El luthier de bandoneones que mantiene viva una tradición perdida; “La música te tiene que dar felicidad”
Damián Guttlein es una figura clave para los músicos; requerido en múltiples países y por muchos artistas, tiene su agenda de trabajo cubierta hasta fin de año
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“¿Ves en el fondo? Ahí está el probador, donde paso una buena parte del día escuchando como suenan las lengüetas del bandoneón, y a un lado tengo el torno paralelo que utilizo para armar los teclados”, explica con espíritu pedagógico Damián Guttlein. La entrevista transcurre en su taller de luthería, ubicado en su casa de la localidad de San Martín, destino de peregrinaje de los bandoneonistas. Allí, toda la decoración invita a curiosear: reúne fotos dedicadas de glorias como Leopoldo Federico, Ernesto Baffa, Walter Ríos y Daniel Binelli, herramientas, piezas de repuesto, instrumentos desarmados, mesadas y un pequeño cartel con letras fileteadas que lo resume todo: “Acá se hace magia”.
Figura desconocida para el público, eslabón fundamental para los músicos, Guttlein se ocupa desde hace 25 años de un oficio artesanal en extinción: afina el bandoneón, un trabajo quirúrgico que implica raspar con una lima las lengüetas metálicas del instrumento para ajustar el sonido. Con una mezcla de oído absoluto y tracción a sangre, es el último de una estirpe que lo hace sin la ayuda del afinador electrónico. “Tengo grabado en mi cabeza los sonidos del bandoneón”, subraya con una cuota de misterio, aunque reconoce que para lograr la tarea debió afinar miles de instrumentos.
Para completar el círculo, también restaura y ha fabricado bandoneones. Su trabajo es muy valorado: recibe a diario pedidos de músicos argentinos y extranjeros que necesitan llevar a boxes sus instrumentos, a punto tal que tiene turnos disponibles recién para el mes de noviembre. Ahora ultima detalles antes de embarcarse en su decimosegunda gira internacional. Es lo más parecido a una estrella pop: durante más de dos meses, visitará España, Francia, Austria, Alemania e Italia. “Allá trabajo de la mañana a la noche. Para armar estas giras, aviso a los músicos, que a su vez lo difunden entre sus alumnos. Me mandan videos de sus bandoneones y voy agendando citas”.
En cada gira, carga una versión exprés de su taller. No necesita mucho: su misión es, ante todo, escuchar. A los pocos días, los bandoneones recuperan su esplendor. En un sutil desafío a la tecnología, su pericia demuestra que la sensibilidad humana todavía conecta mejor con el corazón del instrumento. “No hay máquina que pueda detectar con este nivel de precisión. Mis maestros solían repetirme: al bandoneón hay que afinarlo mal para que suene bien; lo que querían decirme es que no hay que confiarse del todo en afinadores electrónicos”.



Los hechos le dan la razón: su trabajo solitario e invisible terminó en los oídos de multitudes. Se llegó a escuchar en una actuación de Shakira con Bizarrap en los Grammy, a través del sonido de bandoneón de Pablo Jaurena; también en un Tiny Desk de Nicki Nicole, con la intervención de Lautaro Greco; o en uno de los videos más viralizados de YouTube, donde el violinista neerlandés André Rieu y el bandoneonista argentino Carlos Buono interpretan en vivo Adiós Nonino. Pero, a pesar de las medallas, se define como un “laburante”, quitándole el halo romántico a su profesión y llevándola a un plano bien terrenal.
“Aunque mucha gente ve al bandoneón como un instrumento mágico que representa la esencia de Buenos Aires, para mí es una caja de madera con una chapita de metal que vibra y eso le da de comer a alguien que toca en la calle, en un subte o que llena teatros. Yo me relaciono con todos, los ayudo cuando tienen emergencias y mi mayor satisfacción es hacer bien mi trabajo, porque mi capital es la confianza de ellos, y poder dormir tranquilo. Con muchos músicos, incluso, me he hecho amigo”, explica, casi a la manera de una declaración de principios, con una mezcla de códigos de barrio y honestidad brutal.
