El periodismo antes de convertirse en Watergate
Haciéndose eco del nombre de la película que recrea el caso, la periodista española Ketty Garat acaba de publicar “Todos los hombres de Sánchez”
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Hace cinco décadas que Watergate es sinónimo de investigación periodística capaz de derribar un presidente poderoso. Pero en su momento no tenía la épica que ganó después, cuando ya no incomodaba. Mientras transcurría era tan resistido como las investigaciones periodísticas que todavía no llegaron a ese nivel de mito.
Watergate comenzó con un allanamiento en la sede del Partido Demócrata en 1972 por lo que parecía un delito menor. Haciendo eco del nombre de la película que recrea el caso, la periodista española Ketty Garat acaba de publicar Todos los hombres de Sánchez. También la investigación comenzó con lo que parecía un desliz moral que fue creciendo hasta involucrar la cúpula del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
Lejos de ser el héroe que pintan los relatos de intrépidos periodistas de investigación, quien investiga los delitos de los poderosos carga con el peso de la prueba
El escándalo comenzó con anécdotas de la compulsión del ministro de Fomento por prostitutas que llevaba hasta a los viajes oficiales. Pero de personal se transformó a político en la medida en que involucraba pagos irregulares del partido, dimisiones sin explicaciones premiadas con cargos compensatorios.
El partido que proclamaba abolir la prostitución autorizaba pagos en metálico para esos fines a autoridades del partido. Como el caso norteamericano, las contradicciones generan filtraciones, incluso en los pactos de omertá mejor sellados. Solo se necesitan periodistas dispuestos a refrendarlas con evidencias.
Pero lejos de ser el héroe que pintan los relatos de intrépidos periodistas de investigación, quien investiga los delitos de los poderosos carga con el peso de la prueba.
Cuando el poder se ve amenazado por la información, la reacción más fácil es sembrar desinformación. Y cambiar pruebas tangibles por dilemas morales. El famoso “roban, pero hacen” de la Argentina se cambió en España por “los persiguen porque trajeron conquistas sociales”.
Quien ose desafiar la declaración oficial debe saber que pasará por el banquillo de la desconfianza social. Y por la picota implacable de sus pares. Porque si el relativismo de los acusados es esperable, y hasta se entiende que intenten despedazar al mensajero, la descalificación de otros medios y periodistas es inexplicable.
Cualquier similitud con la trama de corrupción que develó el equipo de este diario encabezado por Diego Cabot no es pura coincidencia. Quien lleva adelante una avanzada informativa se expone al linchamiento de muchos colegas. Como si no soportaran que alguien vaya más allá de las declaraciones institucionales.
El periodismo político camina cómodamente por la agenda oficial. O por “el carril”, como se llama en España a ese temario de actos y anuncios programados por las fuentes políticas. Lo subversivo de estas investigaciones es que obligan a hablar a fuentes que preferirían no hacer comentarios.
Ketty Garat tuvo que esperar más de tres años hasta que las revelaciones publicadas en el medio digital The Objective fueran refrendadas en los juzgados, donde están desfilando los funcionarios involucrados. Pero también obtuvo sentencias resarcitorias que condenaron a quienes llamaron bulos a versiones que demostraron estar ampliamente respaldadas.
Si el Watergate sigue siendo un símbolo del periodismo como contrapeso del poder es porque mostró que la información periodística puede tener consecuencias políticas y sociales. Claro que el periodismo no es tan fuerte como las instituciones de las que dependen las condenas.
El Watergate no hubiera sido lo que fue sin las investigaciones del FBI, el Congreso y los tribunales de los Estados Unidos. Ni sin los informantes que, como dijo el investigador Herbert Gans, en la medida en que comenzaron a filtrar información, fueron el indicador más temprano de la pérdida de poder de Richard Nixon.
Que el libro de Garat lleve varias reimpresiones en apenas tres semanas también muestra que el poder es eterno hasta que empieza a terminarse.
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