
El argentino que revolucionó la escena cultural hispana en Berlín
Para José Luis “Pepe” Pizzi, un salón es más que un lugar donde circulan libros y se escucha música; es un espacio fuera del tiempo en una ciudad tan heterogénea y cosmopolita como la capital alemana
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BERLÍN.- Todas las semanas, autores de habla hispana se reúnen en el Salón Berlinés, el centro literario que José Luis “Pepe” Pizzi maneja en el pintoresco barrio Schöneberg. Después de las lecturas, el argentino logra un cálido “tercer tiempo”, entre vinos, abrazos y risas, del que el público disfruta junto con artistas reconocidos y emergentes en un espacio vibrante y colmado.
En el café Finovo, ubicado en los bellos jardines del Antiguo Cementerio Sankt Matthäus, a pocas cuadras de su local, transcurre la charla, en la que Pizzi revela cómo fue que pasó de ser abogado por los derechos de las personas homosexuales en Buenos Aires, a parrillero de la realeza europea, para terminar creando un sitio que se convirtió en ícono de la cultura hispana en Europa por el que pasaron más de 300 autores. Todo eso a lo largo de una vida intensa y llena de sobresaltos, entre la Argentina, Brasil, Madrid y Alemania.
—¿Cómo empieza la historia de un argentino que desembarcó en Berlín hace veinte años para ocupar un espacio que parecía vacante: el de los autores hispanos?
—Nací en Ingeniero Huergo, un pueblo de Río Negro, el 12 de julio de 1959, el mismo día que el poeta Pablo Neruda. Cuando terminé el secundario me fui a La Plata a estudiar Arquitectura, pero a los dos años volví a mi provincia para trabajar en una compañía de seguros. Recuerdo un día en especial: discutí con papá, y mi abuelo sacó plata de abajo del colchón y me la regaló para que me fuera a Buenos Aires. “Andá, porque esto no es para vos”, me dijo. Le hice caso, me instalé en una pensión porteña y empecé a estudiar Derecho en la UBA. Después tuve suerte y, aunque parezca increíble, me gané la lotería. Lo primero que hice fue alquilar un departamento en Recoleta junto con con amigos, hasta que venció el contrato y quedé en la calle.

—¿Viviste literalmente en la calle?
—Era 1981, no quería volver a mi pueblo y tampoco conseguía trabajo. No me quedaba otra. Tenía la ropa sucia, los zapatos de gamuza marrón rotos... Pasaba las noches adentro de una iglesia, en el cementerio de la Recoleta o escondido en las escaleras de los edificios. Fue el peor año de mi vida, pero me templó el espíritu. Finalmente empecé a ganar algo de dinero como técnico de máquinas ,y después en una verdulería. Mientras tanto seguía estudiando y logré recibirme. Por ese entonces aprendí a tocar la quena en el Centro Coya; tenía el pelo largo, barba y anteojos a lo John Lennon.
—¿Hasta qué punto tus decisiones estuvieron marcadas por los vínculos afectivos?
—Siempre viví de acuerdo con las personas que amaba, ya fueran amigos o parejas. Me fui a Brasil en 1985 persiguiendo a una chica que había conocido cuando era kiosquero en la Avenida Corrientes. Ella no estaba en ese país, pero igual me quedé un tiempo y luego volví a la Argentina. Al final nos casamos. Así nació mi primera hija, Lucía. En 1992 me separé, y ese mismo año una alemana me presentó al grupo Gays por los Derechos Civiles (Gays DC, fundada por Carlos Jáuregui), una organización en la cual ejercí como abogado. Todo eso fue al año siguiente de la primera Marcha del Orgullo en la Ciudad de Buenos Aires. Recuerdo que gané un juicio por defender a un joven que había sido despedido sin indemnización y el hecho tuvo mucha repercusión. Después me hice cargo de cientos de casos parecidos. Fui invitado a los programas de Susana Giménez y de Mariano Grondona, entre otros que tocaban el tema de la discriminación. Redacté el primer borrador de unión civil, que más tarde se convirtió en la Ley de Matrimonio Igualitario. Sin embargo, vivía en el Delta y mis ingresos eran magros.

