Usa silla de ruedas y recorre el país: “Las personas con discapacidad vamos a donde podemos, no a donde queremos”
Verónica Martínez tiene 47 años, está casada y tiene dos hijos; en este texto escrito por ella, repasa las situaciones que vivió durante más de 40 años de vacacionar por la Argentina
8 minutos de lectura'

Mis primeros recuerdos de vacaciones son de cuando tenía 5 o 6 años. Íbamos a Santa Teresita. Yo era chica y todo resultaba más fácil: mi papá me llevaba hasta la playa a upa.
Cuando crecí y empecé a moverme en silla de ruedas, tuvimos que dejar de ir a esa casa, que era de mi tía, porque el baño era chico y yo necesitaba más espacio. Lo mismo para dormir. En la habitación que usaba cabían dos camas cuchetas y yo no podía moverme desde mi silla hasta la cama. Como necesito asistencia para vestirme, también era incómodo para la persona que me asistía, generalmente mi mamá.
Tengo atrofia muscular espinal y desde que tengo memoria la silla de ruedas es una extensión de mi cuerpo. Hay personas con discapacidad motriz que no pueden mover las piernas pero tienen fuerza en las manos y los brazos, pero yo no. Solo puedo hacer movimientos leves con mis manos y mi cabeza. Esto hace que, por ejemplo, me tenga que vestir en posición horizontal.

Imaginate si estoy en un balneario o en un aeropuerto y tengo que cambiarme. Los baños públicos tienen cambiadores para bebés pero no para chicos más grandes, adolescentes o adultos. Sé que en España implementaron cambiadores accesibles en algunos paradores y aeropuertos. No es tan complicado: es un espacio amplio con una camilla. Pero acá nos falta mucho para eso.
Una vez necesité cambiarme fuera de mi casa y terminé haciéndolo en el piso del baño.
A veces íbamos de vacaciones a Mar del Plata. Yo era adolescente y era una odisea bajarme en silla de ruedas por las escalinatas para llegar a la playa. Mi papá, mi hermano y muchas veces un guardavidas me levantaban con la silla mientras bajaban las escaleras. Yo sentía un nudo en el estómago por el vértigo que me daba y el miedo a que alguno trastabillara. Me sentía muy vulnerable.
Afuera de las anécdotas familiares
En la playa tenía que quedarme sentada debajo de la sombrilla. Cuando era más chica, mi papá me llevaba a upa hasta la orilla a jugar con la arena. Por suerte, tengo unos padres y un hermano mayor que siempre estuvieron disponibles para mí. Pero cuando fui creciendo, ya no era tan simple y muchas veces me tocaba ver cómo disfrutaba el resto de mi familia.
Eso me hacía sentir muy triste. No tenía que ver tanto con lo que me perdía en sí, sino con no poder compartir con ellos. No sos parte del grupo que se está divirtiendo. Te quedás afuera de las anécdotas familiares.
Perdí la cuenta de la cantidad de cosas que no pude hacer por falta de rampas, pisos sin pendientes o ascensores más amplios. Por eso siempre digo que, en vacaciones, las personas con discapacidad vamos a donde podemos, no a donde queremos. Nos acostumbramos a ver que nuestros familiares sin discapacidad disfrutan de todo y nosotros de algo, o de nada.
Una vez fui a Las Leñas con mi familia. Me bajaron del auto y quedé encajada en la nieve con mi silla, sin poder moverla, viendo como todos disfrutaban mientras yo me moría de frío.
En otra oportunidad, durante mi luna de miel, fuimos con Marcelo, mi marido, a San Rafael. Hicimos una excursión hasta Valle Hermoso, un lugar que le hace honor a su nombre con una laguna color turquesa. El paseo terminaba con una caminata hacia un punto alto, donde te podías sacar una foto con la laguna detrás. Pero yo no pude hacer esa parte. Marcelo tuvo que hacerla solo mientras yo me quedaba en la camioneta, mirando la experiencia desde lejos, como tantas veces.
Ahora tengo 47 años, estoy casada y tengo dos hijos. Soy contadora, trabajo en relación de dependencia y además tengo un emprendimiento con una socia y otra organización vinculado al turismo accesible.
Mis hijos juegan al fútbol y casi nunca los puedo ir a ver porque los clubes casi nunca son accesibles. Los acompaño y me quedo en el auto, mientras Marcelo me transmite el partido por videollamada.