Alma de bandoneón
Para Guttlein, la escuela de todas las cosas fue su paso como aprendiz en Los Tanos. Con este gentilicio se conocía cariñosamente a dos leyendas del tango: Ricardo Romualdi y Fabio Fabiani. Tras llegar al país después de la Segunda Guerra Mundial, ambos se ocuparon en Casa América del control de los acordeones que se importaban; luego, se independizaron para afinar bandoneones de oído. Entre sus clientes figuraron nombres de la talla de Aníbal Troilo, Astor Piazzolla, José “Pepe” Libertella y Leopoldo Federico.
Por entonces, Damián tocaba el acordeón en reuniones familiares, siguiendo los pasos de su padre, un músico cordobés aficionado, y de su abuela. El momento justo, el lugar indicado: como era vecino de Romualdi en los pagos de San Martín, fue a verlo porque se le había roto la lengüeta de su acordeón. “Aunque ya se dedicaba a los bandoneones, tenía repuestos y me lo arregló. No me olvido más de mi sensación cuando desarmó el instrumento... Fue un flash, quedé alucinado y empecé a ir seguido a ver cómo trabajaba con Fabiani”.
Una cosa llevó a la otra. Como en un juego de espejos con la película italiana Cinema Paradiso, por la relación entrañable que cultivaban maestros y discípulo, Guttlein se convirtió en una esponja de las enseñanzas de los veteranos afinadores. Entre 1999 y 2005, viajaba a diario al taller en Caballito, cumplía la rutina cotidiana de aprendiz -compraba café, limpiaba el lugar, hacía los mandados- y en el medio de las tareas, se sentaba frente a ellos y se dejaba llevar por los sonidos. “Ellos siempre me indicaban: ‘Escuchá esta nota’. Fue un entrenamiento de años, porque la afinación requiere una mano firme para saber exactamente dónde limar en la lengüeta de metal del bandoneón y no pasarte con el color de una nota”.
El Día D ocurrió cuando los maestros le propusieron afinar por primera vez. “Yo hice el trabajo con un miedo bárbaro, pensando en que si fallaba se acababa el sueño, lo viví como un examen. Cuando le mostré el resultado a Ricardo, su respuesta fue genial. Se rio y me dijo: ‘¡Vos estás escuchando un acordeón!’. Tenía razón, tuve que desaprender ese sonido que posee otro nivel de precisión”. Damián continuó transitando las divisiones inferiores del oficio hasta que ellos finalmente le empezaron a derivar los trabajos que luego supervisaban.
Hacer una afinación completa le demanda a Guttlein una semana; al músico le puede durar de seis a ocho años, aunque a nivel profesional se sugiere revisar el bandoneón una vez por año
Guttlein atesora de aquellos años una joya colgada en un portarretratos de su taller: una carta epistolar firmada de puño y letra por Romualdi y Fabiani, donde le notifican a un músico de Campana que su instrumento está restaurado, afinado y listo para retirar. Es el legado de la vieja escuela: Los Tanos siguieron trabajando hasta sus últimos días, una posta que Guttlein tomó para mantener viva la tradición, heredando una clientela que lo acompaña hasta hoy. Con el tiempo, además, dio otro paso más: se animó a construir bandoneones.
Fabricante de sueños
El 11 de julio de 2017, poco antes de cerrar un concierto por el Día del Bandoneón, Néstor Marconi -uno de los músicos más notables que dio de tango- tomó el micrófono y habló de un acontecimiento destacado para la patria tanguera: ese día estrenaba un bandoneón fabricado por Guttlein. “Para hacer esta obra hay que ser muy artista, artesano, diría que alguien genial. Hay futuro, sobre todo para los jóvenes, con un instrumento de gran calidad”, explicó Marconi a los espectadores en un video que ahora circula en YouTube.




