En el otoño boreal, los pañuelos se usan debajo de la cintura
Lejos de las pasarelas, la tendencia (que sirve tanto para disimular curvas como para llamar la atención sobre ellas) recibe el descriptivo nombre de “butt scarf”
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NUEVA YORK.- Quienes pasan con alguna frecuencia por este espacio quizá recuerden que hace unos meses se escribió sobre el regreso de la bandana. Pasó la moda, pasó el verano, cayeron las primeras hojas pero, al parecer, la bandana no se fue. Simplemente bajó de piso. Después de instalarse sobre cabezas, cuellos y cabelleras de famosas y civiles durante toda la temporada estival, el pañuelo emprendió viaje hacia la cintura —o, mejor todavía, hacia una sola cadera—, donde ahora aparece anudado encima de jeans, pantalones, polleras e incluso tapados.
Como sucede con tantas modas neoyorquinas, esta cronista primero lo vio una vez, después dos y muy pronto empezó a verlo en todas partes. En mujeres caminando por SoHo, a la salida de restaurantes, en fotos de street style y, naturalmente, en las páginas de las revistas de moda. Días atrás, después de ser invitada a participar en un prestigioso podcast sobre temas médico-literarios, cuando se apagó el micrófono la conversación, en un giro definitivamente inesperado, también derivó hacia este fenómeno, que la entrevistadora había notado durante su paso por la Gran Manzana.

Los medios ya lo bautizaron con nombres bastante literales: scarf belt, hip scarf o waist scarf —pañuelo (o bufanda)-cinturón, pañuelo de cadera, pañuelo de cintura—. En la vida cotidiana, claro, muchos directamente lo llaman butt scarf, “bufanda de culo”, que resulta bastante descriptivo: suele caer justo sobre esa zona y puede servir tanto para disimular curvas como para llamar la atención sobre ellas.
La cintura, las caderas y la cola, de hecho, parecen haberse convertido en el nuevo centro de atención, y no sólo para los pañuelos, sino para toda clase de accesorios
La gracia es que no hay nada nuevo en el objeto. Un pañuelo sigue siendo exactamente eso: un cuadrado de género, en este caso de tamaño mediano a XL, que puede haber vivido durante años en un cajón, heredarse de una madre o una abuela, comprarse por pocos dólares o llevar la firma de Hermès. Aunque la moda arrancó con el estampado de búlgaros de la bandana —y tuvo incluso su versión en cashmere, ideal para sentarse y sentirse allí abajo bastante abrigadita—, lo único realmente nuevo es la ubicación.
Y allí aparece uno de los códigos favoritos de la moda contemporánea: el IYKYK, sigla de if you know, you know —“si sabés, sabés”—, esa forma de reconocimiento entre quienes comparten una contraseña que no hace falta explicar. No es necesario que el pañuelo sea especialmente caro ni especialmente raro. Lo importante es saber que, en este preciso momento, ya no va en la cabeza ni alrededor del cuello, sino mucho más abajo.
La moda lleva siglos jugando con ese mecanismo de ocultar para señalar. Una especie de pudor exhibicionista, si semejante cosa existe
La cintura, las caderas y la cola, de hecho, parecen haberse convertido en el nuevo centro de atención, y no sólo para los pañuelos, sino para toda clase de accesorios. Ya en julio, Vogue titulaba “¿La nueva obsesión del street style? Cuelga de la cintura”, aunque allí hablaba también de dijes, cadenas, borlas y otros pequeños adornos colgantes que antes uno habría imaginado más cerca del cuello. También hay una pequeña paradoja en que esta nueva zona de exhibición aparezca precisamente cubierta. Porque el pañuelo tapa la cintura, la cadera o la cola —por partida doble o triple, ya que va encima del pantalón, la pollera o incluso el tapado—, pero al mismo tiempo las subraya: es difícil no mirar aquello sobre lo que alguien acaba de anudar deliberadamente un trozo de seda, lana o algodón.
La moda lleva siglos jugando con ese mecanismo de ocultar para señalar. Una especie de pudor exhibicionista, si semejante cosa existe. Pero quizá la lectura sociológica más interesante sea que, en una época de identidades más flexibles y de consumo menos comprometido, muchas veces importa menos estrenar que saber desplazar, combinar o resignificar lo que ya se tiene. Es decir, que el gesto vale tanto como el objeto. Porque, después de todo, IYKYK.
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