Lecturas: un fragmento de Lo que podemos saber, la nueva novela de Ian McEwan
Editada este mes en nuestro país por Anagrama, la trama distópica se sitúa en el año 2119 para indagar desde allí los detalles de una particular velada ocurrida en 2014, la Segunda Cena Inmortal
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El 20 de mayo de 2119 tomé el ferry nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.
Después de desayunar, uno de los archivistas auxiliares, Donald Drummond, me acompañó a mi mesa de estudio. Su ámbito incluía mi periodo, de 1990 a 2030, y estaba muy interesado en mi tema, conocido por el inadecuado nombre de la Segunda Cena Inmortal, y su famoso poema perdido, Una Corona para Vivien de Francis Blundy. Era útil contar con alguien que fuera a buscar una cosa y otra de las estanterías, pero los modales bienintencionados de Drummond, su costumbre de interrumpirse a media frase después de palabras menores como “de” y “la” mientras dejaba la boca abierta, me ponían tenso. Tenía la sospecha de que era ferozmente listo. Hablaba más a menudo de la cuenta de su sobrina de catorce años, un prodigio de la matemática. Quería exprimirme el cerebro, lo que sugería que estaba escribiendo algo propio. Empeoré la situación mostrándome exageradamente simpático para disimular mi aversión.
A petición mía, trajo a la mesa los doce volúmenes de los diarios de Vivien Blundy de su archivo que, por motivos que los investigadores no han llegado a esclarecer, estuvieron durante un tiempo alojados cual cría marsupial entre los de su marido. En cuanto me quedé a solas, abrí la carpeta hermética y busqué el quinto volumen. Lo abrí por la página treinta y dos. Tenía que verlo de nuevo. “Francis y yo hemos llegado a un acuerdo. Aquí soy bastante feliz. Un logro”. Se refiere al trágico caso de su primer marido, Percy Greene, que padecía alzhéimer.
Creía que Francis la quería y, aunque ninguno de los dos era joven y él le llevaba diez años, tenían “una vida sexual decente” y siempre había abundantes temas de conversación. En ningún lugar de los diarios lamenta casarse con el gran poeta, aunque él pasaba mucho tiempo en su estudio. En otra parte escribe: “Me pregunto si a veces disfruto teniéndole antipatía”. Para el séptimo volumen llevaban casados nueve años. Al principio, ella había mantenido la “sensatez” de documentarse para su segundo libro, que abandonó. Cuando trabajaba en Oxford, publicó una biografía académica del poeta John Clare, una reelaboración de su tesis doctoral. Le gustaba la docencia. Unos años después, su situación causaba asombro entre sus amistades. Como consecuencia de sucesivas decisiones, había acabado en lo alto de un vallecito en el Gloucestershire rural, sin trabajo remunerado y a seis kilómetros y pico del pueblo más cercano, en un cavernoso granero con siete mil libros. Nunca se habría imaginado que abandonaría una carrera, una vocación incluso, para estar al servicio de la genialidad ajena.
Un día de octubre de 2014 a primera hora de la tarde, “con un fuerte viento que brama en un árbol del otro lado de la ventana”, Vivien Blundy se encontraba en su estudio, situado en una antigua vaquería reformada independiente del Granero. Seguramente estaba preparando una lista de la compra con los ingredientes para la cena que prepararía al día siguiente en celebración de su cumpleaños. Serviría los platos en una reunión a la que estaban invitados ocho amigos. Ya habría concebido la distribución. Entrada la velada escucharían a su esposo recitar un nuevo poema largo, que iba a ser su regalo. Comprar y cocinar no eran actos de humildad. Vivien era de naturaleza generosa y le gustaba agradar. Disfrutaba ofreciendo una comida bien elaborada. Llevar la casa de manera ordenada la satisfacía. Francis nunca la había presionado para que fuera su secretaria, nunca la alentó a desentenderse de su carrera, aunque a todas luces le convenía. A cada movimiento sucesivo, ella había tomado decisiones por sus propias buenas razones, aunque ahora parecían más flojas. El proceso llevó años. Hubo un tiempo en que era docente universitaria, candidata a una cátedra, luego profesora ocasional en una escuela de verano americana mientras trabajaba en el segundo libro hasta que reconoció que no iba a ninguna parte. Abandonarlo fue una liberación. Siempre había tenido la sensación de lle-var las riendas. Pero le sorprendió cómo, al cuidar a su primer marido, y luego en nombre de la libertad, del desencanto con la administración de la universidad o el deleite en la poesía de Francis Blundy, se había despojado de ambición, sueldo, estatus y éxito.
Quizá fue por omisión, por no haberlo previsto, que sus diarios fueron a parar junto con los documentos del poeta a la Biblioteca Bodleiana de Oxford, más adelante Snowdonia. Tiempo atrás, un bibliotecario dispuso a marido y mujer en cajas separadas unas junto a otras. He prestado minuciosa atención a las tristes y esporádicas referencias de Vivien a su primer esposo, Percy, lutier de violines al que atendió con ternura, y que murió después de una mala caída. Muchas entradas son desconcertantemente triviales y no revelan a los estudiosos de Blundy y otros lo que más ansían saber con respecto a la velada de su cumpleaños, el famoso poema dedicado a ella, y la suerte que corrió la copia especial –la única copia–que fue el regalo que le hizo Francis después de recitarlo de viva voz.
