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“Pero qué changa preciosa te conseguiste”, le soltó Walter Bovo a Ana María cuando escuchó que a su hija le iban a pagar por contar historias, por esa forma de narrar que él le había enseñado intuitivamente en su niñez y solo por placer, por diversión familiar. Walter, el hombre que vendía muebles en la época en la que los novios compraban el juego completo de dormitorio, el de comedor, fue su primer maestro. Varias fueron las tardes de sábados en las que Ana María se subía al camión y acompañaba a su padre y a los peones a entregar los muebles que con entusiasmo vendía: “cuando se acuesten por la noche van a estar durmiendo al pie de un bosque de cerezos”, decía.



