1 minuto de lectura'
La violencia doméstica o familiar puede revertirse. Esa es la mejor noticia que pueden darle a la sociedad los especialistas y aquellos que han decidido firmemente desaprender conductas violentas duramente adquiridas en una infancia llena de golpes y abusos, y que en la vida adulta van a repetir contra la familia que ellos mismos formaron.
La violencia doméstica existió siempre, pero sólo en los últimos años se ha tomado conciencia de su gravedad y de las dificultades para erradicarla. Sin embargo, los expertos en el tema coinciden en señalar que cada vez más víctimas (las mujeres en primer lugar, pero también niños y, aunque más raro, hombres) acuden a denunciarla, debido a la difusión que hacen los medios de este tema.
Esto está ocurriendo en la sociedad argentina, gracias a que hay lugares específicos -por ejemplo, la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema- que no sólo toman la denuncia, sino que acuden a contener y solucionar mínimamente la situación de los denunciantes y también la de sus hijos.
El problema es que este tipo de violencia ocurre puertas adentro del hogar y por ello adopta formas silenciosas, que la hacen pasar inadvertida y, lo que es peor, hasta llegan a naturalizarla. No estamos hablando sólo de maltrato físico, sino de insultos, descalificaciones continuas, indiferencia, amenazas, humillaciones; es decir, violencia psicológica, mucho más difícil de comprobar.
Ahora bien, dentro de la enorme complejidad de este fenómeno -necesita de un abordaje integral: desde la sociedad, la escuela, los centros de salud, los organismos gubernamentales, la Justicia-, y a pesar de que hasta ahora las respuestas fueron más bien fragmentadas y espasmódicas, han sido las víctimas, mujeres y niños, las que han focalizado la atención, lo cual está muy bien. Pero son los victimarios (los hombres, en la mayoría de los casos) los que también deben recibir algún tipo de atención, sobre todo social y médica, y para ellos los lugares donde sea posible recibir algún tipo de tratamiento son por ahora casi inexistentes.
Sobre esta realidad llama también la atención la nota principal de este suplemento. Es cierto, por ahora son muy pocos los que se acercan a esos grupos de recuperación; algunos de los participantes son muchas veces reincidentes. Pero, como explican los especialistas en violencia familiar, "no es una enfermedad, sino un comportamiento aprendido en la infancia, que se sigue usando porque dio algún resultado", pero al ser una conducta aprendida también se puede desaprender y es allí donde aparece la posibilidad de cambio.
La esperanza, entonces, está depositada en el crecimiento de las redes que se establezcan entre un Estado que debería estar más presente y la sociedad en su conjunto. Terminar con la violencia familiar implicará, también, acabar con la violencia social que se manifiesta en tantos otros ámbitos de la vida en la Argentina.
- 1
2Crecieron en un barrio sin computadoras y ahora trabajan en una tecnológica que exporta a Latinoamérica
- 3
“¿Por qué no van a la escuela si la educación es pública?”: la experiencia que cambió la vida de una joven y su mirada de la pobreza
- 4
“Lo volvían loco por traga”: sufrió bullying durante años, dejó de salir de su casa y ahora la Justicia condenó al Estado por no intervenir