Cabe suponer que la tarde que estaba preparando la lista condujo trece kilómetros hasta el mercado de Cirencester para recoger en la carnicería “cinco pares de codornices preparadas, insólitamente rollizas”. Las envolvería en beicon y las asaría con vino tinto y hierbas, junto con los boletus que un amigo recogió en los hayedos de los cerros de Chiltern y llevó al Granero. También compró cuatro kilos de patatas para hornear y, en la misma verdulería, tres coliflores cuyas cabezuelas cocinaría en una gran paellera con “aceite de oliva, ajo, chiles verdes troceados, anchoas, tomates cherry, pimienta negra, tomillo y pan rallado”. Qué tiempos aquellos.


De camino a casa, la carretera rural de un solo carril estaba bloqueada por un roble joven que habían derribado los fuertes vientos de octubre. En el estuario de Severn, habían soplado ráfagas de hasta 170 kilómetros por hora. Ella y otro conductor, un campesino al que conocía vagamente, apartaron el árbol y “lo posaron con cuidado sobre la hierba crecida, como un cadáver, lo que supongo que era”.
Entre los detalles prosaicos hay esporádicas intrusiones, lúgubres y débiles aullidos de sentimiento sincero, que por lo general los sabuesos de Francis Blundy pasaban por alto. Me encuentro con un ejemplo ahora, también en el quinto volumen. La caligrafía se inclina hacia delante y es más menuda que el resto. La puntuación es más libre. “Nunca le he odiado. ¡Nunca! Pero". Cabría hacer suposiciones sobre la frase final truncada o escudriñar la primera vocal de “pero” como si fuera a abrirse con bisagras para revelar una mirilla por la que atisbar un corazón decepcionado, mermado por las oportunidades perdidas.
Aparte de recetas, notas de jardinería, menciones de su sobrino Peter, Vivien hace frecuentes referencias al tiempo a medida que transcurrían los años del Granero. La agobiaba una sucesión de inviernos moderados. Durante tres semanas de un mes de febrero, la temperatura no descendió por debajo de los nueve grados. No recordaba la última vez que había visto carámbanos colgando de un canalón. Incluso la nieve era poco habitual. Observó la aparición prematura de narcisos, de sus rosas, de las manzanas y las peras en un huerto vecino. Siente alivio cuando el riachuelo de abajo rebasa sus riberas e inunda los prados, “como debe ser”. Dos años después se indigna cuando ve que las aguas claras se han vuelto de “un repugnante verde lechoso y olían”. Fugas de las granjas o aguas residuales o ambas cosas. Ni ella ni Francis eran lo que se dice “personas con mucha conciencia política”. No se habrían unido a los grupos ecologistas de la zona ni a los pescadores y excursionistas para protestar y hacer campaña por el cambio. Bastaba con observar y escribir una entrada de diario. Vivien está atenta a los “habituales erizos” y se decepciona. El sacrificio de tejones la indigna. Los fuertes vientos que ahora azotan el valle la ponen irritable. Cuando en una breve ola de calor en julio se superan los treinta y cinco grados, escribe que es “imposible dormir por la noche”. Estas anomalías diversas no se inscribían en un patrón de preocupación más extenso por el cambio climático o la degradación de la naturaleza, aunque una palabra con la que se re!ere al calor –“siniestro”–sugiere que empezaba a adoptar una perspectiva más amplia y estaba intranquila.
Cumplía cincuenta y cuatro años. Aparte de la compra, poco sabemos de los preparativos para la velada que llegaría a conocerse como la Segunda Cena Inmortal. La primera, que así llamó su anfitrión, el pintor Ben Haydon, se celebró en el 22 de Lisson Grove, Londres, el 28 de diciembre de 1817. Entre los invitados estaban William Wordsworth, John Keats y Charles Lamb. Según la versión de Haydon, escrita y sin duda pulida veinte años después, fue una velada de ingenio, profundidad, risas, sarcasmo y buena voluntad. Había un excelente relato de la misma en un libro muy bien valorado de P. Hughes-Hallett que se publicó en 2000. Es probable que Vivien empezara a hacer preparativos la víspera, quizá ordenando y limpiando el comedor y recogiendo follaje del jardín como decoración de mesa. Un visitante del Granero el año anterior describió en un texto cómo hacía justo eso un sábado por la tarde, de cara a la comida del domingo. Como casi todas las tardes después de las cuatro, Vivien se habría ocupado de los asuntos del poeta: las cartas y correos electrónicos de estudiosos y admiradores, invitaciones a charlas, buenas causas que buscaban el apoyo de Blundy, complicados resúmenes para su agente sobre derechos para antologías. A los invitados más jóvenes en especial les sorprendía el acuerdo doméstico según el cual una mujer educada y estudiosa se ocupaba de tantas tareas. Francis ya no conducía, así que ella lo llevaba a todos los sitios a los que quisiera ir. Cocinaba, recogía y fregaba los platos mientras Blundy trabajaba, leía, hablaba o dormitaba. Volvía a servirles copas a él y a las visitas. Aún segaba el césped, en invierno traía la leña. Una amiga dijo en una entrevista años después: “Allí en su casa seguía vigente la servidumbre medieval y después de un tiempo te acostumbrabas. Si te ofrecías a ayudar, Vivien rehusaba de buen ánimo”.
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