La ceremonia de música y de danzas uruguaya que se transmite de generación en generación
Nacido en los patios del sur de Montevideo, el candombe cuenta una historia atravesada por el desarraigo y llega hoy con nuevas formas y nombres renovados
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El bantú pertenece a la familia de lenguas Níger-Congo que incluye otras lenguas, como el suajili o el zulú. Contrariamente a lo que se supone, bantú, entonces, no es una raza, sino una categorización lingüística y cultural cuya expansión fue uno de los eventos más importantes en la historia de África. De ella surge el término “kandombe”, donde “ka” es un prefijo de pertenencia y “ndombe” significa “negro”. Su castellanización cambió apenas la k por la c para calificar a la ceremonia musical y de danzas “pertenecientes a los negros” o “propias de los negros”. Fusionando tradiciones para crear una expresión cultural afro-rioplatense única, con el pulso de la madera tensada, se abre una escena que no pertenece solo al carnaval. El candombe aparece como señal de reunión, como aviso de presencia, como una forma de decir estamos acá. Montevideo se construyó también con ese sonido, aunque durante siglos haya intentado reducirlo, bajarle el volumen, confinarlo y, si fuera posible, volverlo murmullo.
En la orilla sur de la ciudad, entre el puerto y el mar, los africanos y sus descendientes encontraron en el ritmo una manera de sostener la identidad cuando todo alrededor se desarmaba. Los primeros llegaron a las costas rioplatenses desde el siglo XVI, traídos por la fuerza en barcos que cruzaban el Atlántico con la muerte a bordo. Entraron por Buenos Aires, por Colonia, por Montevideo, utilizados como mano de obra para levantar murallas, torres de defensa, iglesias, casas y fortunas ajenas. La ciudad que crecía necesitaba brazos y esos brazos tenían nombre, lengua y memoria. En los pocos espacios de respiro que les dejaban, sobre todo los días permitidos para reunirse, comenzaron a recrear ceremonias, cantos y toques que evocaban un origen común. Allí empezó a gestarse algo nuevo, nacido de la mezcla entre lo recordado y lo vivido en la nueva tierra.

Con el paso del tiempo, ya libres en los papeles pero cercados en la vida cotidiana, las comunidades afrodescendientes fueron empujadas hacia zonas específicas. Barrio Sur y Palermo, en la vecina Montevideo, se volvieron territorio de pertenencia y resistencia. Los conventillos, con sus patios centrales y cuartos mínimos, alojaron mucho más que familias. Funcionaron como escuelas informales de cultura, espacios de crianza compartida, escenarios de fiesta y de duelo. En esos patios se organizaban las llamadas: encuentros cotidianos donde el tambor marcaba el ritmo del día y reforzaba la idea de comunidad.
La identidad afrouruguaya se sostuvo así, de manera colectiva, transmitida de generación en generación como un legado oral y corporal. Cada toque llevaba una historia, cada baile una marca. El candombe se volvió bandera sin tela, una forma de afirmarse frente a la discriminación, las prohibiciones y los desplazamientos. Incluso cuando las celebraciones fueron restringidas o vigiladas, el pulso encontró la manera de sobrevivir.
Ese latido atravesó el siglo XX y llegó hasta hoy con nuevas formas, nombres renovados y viejos sentidos. La ciudad evolucionó, los barrios se transformaron, pero el tambor siguió convocando. Mathias Silva (39) es una de las voces más activas en la transmisión del legado del candombe. Su historia personal está íntimamente ligada al Barrio Sur y al conventillo Mediomundo. Hijo de Juan “Cachila” Silva y Margarita Barrios, figuras centrales de la comparsa Cuareim 1080, se formó desde la infancia entre tambores, rituales y memoria colectiva. Tras la muerte de su padre en 2021, tomó la conducción de la comparsa.

El candombe no quedó detenido en el pasado. Se expandió, viajó, dialogó con el mundo, sin perder su anclaje territorial. Montevideo lo reconoce hoy como parte esencial de su identidad. El sonido que alguna vez fue marginado se convirtió en patrimonio, pero sigue siendo, ante todo, una práctica viva. En cada llamada, en cada ensayo barrial, en cada cuerda que avanza por Barrio Sur, se reactiva una historia de unión comunitaria que empezó en los patios del sur y todavía no encontró final.
Cartografía de una memoria activa
Latido Afro funciona como una ruta cultural y pedagógica que invita a recorrer Montevideo desde una perspectiva muchas veces omitida. El programa articula territorio, memoria y prácticas vivas para reconstruir la presencia afrodescendiente en la ciudad, no tanto como rastro de una huella del pasado sino más cercana a una dimensión constitutiva del presente. A través de recorridos guiados, señalizaciones urbanas, instancias educativas y trabajo comunitario, propone otra manera de leer el espacio público, una lectura que reconoce voces, cuerpos y tradiciones que sostuvieron la ciudad aun en contextos adversos.
El Barrio Sur ocupa un lugar central en ese mapa afectivo. En sus calles se concentraron durante décadas formas de convivencia colectiva que permitieron preservar la cultura afro en un entorno urbano en transformación constante. Entre esos espacios, el conventillo Medio Mundo se volvió emblema. Construido a fines del siglo XIX, albergó a numerosas familias y fue escenario cotidiano de celebraciones, ensayos y reuniones que dieron forma al candombe tal como hoy se conoce. Su patio funcionó como núcleo social, un lugar de intercambio intergeneracional donde la música, el baile y la vida doméstica se entrelazaban sin jerarquías.
La práctica del candombe se despliega durante todo el año y organiza una vida comunitaria que combina ensayo, formación, asistencia mutua y celebración
El desalojo del Medio Mundo durante la dictadura uruguaya marcó una ruptura profunda. Las familias fueron trasladadas a distintos puntos de la ciudad y esa dispersión alteró una trama comunitaria que había crecido durante décadas. El edificio permaneció en pie, pero el vacío dejado por quienes lo habitaban convirtió al lugar en símbolo de una ausencia forzada.
Latido Afro incorpora a Medio Mundo como estación clave de sus recorridos. Placas, relatos y recursos digitales permiten reconstruir historias personales y colectivas ligadas a ese lugar. El objetivo además de informar, apunta a generar una experiencia que conecte al visitante con la dimensión humana del sitio. El conventillo deja de ser una referencia abstracta y se presenta como escenario de vidas concretas, de infancias compartidas, de saberes transmitidos en comunidad.

