Cuando mucha información es poca sabiduría
Quien se obsesiona por estar al tanto de todo no dimensiona lo verdaderamente importante y, patología contemporánea, no puede centrar su atención en algo
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Pasaron hasta hoy 27 años desde que el físico catalán Alfons Cornella, reconocido internacionalmente por su dedicación a la innovación, lanzara el término “infoxicación” para denominar lo que el ensayista y futurólogo estadounidense Alvin Toffler (1928-2016) había anticipado en 1970 como un fenómeno entonces inminente: la sobrecarga informativa. Toffler acertó en su predicción y la infoxicación ya es una pandemia, por el momento sin antídoto. El bombardeo informativo que las mentes reciben desde diferentes flancos (especialmente plataformas digitales, redes sociales y medios audiovisuales) es sello distintivo de lo que se bautizó como era de la información, o sociedad del conocimiento.
La sabiduría es el resultado del modo en que una persona procesa las experiencias de su vida y extrae de ellas una comprensión del mundo y del acontecer, de manera que alcanza a comprender el sentido de su propia existencia
Sin embargo, Albert Einstein, con su implacable lucidez para detectar disfunciones sociales y culturales, además de fenómenos físicos y astronómicos, advirtió hace tiempo que información no es conocimiento. Una necesaria discriminación, especialmente en este tiempo, cuando se tiende a considerarlos como sinónimos. La información, en su descripción más simple, es un conjunto de datos de distinto tipo. En sí, no tienen ningún significado. Podemos atiborrarnos de información sin que eso signifique haber aprendido o entendido algo. El conocimiento, a su vez, consiste en la selección de un conjunto de esos datos para organizarlos en torno de un tema específico. Cuando se insiste en que la sociedad del conocimiento exige la formación en una disciplina determinada para no quedar afuera de una carrera en la que hay que participar, aunque no se sepa bien hacia dónde va ni cuándo y cómo termina, se está alentando la formación de especialistas. Es decir, personas que suelen conocer mucho de un tema e ignorar casi todo de otras cuestiones. Un producto del furor tecnocrático que está en las antípodas del humanismo, filosofía que tiene sus orígenes en el Renacimiento (siglos XIV y XV) y pone su interés en la valoración de todo lo humano, sin reduccionismos a un único tema.

Y así como la información no es conocimiento, este no es sabiduría ni la garantiza. La sabiduría es el resultado del modo en que una persona procesa las experiencias de su vida y extrae de ellas una comprensión del mundo y del acontecer, de manera que alcanza a comprender el sentido de su propia existencia. No se llega a ella a través de libros, de datos, de especializaciones ni de fuentes externas. Es una puerta que se abre desde adentro, exige una presencia atenta y abierta en el mundo. Se trata de un proceso continuo e inagotable, abierto a los interrogantes y al asombro. Decía Aristóteles, uno de los padres de la filosofía occidental, que mientras el ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona. El ignorante, curiosa paradoja, suele estar empachado de información. La obsesión informativa, además de ir en camino contrario al de la sabiduría, termina por aplanar todos los temas. Quien se obceca por estar al tanto de todo no dimensiona lo verdaderamente importante y trascendente y, patología contemporánea, finalmente no puede centrar su atención en algo. Teme estar perdiendo información, aunque no sepa qué.
Sócrates, quien afirmaba que solo sabía que no sabía nada, era verdaderamente sabio. Sabía mucho, en realidad, pero estaba abierto a la duda, a la experiencia desconocida, a lo que restaba por vivir. Juan Luis Vives, pensador humanista que sirvió al rey Carlos I, de España, sostenía al respecto que “muchos habrían podido llegar a la sabiduría si no se hubiesen creído ya suficientemente sabios”. Esta falsa creencia es a menudo un síntoma de la infoxicación. Consiste en estar convencido de que cuanto más tiempo se pase sumergido en pantallas y fuentes presuntamente informativas más se sabrá sobre el mundo en que se vive. Mientras tanto, la vida real transcurre allí donde los sabios la experimentan. Y aprenden a discernir la información útil de la estéril y tóxica.
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