Borrado del mapa: un presidente bajo la alfombra
El nombre del presidente con el que recuperamos la democracia ha mutado poco menos que en mala palabra
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Hay nombres, propios y de los otros, que invitan a la ensoñación, especialmente al neófito que los toca por primera vez. Países como Sierra Leona, Costa de Marfil, Cabo Verde resuenan con frescuras de exuberancia vegetal, sensualidades felinas, promesas excitantes de aventuras novelescas. Una carta esférica, por ejemplo, para quien entienda de navegación y sepa ponderar su historia, será un instrumento concreto, con una finalidad y un sentido muy precisos; para quien nada sabe, en cambio, será siempre un hermoso oxímoron (descorrido el velo de la ignorancia por el título de un estupendo clásico de Pérez-Reverte).
Más cerca en el tiempo y en la geografía, otro objeto cargado de poético misterio nos ha llegado también en la portada de un libro: el planisferio invertido con el que Pablo Gerchunoff rotula y grafica la parábola, vital y política, de Raúl Alfonsín, a lo largo de más de cuatrocientas páginas de ensayo biográfico. El elemento es real; pero en su caso solo sirve para orientarse en una geografía simbólica, la del poder al servicio de la transformación social, por medio de una torsión cartográfica: en el planisferio invertido “el norte está en el sur, el sur está en el norte –describe Gerchunoff–. Argentina en el centro del mundo. Era el símbolo de la pasión política […] la realidad puede cambiarse, puede darse vuelta”.
El 10 de diciembre de 2023 nuestra democracia coronó cuarenta años de vigencia ininterrumpida. El aniversario quedó opacado por la asunción de un nuevo presidente –felizmente– constitucional, surgido de esa democracia que, a los ojos de muchos de sus jóvenes votantes tiene la misma cotidianidad (absoluta) y la misma relevancia (ninguna) que el agua para el pez que nada en ella. Y que ignora que sin ella no hay vida. Esa democracia –que para algunos libertarios acaso valga menos que un maní, porque, según tuitean, es solo “una cáscara vacía”– llegó de la mano de un presidente improbable: Raúl Alfonsín.

Vale ir (o regresar) al libro de Gerchunoff, ahora que el planisferio se ha vuelto a invertir en la Argentina, y que el nombre del presidente con el que recuperamos la democracia ha mutado poco menos que en mala palabra, barrido bajo la alfombra, borrado del mapa, cancelado del panteón de los próceres, reducido al fracaso hiperinflacionario. Alfonsín, quién lo hubiera dicho, se ha transformado en consigna contracultural. Otras voces y otros ámbitos. No hay espacio para las sutilezas, los finos hilos que tejieron los lazos del incipiente Mercosur (después de dictaduras y recelos mutuos entre los socios mayoritarios); el prestigio de las personalidades intachables que fueron convocadas para investigar la desaparición de personas durante el cruento gobierno de facto, en una comisión que el peronismo rehusó integrar; los juicios a los crímenes más aberrantes que se puedan cometer desde un Estado; la resistencia –genuina porque se practicaba desde la democracia y no en contra de ella– en una Semana Santa como la que hoy termina, a la amenaza de una rebelión militar.
Pero en estos días de exhumación noventosa, más empobrecidos que hace treinta años y sin la ilusión analgésica del peso-dólar, celebramos otras éticas y añoramos otras estéticas, guiados por un gobierno al que parecen disgustarle más las ideas republicanas de Alfonsín que la corrupción menemista. Nada de qué sorprendernos demasiado en la imagen que nos devuelve en el espejo: desde 1983, los argentinos solo hemos distinguido dos veces con la presidencia de la Nación a los jefes de las administraciones más venales en la historia de la democracia recuperada. Con buen criterio se podrá argumentar que no fueron elegidos por sus corruptelas sino a pesar de ellas. Es cierto. Pero allí estuvieron. Y aquí están, todavía, las consecuencias.
Una anécdota –entre tantas– en el libro de Gerchunoff pinta este país suspendido en lo surreal, donde no hay mapamundi –lo emprendamos al derecho o al revés– que parezca iluminar la salida del cráter. Cita el autor: “Arde en el conurbano bonaerense el problema social más candente de la Argentina […] millones de compatriotas viven constreñidos por las existencias de un duro existir, reclamando viviendas, mejoras en el transporte, pavimentos, aguas, cloacas, energía”. Son palabras del jefe del Ejecutivo de la provincia de Buenos Aires. No del actual, claro. Tampoco de quien lo precedió. Es un mensaje del gobernador Oscar Alende; la fecha, 7 de marzo de 1961. Gerchunoff destaca un descubrimiento de Roy Hora: fue la primera vez que se usó el término “conurbano”.
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