La evolución de un gesto apasionado, desde “Casablanca” y “Los puentes de Madison” hasta “Spider-Man” y “La guerra de las galaxias”
Prohibido, cronometrado, barroco, explosivo: el beso atraviesa toda la historia del cine desde sus comienzos
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What’s in a kiss? Have you ever wondered just what it is?, canturreaba con la falsa curiosidad el cantautor irlandés Gilbert O’Sullivan en su hit melódico de 1980. Décadas después, la microbiología vino a despejar el misterio: unos 80 millones de bacterias se intercambian en un beso profundo de diez segundos. Dato no apto para hipocondríacos con el que, obviamente, no contaban ni May Irwin ni John C. Rice en 1896 cuando, a poco de inventado el séptimo arte, protagonizaron un cortometraje de medio minuto, sin argumento: apenas la dama regordeta y el caballero bigotudo enfrascados en un duelo de seducción que culmina con unos castos piquitos. Los primeros jamás filmados, patrocinados por Thomas Edison que, además de inventor de la lamparita, fue el fundador de Black Maria, el primer estudio de cine de los Estados Unidos.

Sobra aclarar que impresionables gazmoños vieron en la escena una muestra de afecto indecente y trataron de censurar The Kiss, tal el título de esta pieza dirigida por William Heise. Con escaso éxito, a juzgar por los variados ósculos fílmicos posteriores.
El beso, para desazón de gente remilgada, había llegado para quedarse. Comenzaba una carrera vertiginosa para este recurso incitante que, merced a realizadores creativos, seguiría ejerciendo creciente fascinación en adelante. Pocos cineastas más ingeniosos y zarpados que Alfred Hitchcock en Notorious (1946), cuando estaba en pleno curso el estricto Código Hays, aquel fatídico manual que de los años 30 a los 60 dictaminó los límites los moralmente aceptable en la pantalla…

Enterado de que los labios de una pareja no debían permanecer unidos por más de tres segundos, el maestro del suspenso burló la norma haciendo que Cary Grant e Ingrid Bergman incurrieran en una sucesión de besos breves, interrumpidos por susurros y caricias, estirando la escena hasta que los censores, mareados de tanto cronometrar, terminaron por rendirse. En total, dura más de dos minutos este memorable osculum interruptus, tenido por mucho tiempo como el más largo de la historia del cine.
“Un encantador truco diseñado por la naturaleza para detener la parla cuando las palabras se vuelven superfluas”, dijo antaño Bergman sobre besarse. Y ya que esta estrella alude al discurso amoroso, una pequeña licencia complementaria: “El lenguaje es una piel: froto mi lengua contra la otra. Es como si tuviera palabras en lugar de dedos, o dedos al final de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo” (Roland Barthes dixit).
Manual no escrito del beso clásico
Durante los primeros tiempos del cine, el chape era un pase casi de magia; por lo general, el galán tomaba a la dama, le estampaba un beso veloz y se apartaba de un salto, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Con excepciones, por supuesto: hay que ver la dulzura amorosa de Buster Keaton en films como El cameraman. Sin embargo, acorde a un referenciado artículo de los años 40 de un histórico del New York Times, el periodista Bosley Crowther, “tras la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra, el gesto escapó de la moral rígida hacia una anarquía licenciosa. Fue la época de los ‘grandes amantes’ de la pantalla: fogosos y barrocos besadores como Antonio Moreno, John Barrymore y Rudolph Valentino -un auténtico misterio cómo las actrices, dobladas como un pretzel, no se dislocaban el cuello-”. En su nota, no se olvida de John Gilbert, “acaso el más refinado de todos, que perfeccionó su técnica junto a Greta Garbo”; por ejemplo, en la cinta El demonio y la carne (1926).
Prosigue Crowther informando que la llegada del cine sonoro marcó un giro. Ahora los amantes, además de expresar físicamente su cariño, declaraban a viva voz sus sentimientos. Sin embargo, lo que resultó más influyente fue el Código Hays que, entre otras reglas, dictaba que al menos un pie de la actriz tenía que mantenerse en el suelo durante escenas apasionadas. A este respecto, hay quienes deducen que ese acto reflejo femenino tan rebuscado de quebrar la pierna hacia atrás, bien podría haber comenzado como una mofa a esta regla absurda. Una vez desterrado el Código, Hollywood se desmelena y aparecen ejemplos más explícitos y efusivos…