La primera vez que logré meterme al mar tenía 40. Nos habíamos ido de vacaciones al Camping Americano, en Monte Hermoso, que tiene una silla de ruedas anfibia. Todavía lo recuerdo como si hubiera pasado ayer. Me acerqué a la orilla, apoyé los pies descalzos sobre la arena y sentí su textura y su calor. Después vino la ola.
Yo tenía miedo de que el agua estuviera fría, porque soy muy friolenta, pero estaba tibia, hermosa. Hasta pude patalear. Me sentí libre. Era una persona más metiéndose al mar y eso se siente como subirte a un podio y recibir un premio.
Cuando salgo de vacaciones, como a todos, me gusta probar cosas nuevas. Pero hoy busco un equilibrio entre espacios que garanticen el entretenimiento de mis hijos y la tranquilidad. No quiero exponerme todo el tiempo a desafíos.
Lamentablemente, hay muchas experiencias que las personas con discapacidad no podemos vivir. A veces, los obstáculos los pone la propia naturaleza, por ejemplo, los lugares de montaña o con pendientes son muy complejos de transitar para quienes tienen algún impedimento motriz.
Pero después están las barreras del entorno, cuando un comercio, una vivienda o un sitio turístico no están diseñados para todos. Una vez alquilamos un departamento para ir de vacaciones. Chequeamos todo: las dimensiones de los cuartos, del baño, de la cocina. Y cuando llegamos, mi silla de ruedas no cabía en el ascensor.
Mucha gente todavía no puede ver que no se trata de diseñar para unos pocos sino para todos. Si un espacio cuenta con rampa, mucha gente va a optar por ella en lugar de usar las escaleras aunque no tenga discapacidad. Un baño adaptado o una habitación accesible son espacios que puede usar cualquiera. Sin embargo, hay hoteles que los utilizan como depósito cuando no tienen una persona con discapacidad alojada.
El desafío del transporte
La falta de transporte público accesible también es una barrera. Si no tenés un vehículo adaptado, es muy difícil desplazarte. Ni hablar de hacer viajes largos en avión.
Mucha gente sueña con volar a Europa sin escalas, pero eso es impensable para mí. Implicaría deshidratarme durante las 11 o 12 horas del viaje más unas tres previas porque no puedo ir al baño del avión. No está diseñado para personas con discapacidad motriz.
Y si el avión no está conectado a una manga, toca que me suban y me bajen en andas, en una silla que no es la mía. Por eso evito todo lo posible viajar en avión.

La falta de cuidado de las aerolíneas cuando tratan las sillas de ruedas como si fuera un equipaje más también es otro problema. Sé de mucha gente, sobre todo en aerolíneas low cost, a la que les han devuelto la silla rota o directamente se la perdieron.
Hay otra barrera, la actitudinal. Es cuando ves que no consideran a la persona con discapacidad como un usuario o cliente. Una vez, en un restaurant me dijeron que no podía quedarme con mi familia pese a que el salón no estaba lleno.
Hay cosas que podés transformar luchando y otras que tenés que aprender a aceptar. Obviamente, cada vez que me he sentido excluida o impedida de disfrutar me generó tristeza o frustración, pero también traté de sacar aprendizajes.
Ahora, cada vez que planeo unas vacaciones, lo primero que analizo son las condiciones de accesibilidad de la ciudad, cómo es moverse en silla de ruedas. Si puedo, elijo algún alojamiento de rápido acceso a la zona céntrica. Y al momento de definirlo, no solo pido información sino que busco respaldarla con fotos.
En estos momentos me encuentro planificando un viaje por la Ruta de los Siete Lagos. Me gustaría conocer el Sur. Recopilé mucha información sobre accesibilidad y diferentes opciones de alojamiento así que capaz que vayamos por ese desafío.

Quizás te preguntes por qué, después de tantos sinsabores, sigo apostando por viajar. Porque si me quedo frustrada y enojada no cambiaría en nada mi realidad. Entonces prefiero mirar el vaso medio lleno. Como cuando fuimos de luna de miel y no pude sacarme la foto con mi marido, prefiero quedarme con la alegría de que él lo pudo hacer y con todas las otras cosas que sí pudimos compartir. Por eso viajo: para seguir compartiendo con los que quiero y disfrutar con ellos de todo lo que pueda.
Más información
Verónica es una de las fundadoras de “Sí, Voy”, una consultora sobre turismo y accesibilidad que ofrece una plataforma gratuita con información sobre destinos turísticos. Además desarrolla una serie de podcasts en formato audiovisual con información sobre destinos turísticos.
Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista Lorena Oliva
1Usa silla de ruedas y recorre el país: “Las personas con discapacidad vamos a donde podemos, no a donde queremos”
2“Dejé de jugar y me sentía solo”: de niño hacía tareas en el campo y ahora combate el trabajo infantil
3“Ese ángel logró lo que la Justicia no hizo”: la joven que reactivó la búsqueda de un niño desaparecido hace 15 años
4Es ingeniero y organiza viajes con los albañiles de su constructora: “Me incomoda irme de vacaciones sabiendo que ellos no pueden”