El programa también se articula con centros culturales, organizaciones barriales y colectivos artísticos que continúan esa tradición de encuentro. Talleres, actividades abiertas y propuestas educativas refuerzan la idea de que la cultura afro no pertenece al pasado ni a un calendario conmemorativo. Se expresa en prácticas cotidianas que siguen modelando el barrio y la ciudad. Desde esa perspectiva,
El tambor como lengua
Las entrañas del candombe se encuentran en un modo de reunión y de memoria compartida en una ciudad que crecía a fuerza de muros y silencios impuestos. En los márgenes del Montevideo colonial, los africanos y afrodescendientes comenzaron a reconocerse en el ritmo, a reconstruir vínculos rotos por la trata y a recrear ceremonias que traían consigo gestos, cantos y pulsaciones de distintas regiones de África. El tambor fue refugio, código común y espacio de libertad posible. Allí se mezclaron espiritualidad, resistencia y vida cotidiana, dando origen a una expresión que no se pensó como espectáculo sino como necesidad.
Las autoridades coloniales observaron esas reuniones con recelo. Reglamentaciones, prohibiciones y desplazamientos forzados buscaron encauzar una práctica que desbordaba el control. Aun así, el candombe persistió y se transformó. Salió de los patios, ocupó las calles del sur de la ciudad y fue adquiriendo formas propias. Cada barrio fue moldeando un modo de tocar, una cadencia y un carácter. Cada espacio se convirtió en territorios sonoros reconocibles, con identidades rítmicas transmitidas de generación en generación.

En ese entramado se destaca Cuareim 1080 como continuidad viva de una historia barrial. Mathias Silva explica ese origen desde la experiencia heredada. Esto nació desde una necesidad profunda de expresarse y sigue siendo un instrumento de libertad -relata Silva-. No necesitás ningún requisito para participar, solo sumarte, integrarte. Acá el tambor te recibe, te contiene y te enseña a caminar con otros, porque detrás del desfile hay vidas enteras que giran alrededor de esto”.
Los personajes que acompañan al desfile también nacieron de ese proceso comunitario. La Mama Vieja, el Gramillero y el Escobero no representan caricaturas sino memorias encarnadas. Evocan ancestros, saberes medicinales, gestos de dignidad y resistencia. El tambor chico, el repique y el piano dialogan entre sí como voces distintas de un mismo relato, sosteniendo una estructura que combina improvisación y orden colectivo.
Una herencia que camina
Cuareim 1080 existe hoy como un organismo en movimiento, una arquitectura afectiva que desborda largamente el tiempo del carnaval. Es comparsa, pero también es casa, escuela informal y refugio cotidiano. Allí, cientos de familias sostienen la trama invisible de la pertenencia, un entramado donde el tambor convoca, ordena y abraza, y donde la cultura se vuelve un modo concreto de estar juntos.
La práctica del candombe se despliega durante todo el año y organiza una vida comunitaria que combina ensayo, formación, asistencia mutua y celebración. El tambor convoca, pero detrás del sonido se sostiene una arquitectura social construida a pulmón.

La proyección internacional de la comparsa no diluye esa raíz. Viajar con los tambores implica llevar consigo una historia colectiva que se narra en cada taller y en cada presentación. “Nuestro tambor es la valija, ahí va la ropa y va la historia, llegás sin saber qué te vas a encontrar pero sabés lo que representás”, indica Silva. En escenarios lejanos, el candombe funciona como lengua común, capaz de generar comunidad incluso donde no hay pasado compartido.
El legado familiar se transforma en plataforma abierta. “Esto ya no es solo de los hijos y los nietos, ahora tiene que ser de todos”, afirma. La apuesta está centrada en la infancia y en la apropiación colectiva de una cultura que se reconoce como parte central de la identidad uruguaya. El futuro del candombe se juega en esa expansión, en su capacidad de seguir siendo experiencia viva y no pieza de museo.
Cuando cae la noche en Barrio Sur y los tambores vuelven a sonar, el barrio recupera su pulso original. Cada golpe confirma una certeza antigua, la historia no se conserva en silencio, se sostiene en movimiento. Cuareim camina con su gente, llevando el ritmo como una forma de memoria que sigue eligiendo quedarse. El ritmo copta las ganas y queda ahí, en el tamborilleo secreto de los dedos en cualquier superficie, la tentación de acariciar el parche.
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