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Hace algunas semanas, en este mismo diario, un periodista se asombraba ante lo que consideró una falta grave de etiqueta: un gobernador argentino se reunió con el Papa sin corbata. Para el colega fue un despropósito (“hemos despreciado muchos rasgos de urbanidad, muchas normas de convivencia, muchos hábitos sociales y familiares que expresan –a través de ciertas convenciones– valores un poco más sustanciales”, escribió) y para mí, que justo empezaba a leer el libro El traje, apenas fue una transgresión módica: si es cierto que la ropa es pura representación, o un símbolo subestimado pero perdurable de su época, vale pensar que en un mundo que vive cambios vertiginosos la corbata pueda ser un anacronismo.



