Los ensordecedores gritos de la ausencia de la voz
A través de la mitología, la literatura y la filosofía, la psicóloga francesa Laurence Joseph analiza los tipos plurales de silencios
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Shhhhh. Aun con su cantidad de haches, la onomatopeya es fallida: ni la letra muda es capaz de representar el silencio absoluto. En 1952, cuando el músico John Cage compuso su obra 4’33’’ (haga la prueba de “escucharla”: son 4 minutos y 33 segundos de… silencio), la obsesión por la negación del sonido lo llevó a visitar la sala insonorizada de la Universidad de Harvard, cuyas paredes absorben las ondas sonoras y electromagnéticas.
Él tenía la esperanza de experimentar el silencio total, pero no fue así. “Oí dos ruidos, uno agudo y otro grave”, contó después: “Cuando se lo dije al ingeniero que estaba a cargo de la cámara, me explicó que el agudo era el de la actividad de mi sistema nervioso y que el grave era el de la sangre que circulaba por mi cuerpo”. Es que el silencio absoluto no existe, ni en un laboratorio ni en una mañana de domingo: más que la negación del sonido, es su complemento.
Para algunos es un tesoro y para otros, un tormento. El mutismo es el tema de Nuestros silencios, el ensayo de la psicóloga francesa Laurence Joseph recién publicado acá, y esa ambivalencia tiene raíces míticas: la diosa romana Angerona lleva una mordaza en la boca y representa el silencio voluntario; en cambio, la diosa Tácita tiene la lengua cortada y está obligada a callarse. En latín también se distinguen las dos clases diferentes de silencio: la palabra sileo refiere a un mutismo contemplativo, pero tacet se traduce como un imperativo, “¡callate!”.
A través de la mitología, la literatura y la filosofía, la autora analiza los tipos plurales de silencios, “los de las comunidades humanas cuando contienen el aliento, se cruzan la mirada, entonces pasa un ángel y ya nadie se mueve, y se miran atónitos de que haya vuelto a pasar un ángel”. A veces nos callamos por decisión y otras, por imposición (“el silencio es salud”, era un lema que se repetía en la última dictadura argentina). Inundados de ruidos reales y virtuales, en esta época el silencio nos sorprende.

Una vez, el maestro Lalo Mir me dijo que en la radio un silencio súbito equivale a un grito. “El silencio recorta los sonidos y las sílabas, permite que la palabra viva, que los sonidos se distingan”, escribe Joseph: “Sin silencio, ningún sentido sería posible, ninguna melodía podría tocarse”. Si las pausas musicales determinan la lectura de una partitura, en este mismo texto cada espacio, cada coma y cada punto indican lapsos de silencio sin los cuales las palabras serían ilegibles y las frases no tendrían ningún sentido.
En la banda sonora de nuestras vidas, el ruido blanco es casi permanente, pero el silencio es una excepción que nos alarma, como pasa cuando se apagan de golpe el aire acondicionado o el lavarropas y se interrumpe su runrún de fondo. Ni idea si Lalo Mir se psicoanalizó alguna vez, pero Lacan decía que no es el grito lo que rompe el silencio, sino que el silencio solo puede producirse a partir de un grito.
El grito hace que el silencio sea ensordecedor. En Nuestros silencios, la teoría nos invita a pensar en la complejidad de lo que nos rodea aun cuando parezca que ahí no hay nada. Siempre hay algo. “El silencio no es la ausencia de voz”, dijo alguna vez el erudito francés Thierry Laget: “Por el contrario, es el vacío que permite que todas las voces resuenen”.

ABC
A.
En la mitología latina, la diosa Angerona protegía el nombre secreto de Roma: con la boca tapada, convierte el silencio voluntario en una virtud.
B.
A la diosa Tácita le cortaron la lengua para que no pudiera denunciar la violación que sufrió y así su silencio es una muestra de dolor y tortura.
C.
El ensayo Nuestros silencios repasa fuentes mitológicas, literarias y filosóficas para analizar la naturaleza ambivalente del callarse: refugio o cárcel.
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