Un catálogo sentimental
Cada vez que se acerca San Valentín (y pese a que el beso tenga su día mundial el 13 de abril), suele aparecer un test para lectores en algunos medios: “¿Cuál fue el primer beso que viste en la pantalla?”, extendiendo al cine esa creencia de que el primer roce de labios no se olvida nunca. Junto al interrogante, un menú de candidatos: la dama y el vagabundo uniendo tímidamente los hocicos gracias a un plato de espaguetis; Jack y Rose regalándose un instante de pasión en la proa del Titanic; o bien, el rudo, muy viril reencuentro de los vaqueros de Secreto en la montaña, haciendo explosivo revival de sus noches de pastoreo.
Habrá quien recuerde a Alas, melodrama mudo que, además de ser la primera película en ganar el Oscar a mejor film en 1927, fue la primera en mostrar a un varón dándole un beso a otro, herido en el lecho. O el que, tres años después, le estampó una atrevida Marlene Dietrich en esmoquin a otra señorita en Marruecos, de Josef von Sternberg, para darle celos a Gary Cooper.
Otro inolvidable fue el que protagonizaron Burt Lancaster y Deborah Kerr en De aquí a la eternidad, en los 50: en el Hawái previo al desastre de Pearl Harbor, el sargento Milton y la esposa de su superior se entregan a los arrumacos en la orilla de la playa, mientras el oleaje los envuelve reiteradas veces. Un momento tan espectacular como incómodo: la coreografía le costó al director Fred Zinnemann tres extenuantes días de rodaje y a los intérpretes, gran resistencia física.

Por supuesto, ningún recuento -por caprichoso que sea- está completo sin el clásico de clásicos: la sublime franela de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman al volverse a ver en Casablanca (él probablemente encaramado sobre un banquito para no perder su estatus de galán, dado que ella en tacones le sacaba unos cuantos centímetros), desmintiendo a la canción que toca Sam, As Time Goes By, y eso de que un beso es solo un beso…
A veces es ritual de iniciación que marca el fin de la inocencia; a veces, transgresión que rompe las convenciones. Asimismo, el beso puede ser el preludio a otras artes amatorias, el sello de una traición, una despedida. O bien, gesto de piedad, de consuelo, de perdón, de afirmación de la propia identidad, declaración de amor eterno… Bésame mucho, ruega el bolero de Consuelo Velázquez, y el cine ha contestado a esa plegaria incontables veces. De Los puentes de Madison a La guerra de las galaxias, de Hiroshima Mon Amour a La marca de la pantera, de ¿Dónde está el piloto? a La última tentación de Cristo; de Carol a Moonlight. La lista es inagotable...

Para gusto, los colores: tan explosivos que vienen con metafóricos fuegos artificiales (Para atrapar al ladrón, 1955, Hitchcock); en el cachete del trasero (Valmont, 1989, Milos Forman); en planos generales (Embriagado de amor, 2002, Paul Thomas Anderson) o en primer plano (Antes del amanecer, 1995, Richard Linklater); al derecho y al revés (Spider-Man, 2002, Sam Raimi). Tangueros (Happy Together, 1997, Wong Kar-wai), con lluvia copiosa (Cuatro bodas y un funeral, 1994, Mike Newell; Diario de una pasión, 2004, Nick Cassavetes), con demasiada profundidad (Cry Baby, 1990, John Waters)...
Los hay virtuales en fuentes (La dolce vita, 1960, Federico Fellini), concretos en lavaderos de coches (Crash, 1996, David Cronenberg), intergeneracionales (Harold y Maude, 1971, Hal Ashby), con gatos fisgones de fondo (Amélie, 2001, Jean-Pierre Jeunet; Muñequita de lujo, 1961, Blake Edwards). Venenosos (Batman y Robin, 1997, Joel Schumacher), letales (El padrino II, 1974, Francis Ford Coppola), con incisión incluida (el príncipe Christopher Lee como Drácula). También está la catarata de besuqueo en aquel montaje salvado de la tijera censora que se proyecta en el final de Cinema Paradiso (1988, Giuseppe Tornatore), haciendo lagrimear a Jacques Perrin.
Costumbre de neandertales
Naturalmente, más allá del cine, habemus cantidad de ejemplos conocidos en otras artes. El beso pintado por Gustav Klimt en su etapa dorada; o la homónima escultura de Auguste Rodin, un abrazo de mármol suspendido en pleno arrebato. Los amantes enmascarados de René Magritte, símbolo ¿de amor ciego, asfixiante…? El eufórico beso robado por el marinero a la enfermera en Times Square, al anunciarse el fin de la Segunda Guerra, tomado por Alfred Eisenstaedt. Foto tan popular como aquella del Hotel de Ville, de Robert Doisneau, quintaesencia del romanticismo parisino y, al parecer, de obra rentable (una de las imágenes más vendidas de la historia, se rumorea). En clave política, está el fraterno-socialista entre Leonid Brezhnev y Erich Honecker en 1979, entre las postales más célebres de la Guerra Fría.