Emocionado, Guttlein remarca que aquel concierto significó la culminación de un proceso de largo aliento que le demandó ocho años de trabajo. A diferencia de lo que parece a simple vista, la “caja que se estira” tiene una complejidad mecánica asombrosa, compuesta por cientos de piezas individuales y un sistema de ingeniería que combina materiales como madera, metal, acero y cuero. Un instrumento que también es endiablado para la digitación, con sus teclas dispuestas al azar. El mismo botón produce notas distintas al abrir o al cerrar el fueye en cada mano, convirtiendo su ejecución en el complejo arte de memorizar cuatro teclados a la vez.
La fabricación de 15 bandoneones fue un proyecto familiar de prueba y error en el que invirtió sus ahorros junto con su esposa, consultó en forma permanente a los músicos y viajó a República Checa para comprar planchas de zinc, clave para la elaboración. Hoy recuerda ese momento entre risas, pero en aquel entonces el pánico lo paralizaba. “Tenía todas las piezas en el taller y no me animaba a unirlas; me daba miedo armar un producto nuevo desde cero”, confiesa, sabiendo que crear un instrumento de estas características tiene algo de épico y mucho de rescate. El estándar de oro del bandoneón quedó anclado en la Alemania de entreguerras: los legendarios Alfred Arnold —o Doble A—, fabricados en las décadas de 1920 y 1930, siguen siendo los más codiciados y difíciles de igualar.
¿Cómo se explica que los bandoneones más requeridos por los músicos tengan 100 años de existencia o más? “Ese es un secreto que se llevaron los luthieres que confeccionaban esos instrumentos. Yo creo que hay dos razones: una es el acero que utilizaban, antes se hacía de un modo más artesanal. Y la otra es la madera: un bandoneón de esa época se armaba con un tirante de madera que lo cortaron en 1920 y que debía tener 10 años ya estacionándose, porque no había hornos de secado. Es muy difícil competir contra el sonido de bandoneones centenarios”.
“Muchas veces vienen clientes nuevos que no afinan el bandoneón hace mucho tiempo. Yo me quedo mirándolos y les explico que es como el auto, si no le controlan el aceite se les va a fundir el motor”
De todas formas, Guttlein tampoco cree que la tan mentada frase “lo viejo funciona” se pueda aplicar en un ciento por ciento. “Los antiguos bandoneones son inmejorables, pero en algún momento van a tener una fecha de caducidad, por el propio desgaste de sus piezas. Por suerte, también están las opciones nuevas de luthieres que vienen trabajando desde hace años en la fabricación: Oscar Fischer, Baltazar Estol, Taller Galván. En Europa reabrió Doble A y también hay un belga que los hace”.
Actualmente, los bandoneones de Guttlein están repartidos entre músicos en la Argentina, Colombia, Estados Unidos y Francia. Para él es una etapa cerrada, por lo menos por ahora: hoy su actividad se concentra en la afinación y la restauración, y por año trabaja con 300 instrumentos. Tampoco es una tarea sencilla: hacer una afinación completa le demanda una semana y al músico le puede durar de seis a ocho años, aunque a nivel profesional sugiere revisarlo una vez por año, para minimizar riesgos sobre el escenario. “Muchas veces vienen clientes nuevos que no afinan el bandoneón hace mucho tiempo. Yo me quedo mirándolos y les explico que es como el auto, si no le controlan el aceite se les va a fundir el motor, y así entre risas le bajo la tensión a la situación”.
Después de una larguísima charla didáctica, llega la hora de las fotos. Los primeros retratos de Guttlein son en el taller, pero luego sale a la puerta, donde tiene estacionado un glorioso auto Renault 4 modelo 1963. La postal vintage es perfecta. Viéndolo a Guttlein con el bandoneón en sus manos, la tentación por la pregunta obvia es inevitable: ¿tocás el bandoneón en los ratos libres? “Está todo bien con este bicho, pero después de estar diez horas diarias escuchando sus quejas no quiero sobrecargar más mis oídos. ¿Te digo la verdad? Mi instrumento es el acordeón, y soy feliz tocando un chamamé, un pasodoble, una cumbia. La música te tiene que dar felicidad”, asegura en la entrada de su casa, mientras se despide como un vecino más.
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