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Aplauden, fíjense en ellos. Aplauden siempre, lo aplauden todo. Aplauden incluso cuando el líder dice una gilipollez o miente con la impune desvergüenza de quien sabe que nadie le pedirá cuentas. Aplauden en grupo, a coro, jaleando la consigna como si les fuera la vida en ello, porque en realidad les va: el cargo, el coche oficial, el despacho, la tarjeta de crédito, el restaurante que nunca frecuentarían de dedicarse a un trabajo decente. Saben que aplaudir como focas bien entrenadas —y que me disculpen las honradas focas— es más rentable que el pensamiento.