Una de las primeras evidencias escritas del beso se remonta a 3500 años atrás, a los textos sánscritos védicos de la India; y antes inclusive, en tablas sumerias de la antigua Mesopotamia del 2500 antes de Cristo. Lo cual alimenta una duda persistente: ¿cuándo y por qué empezaron las personas a besarse en la boca? Es imposible saberlo con precisión, en especial porque a lo largo de milenios esta práctica habría florecido en algunas partes del mundo y casi desaparecido en otras debido a doctrinas religiosas, pestes, reglas sociales, entre otros etcéteras.
Así las cosas, el origen de aquello que Victor Hugo llamó “caricia de fuego” y Lord Byron comparó con un “terremoto” acaba de recibir una posible respuesta de la ciencia. Más precisamente, de la investigación publicada hace dos meses por la bióloga Matilda Brindle, de la Universidad de Oxford, que se presenta como la primera historia evolutiva del beso. Menuda tarea: el gesto ni deja restos fósiles ni imprime muesca en los huesos; de hecho, durante décadas fue un punto ciego para estudiosos que, de igual modo, apenas miraban de reojo el asunto. Besar, después de todo, ni ofrece un beneficio reproductivo directo, ni mejora la supervivencia y, para colmo, expone a un intercambio generoso de microbios que puede poner en peligro la salud. Paradoja que justamente prendió la curiosidad de la susodicha Brindle que, en su paper, empieza por una definición bastante poco romántica del ósculo: “contacto boca a boca no agresivo, sin transferencia de alimento”.

Matilda y su equipo estudiaron conductas en chimpancés, bonobos, orangutanes y, con ayuda del árbol filogenético de los primates, llegaron a la conclusión de que esta práctica sería un rasgo muy pero muy antiguo, presente ya en el antepasado común -primate- que compartimos los seres humanos con los demás grandes simios. Los neandertales probablemente ya tuvieran la costumbre de hacerse mimos, plantean los autores, y así deducen que el primer beso dataría de hace aproximadamente 21 millones de años.
Las hipótesis más extendidas de por qué habría perseverado serían: con fines eróticos, porque ayudaba en la selección del compañero -al permitir escanear su salud, evaluar compatibilidad, captar feromonas-; en su forma de puro y simple cariño: porque mitigaba tensiones y fortalecía lazos. Aunque sutil, su función revestía importancia, recuerda este reciente trabajo que va un paso más allá y propone un cambio de perspectiva: pensar la evolución no solo en términos de reproducción y supervivencia, sino también de placer y ternura. Algo que Darwin ya había insinuado al advertir, por ejemplo, los lametones maternos con los que ciertos mamíferos limpian el rostro de sus crías al nacer, signo de protección y cuidado.

Hablando del estimado Charles: durante una de sus travesías por la costa de Nueva Zelanda, observó interesadísimo cómo, en vez de besarse, el preámbulo amoroso para las tribus maoríes tomaba una forma muy distinta: ellas se agachaban para que ellos, al pasar, las olfatearan. Curiosa técnica de flirteo que suele recordar el antropólogo William Jankowiak cuando asevera que el beso romántico no es tan universal como creemos. “Cuando los pueblos sudafricanos thonga vieron por primera vez a los europeos transar en 1890, su reacción fue de repugnancia. Lo mismo ocurrió un siglo después con los mehinaku de la Amazonia”, ejemplifica este estadounidense que, hace unos años, analizó 168 culturas de todo el mundo y advirtió que menos de la mitad practicaban el roce de otros labios como manifestación de deseo.
Claro que, allí donde falta, tiene sustituto: entre la gama de opciones, desde palmaditas hasta lamidas, caricias, soplidos en la cara. Acaso la variante más singular la haya descrito el antropólogo polaco Bronisław Malinowski en 1929: en las islas Trobriand, cerca de Nueva Guinea, los amantes se chupaban suavemente… las pestañas durante el momento más íntimo, incluso mientras alcanzaban lo que los francesas denominan petite morte. Accidentado, por cierto, fue el intento del explorador brit William Winwood Reade al intentar transarse a una princesa africana tras meses de cortejo, anécdota que narra en su bitácora Savage Africa, de 1864: nada más acercar la boca al rostro, la dama huyó despavorida creyendo que él quería devorarla.
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