habían logrado salir adelante fue una de las cosas que más me ayudó a pedir ayuda.

Quiero contar mi historia porque me gustaría que ningún adolescente tenga que elegir entre cuidar su salud mental o sostener su trayectoria escolar.

Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista María Ayuso.

Hablemos de Todo

Esta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.