La influencia intelectual de los DT argentinos
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¡Po-che-tti-no, Po-che-tti-no! En Seattle, mientras Estados Unidos le ganaba a Australia y se aseguraba un lugar en los dieciseisavos de final, la tribuna empezó a corear con acento gringo un nombre que no era el de ningún jugador, sino del técnico argentino que dirige a los locales. No es el primer mundial en que hay argentinos dirigiendo selecciones ajenas, pero esta vez son más. Para ser precisos, seis, la cifra más alta desde que existe el torneo, empatada únicamente con Francia.
Se suele pensar que el peso argentino en el fútbol mundial se debe a sus jugadores deslumbrantes, como Messi y Maradona. Pero hay otra forma de influencia que protagonizan los técnicos. No es solo una cuestión de cómo se juega, sino de cómo se piensa, se entrena y se planifica el juego.
Podríamos decir que se trata de una influencia intelectual colectiva, equiparable a otros fenómenos históricos, como la escuela de Frankfurt en filosofía o la Bauhaus en arquitectura. El politólogo Peter Haas, profesor emérito de la Universidad de Massachusetts Amherst, llamó “comunidades epistémicas” a las redes de expertos que se conectan entre sí y logran fijar agendas globales gracias a un prestigio compartido. Con esa idea explicó, por ejemplo, cómo meteorólogos y otros científicos de distintas nacionalidades lograron que decenas de países firmaran el protocolo de Montreal para proteger la capa de ozono.
El sociólogo Randall Collins, de la Universidad de Pensilvania, encontró un patrón parecido en siglos de filosofía en Europa y Asia: las ideas no nacen de genios aislados, sino de cadenas de maestros y discípulos que compiten entre sí y producen un sistema. Cierto, Collins no se refería a Bielsa y sus admiradores, sino a Kant, que moldeó el pensamiento de Fichte, que a la vez influyó en Hegel, sin que ninguno terminara pensando exactamente igual que el anterior.
Los seis DT argentinos del mundial son Lionel Scaloni (Argentina), Marcelo Bielsa (Uruguay), Mauricio Pochettino (Estados Unidos), Sebastián Beccacece (Ecuador), Néstor Lorenzo (Colombia) y Gustavo Alfaro (Paraguay). Entre ellos también hay conexiones: Pochettino fue discípulo de Bielsa. Beccacece lo considera su mayor referente. Sin embargo, como Hegel y Kant, tienen discrepancias. Dirigen equipos que en la cancha se parecen poco entre sí, aunque comparten rasgos culturales a la hora de trabajar: resiliencia, adaptabilidad, determinación.
La influencia intelectual, aunque parezca extraño, no depende solo del intelecto de quien la ejerce. Suele usar al contexto de trampolín. Por citar un ejemplo reciente, el investigador de NYU Jonathan Haidt se hizo mundialmente famoso por su libro La generación ansiosa, que a su vez tuvo un impacto determinante en las políticas de uso de celulares, con prohibiciones en las escuelas y restricciones al uso de redes sociales. Pero eso no pasó en el vacío, sino en medio de un malestar social palpable y un acalorado debate público. En el caso de los DT, el contexto que los habilita es claro: la Argentina viene de salir campeón, y Scaloni pasó de ser un ignoto a ser considerado artífice central de esa victoria.
Conviene no confundir esta influencia intelectual del fútbol argentino con la más conocida, la del amor por un crac. Es cierto que Messi llegó a ser la cara de una leche en China, así de global es su fama. Pero el talento de un ídolo es más difícil de transferir a otras personas, geografías o disciplinas. Un método, en cambio, si funciona, puede tener aplicaciones diversas y sobrevivir largamente a quien lo inventó. No está mal tener nuestra propia escuela de pensadores influyentes, aunque sea en el fútbol. Para la Argentina, como país, tener más método sería un gol.
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