—¿Por eso emigraste a Berlín? La sociedad allí ya era más abierta a estos temas.
—Sí, pero antes fui a Madrid. Ahí también hice de todo: vendí cursos de inglés puerta a puerta, tuve un bar y trabajé en una inmobiliaria. Por ese entonces estaba casado con mi segunda mujer, una alemana, y en 2007 tuvimos a nuestra hija Sofía. Al día siguiente de nacer ella, le dije a mi esposa: “Esto no da para más. O nos vamos a Buenos Aires y sigo siendo abogado, o nos vamos a Berlín y sigo siendo escritor”.
De parrillero a gestor cultural
—¿Cómo fue el proceso de integración en esta ciudad?
—Lo primero que hice fue estudiar alemán en una escuela pública y dedicarme a ser papá. Gracias al grupo de padres del colegio empecé a trabajar de parrillero, me hice famoso y me contrataron de todos lados: bodas, cumpleaños, eventos. Viajaba a otros países para cocinar, y en Bélgica llegué a hacer una parrillada para el casamiento de una condesa. Disfruto mucho del noble arte de juntarse alrededor del fuego. Por otro lado, homologué mi título de abogado y ejercí la profesión un año y medio. Además, con unos amigos hispanohablantes formamos el grupo Los Unbekannte y desde hace años nos juntamos a escribir, leernos, corregirnos. Cada verano hacemos un asado en un jardín hermoso de Rixdorf, el barrio donde vivo. Convocamos al público bajo el lema “choripanes, vino, sol y amor”. El evento es todo un éxito. Ahí también ofrecemos los libros escritos por cada uno de nosotros que son publicados por la editorial Abrazos, con sede en Stuttgart y en Córdoba, Argentina.
—¿En qué momento surgió la idea de fundar un centro cultural?
—Después de vivir en una casa prestada en medio del bosque cerca de Berlín, donde escribía, empecé a trabajar en una librería en la que organizaba eventos literarios. Pero todo eso cambió con la pandemia: lancé un podcast para una radio de Chile y entrevistaba a autores de todo el mundo por Zoom. Como ya tenía experiencia en convocar público interesado en la cultura, en septiembre de 2021 inauguré el Salón Berlinés, por el que ya han pasado más de 300 artistas de distintas nacionalidades, aunque mayormente de habla hispana. La dinámica consiste en organizar un encuentro literario y un concierto por semana. Antes funcionamos en el barrio de Kreuzberg, pero el espacio actual está en Schönberg, Großgörschenstraße 6. Sucede que el mercado inmobiliario local es muy caro y para que el proyecto sea sustentable es necesario mudarse. Estimamos que el año que viene nos trasladaremos a un bar clásico del barrio de Rixdorf.

—El nombre Salón Berlinés remite a la década del 20 en Alemania, a Cabaret, y a un momento de gran libertad artística. ¿Esa idea intentan transmitir?
—Sí, tiene que ver con la concepción de un espacio abierto al libre intercambio de ideas, debates e improvisación. Creo que es fundamental salir de los guetos literarios. De todos modos, el nombre fue muy debatido en nuestro grupo de amigos, pero finalmente primó la sugerencia del escritor, traductor y documentalista argentino, Iair Kon.
—¿Cuentan con algún tipo de subvención que les permita darle continuidad al proyecto?
—Desde 2022, el Senado de Cultura de Berlín —el organismo gubernamental de más alto rango encargado de la política artística en la capital— apoya nuestra iniciativa, que reúne en un diálogo bilingüe a literatos de ambas lenguas. Gracias a que me uní a la poeta hispano-alemana Ingeborg Robles, logramos que se interesaran en la idea y que nos acompañaran institucionalmente. El nuestro era y es un concepto que hacía falta acá: se establece una relación estrecha no solo entre el anfitrión y los autores invitados, sino también de los asistentes entre sí. Quienes participan de nuestras actividades lo hacen para formar parte de una comunión.
