Es tiempo de volver a conversar
Para saber y poder construir una verdadera conversación es primordial aprender a escuchar
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No es lo mismo hablar que conversar. Hay gente que habla mucho y conversa poco. Y hay otras personas que ni una cosa ni la otra. Sobre todo, en un tiempo de mucho mensaje de audio, de mucha actividad en redes sociales y de presencia física menguante en las relaciones interpersonales. No sólo eso. si se amplía la visión se observa que en terrenos como la política y también los negocios la conversación está ausente. Se impone la ley del más fuerte, la prepotencia. La violencia, en forma simbólica o física, suele ser un remplazo trágico del diálogo. La palabra, atributo exclusivamente humano, resulta esencial para dialogar. Pero palabras sueltas no conducen a conversar. Es el lenguaje articulado lo que importa, la coordinación entre los vocablos, el conocimiento de sus significados, que suelen ser variados, la conexión y coordinación entre lo que se piensa y se siente y lo que se busca expresar con las palabras.
Hoy estamos en presencia de una generación de chicos y jóvenes con marcado déficit de habilidades comunicacionales y conversacionales, debido a que crecieron (y crecen) en familias colonizadas por las pantallas (televisión, tablets, computadoras, celulares), afirma Estrella Montolío Durán
Aun así, no todo está en la palabra. Para saber y poder construir una verdadera conversación es primordial escuchar. Y no con cualquier tipo de escucha, sino con una receptiva, hospitalaria, todo lo contrario de la escucha confrontativa, que prepara respuestas agresivas. Una escucha que no escucha. Hoy estamos en presencia de una generación de chicos y jóvenes con marcado déficit de habilidades comunicacionales y conversacionales, debido a que crecieron (y crecen) en familias colonizadas por las pantallas (televisión, tablets, computadoras, celulares), afirma Estrella Montolío Durán, catedrática de Lengua Española en la Universidad de Barcelona y autora del libro Cosas que pasan cuando conversamos. “No saben interpretar las señales no verbales de sus interlocutores (activan menos neuronas espejo, base de la empatía); y temen exponerse a la conversación real, no editada previamente, es decir, realizada aquí y ahora” explica Montolío. Esta evidencia concuerda con una comprobación de la socióloga Sherry Turkle, del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), respetada especialista en el tema, quien en su obra En defensa de la conversación describe un fenómeno común en las generaciones criadas en la era del celular. Su fobia a hablar por teléfono, su ansiedad ante conversaciones en las que hay que mirarse a los ojos. No saben dialogar, dice, ignoran cómo empezar o terminar una conversación en tiempo y en presencia real.

El psicólogo Albert Mehrabian, de la Universidad de Los Ángeles, considerado una autoridad en el estudio del lenguaje hablado y no hablado, presentó en 1967 su célebre regla 7-38-55, según la cual el 7% de nuestra comunicación reside en la palabra, el 38% en la voz (tono, timbre, cadencia, inflexión y volumen) y el 55% en el lenguaje corporal (gestos, movimientos, postura, ritmo de la respiración, color de la tez, contacto visual). Mehrabian se refirió a las Tres V por donde fluye la comunicación: el canal verbal (palabras), el vocal (voz) y el visual (cuerpo). Aclaró que esto no debe aplicarse rígidamente, sino tomando en cuenta situaciones y personas, pero quedó en claro que no hay conversación posible sin la presencia real y tangible del otro, de ese “tú”, que confirma a nuestro “yo”. Y que pensamiento y emociones son ingredientes básicos de toda comunicación. Por último, comunicarse y conectarse no son sinónimos.
Quedó en claro que no hay conversación posible sin la presencia real y tangible del otro, de ese “tú”, que confirma a nuestro “yo”
La conversación, afirma Turkle, nos hace humanos. A su vez Montolío asevera que a conversar se aprende conversando, y que ese aprendizaje comienza en las familias, en el capital lingüístico y comunicacional que éstas legan a sus miembros a través del ejemplo y la práctica. Cuando la palabra escasea o agrede, cuando la escucha es nula, cuando se elude el encuentro y la mirada, quizás sea tiempo de emprender lo que Montolío describe como una alfabetización conversacional. Paso fundamental para sanar vínculos, recuperar al otro y pacificar el mundo.
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