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Entre otras costumbres desagradables —en Venecia no todas lo son— esta ciudad tiene la de cerrar hoteles por obras, reformas y cosas así. El Danieli, refugio de viajeros fatigados, amantes, conspiradores y novelistas en busca de atmósfera, está envuelto en andamios. El Bauer, con su puntito más sofisticado —menos millonetis rusos, quiero decir—, también languidece entre albañiles y restauradores. Así que, como cuando los marinos eligen puerto según sople el viento, acabas recalando en el Gritti.



