
La artista que recupera materiales olvidados para coser su propia historia
Hija de una reconocida modista, Soledad Chavarría recupera en sus obras y escenografías una crianza entre telas, hilos y bordados; su objetivo es “poner en valor lo hecho a mano, sobre todo en estos tiempos”
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Acopiadora serial de materiales de descarte de cortinas tipo americanas, Soledad Chavarría encontró en el plisado un camino para transformar los textiles. En cada plegado, el desecho se transforma en un objeto escultórico. A veces portable, otras veces contemplativo. Pero, siempre, una referencia a su propia historia.
La artista que despliega paisajes topográficos a gran escala también encontró allí una conexión con su propia historia. Creció entre telas de altísima calidad, hilos y bordados. Su mamá, Sappy Chavarría, fue una de las modistas más reconocidas de Núñez. Los vestidos con volados, punto smock y terminaciones impecables se colgaban de las arañas del living para esperar a las clientas. Su cuarto siempre funcionó como probador. “Era como tener una boutique propia. Mi vestido siempre era el más lindo de todos los cumpleaños”, recuerda Chavarría.

Sin embargo, el legado no se reveló de forma instantánea. Estudió publicidad, trabajó en producciones, y después se anotó en talleres de teatro. La experiencia con Graciela Camino, directora y entrenadora de actores, le permitió descubrir que la escenografía era un canal interesante para vestir relatos. “Asumo que los cuerpos no están instalados en los decorados, sino que éstos se arman en función del diálogo con los cuerpos”, explica Chavarría que también trabajó con el destacado arquitecto e interiorista Julio Oropel: “Un gran maestro que explora distintos materiales”.
Encontró en el plisado un camino para transformar los textiles. En cada plegado, el desecho se transforma en un objeto escultórico.
En tanto, un encargo llevaba a otro. Pero siempre surgía el mismo recuerdo. “La mesa del comedor de mi casa de la infancia era el centro de operaciones. Las puntillas, moldes y alforzas lo invadían todo. Me formaron, de alguna manera. Ahora, cada vez que veo esas cajas con tesoros me dan ganas de que hagamos algo juntas, mi mamá y yo”, dispara. A la idea le faltan aún algunas puntadas. Sin embargo, cada vez que termina un objeto escultural está más entusiasmada con el proyecto. “Es que tardé bastante en asumir que mi trabajo actual está ligado a mi ADN”, confiesa.

La atracción por los materiales, la producción en los talleres, el vapor de las planchas fue ocupando un lugar cada vez más importante en su repertorio de inspiraciones. Hasta que una visita a una fábrica de cortinas americanas terminó de definir su perfil. “Me encontré con un depósito de desechos, con cantidades industriales de retazos. Y se me abrió un portal”, recuerda Soledad. A partir de ese hallazgo, una vez por mes, vuelve a esa fábrica para transformar en arte los retazos industriales. Su participación como directora de arte en producciones audiovisuales hoy forma parte de su CV. Ahora, en cambio, deja su impronta como interiorista que define nuevas formas de habitar a partir de dispositivos escultóricos.

Este año colgó sus topografías vaporosas en el estudio de diseño regenerativo de Luján Haeder, tras haber sido seleccionada en el concurso Materia en Resonancia. La convocatoria activó un encuentro entre prácticas artísticas contemporáneas y el pensamiento material que guía al estudio: la reparación como una interfaz cultural.
Sus formas orgánicas dialogaron con el espacio, amplificando el eco conceptual de la caja de herramientas que suele utilizar Soledad: el cuerpo, el territorio y el espacio
Sus formas orgánicas dialogaron con el espacio, amplificando el eco conceptual de la caja de herramientas que suele utilizar Soledad: el cuerpo, el territorio y el espacio. El mismo eje que la llevó a obtener en 2014 una nominación en la categoría Creatividad Escenográfica de los Premios Trinidad Guevara por su trabajo en la obra Curacó, Agua de Piedra.
“Mi interés por el cuerpo como máquina generadora de realidades infinitas que mutan y se transforman a lo largo del tiempo entra en comunión con los materiales olvidados”, reflexiona. Y agrega que su objetivo es “recuperar las pieles que vamos dejando en el camino. En esos atajos aparecen estas piezas que me hablan de la tensión que hay entre la autenticidad y la apariencia en la que el mundo se sumerge”, dice Chavarría, integrante de Proyecto 8, una clínica-taller interdisciplinaria de procesos creativos dirigida por Francisca Kweitel.
Con un sistema de trabajo a pura tijera y abrochadora, define su proceso como “sistemático, obsesivo y repetitivo”. Cada corte es un GPS: torsiones extremas o bien pequeños pliegues, pero siempre forzando al máximo el material. Ahora, su mesa de trabajo está en su casa y estudio de San Isidro. Allí, la costura a mano, los ganchos, las agujas y las grampas son aliados clave que definen formas y texturas. “Poner en valor lo hecho a mano, sobre todo en estos tiempos”, invita Soledad Chavarría, costurera de su propia historia.