Puente para escritores
—Existen plumas consagradas, como la argentina Samanta Schweblin, que viven en esta ciudad y pasaron por tu salón. ¿Qué pasa con el resto que recién comienza? ¿Qué panorama pueden vislumbrar acá?
—Berlín ha sido siempre cuna de artistas y es una ciudad pensada para mostrar y mostrarse; no hay lugar más apto para la circulación de textos. Sin duda, nuestro centro es uno de los vehículos para que los escritores argentinos emergentes puedan darse a conocer, no solo en Alemania, sino también en el resto de Europa. Me interesa de manera especial ayudarlos, además de albergar a figuras ya reconocidas, como la propia Samanta, María Negroni, Claudia Aboaf, Esther Andradi, Raquel Robles, Fernanda García Lao, Alejandro Modarelli, Franco Chiaravalloti, Florencia del Campo, Mabel Bellucci o Alan Pauls, entre tantos otros.
—¿Qué factores contribuyeron para que se considere a Berlín una capital literaria?
—La enorme heterogeneidad que todavía existe, y las diferentes costumbres, experiencias y biografías que se formaron durante los años en que estuvo dividida en dos Estados. Esta ciudad es algo así como un joyero de material épico, una rara mezcla de cosmopolitismo y familiaridad. Se piensa en tanto símbolo de encuentro tenso e intenso entre Este y Oeste. De hecho, su campo literario, en toda su diversidad, es casi imposible de abarcar. La riqueza de este sitio se basa menos en sus recursos económicos que en la tremenda creatividad artística de sus habitantes.
—Estás trabajando en un nuevo proyecto. ¿De qué se trata?
—A cinco años de la inauguración del espacio, lanzamos un compilado de textos de autores argentinos que pasaron al menos una vez por los encuentros organizados por nosotros, ya sea en el local de Berlín, en Buenos Aires o en la provincia de Córdoba. Logramos reunir casi 60 firmas de diferentes géneros. El escritor Juan Carlos Méndez tuvo la idea, Ana Paula Ibáñez diseñó la tapa y yo hice los retratos de los escritores. Se llama Salón Berlinés, Voces argentinas, y está disponible a través de la página de la editorial Abrazos. El 19 de septiembre la presentaremos en Buenos Aires y unos días después en Córdoba.

—Mencionás los retratos de la antología y son los mismos que le regalás a cada escritor antes de presentarse. Luego lo subís al perfil de Instagram (@salonberlines) junto al anuncio del evento. ¿Cómo nace esta otra vocación tuya?
—Lo de la pintura viene desde la adolescencia. Retratar a cada artista tiene un costado de agradecimiento por elegirnos. El hecho de escribir llegó bastante más tarde y terminó de configurarse al instalarme en Berlín. Si bien ya tenía algún atisbo de novela, fue en esta ciudad donde le di continuidad y cierta estructura. Autoedité dos novelas muy malas, de cuyos nombres no quiero acordarme (risas) y luego, bajo la órbita de Abrazos, edité una trilogía, dos libros de relatos, tres antologías y un cómic. También publiqué una novela en una editorial berlinesa que ya no existe y una antología en un grupo literario con sede en Oxford.
—¿Tenés tiempo para escribir? ¿Cómo es un típico día para vos?
—Tranquilo, aunque imprevisto. Mates por la mañana, lectura de periódicos de Argentina, España y Alemania, y un intenso trabajo en redes mientras se termina el agua del termo. Después salgo a caminar, ver gente y quedar para tomar un café o cenar. Los lunes siempre estoy en el Salón. Nada complicado. Disfruto de ver a mis dos hijas. Me hago tiempo para leer y escribir mucho.
—Le escuché decir a un habitué del Salón que te llaman “subversivo cultural”. ¿A qué atribuís ese apodo?
—Alguien lo dijo, otro lo repitió y terminó publicado en alguna entrevista, pero no llegó a conformar un mito (risas). Así que no tengo idea de por qué lo dicen. Creo que debe ser por hacer todo esto sin presupuesto, con muchas ganas y sin despeinarme demasiado en el intento.



