Proféticos y más vigentes que nunca: dos grandes films sobre periodismo que cumplen 50 años
Estrenados ambos en 1976, Todos los hombres del presidente y Poder que mata son retratos épicos del cuarto poder, que remarcaron su vital importancia para la sociedad
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Una hoja en blanco y las teclas de una máquina de escribir irrumpiendo como disparos. Televisores sintonizados cada uno en un noticiero distinto, con sus conductores hablando a cámara. Dos formas de empezar una película sobre periodismo, que anuncian visiones divergentes sobre la profesión: la épica de su momento más glorioso, con el periodismo como arma de defensa de la democracia y la degradación que amenaza con apuntar esa poderosa arma contra la propia sociedad.
Todos los hombres del presidente (All the President’s Man) y Poder que mata (Network) tienen mucho en común y no podrían ser más diferentes. Ambas películas se estrenaron en 1976 y ganaron cuatro premios Oscar al año siguiente; las dos tienen excelentes directores reconocidos por la industria, aunque no ungidos como “autores”; sus elencos combinan algunos de los intérpretes más brillantes de la época (hasta comparten al genial Ned Beatty, en roles mínimos pero esenciales). Por supuesto, las dos se tratan sobre el periodismo y el alcance de su poder, sea este usado para proteger los valores democráticos o como un producto a vender a la mayor cantidad de gente posible.
Cincuenta años después de su estreno, esos retratos tan distintos del periodismo siguen teniendo vigencia. Todos los hombres del presidente (disponible para alquilar en AppleTV+), dirigida por Alan J. Pakula y protagonizada por Robert Redford y Dustin Hoffman, evoca un punto alto de la profesión al centrarse en dos periodistas dispuestos a investigar el caso Watergate hasta las más altas esferas del gobierno, con la intención de defender el funcionamiento de la democracia.
Por su parte, Poder que mata (disponible en Mubi), de Sidney Lumet, con William Holden, Faye Dunaway, Robert Duvall y Peter Finch, resulta incomoda en su actualidad al presentar la desastrosa conjunción de periodistas que perdieron la fe en el alcance de su trabajo, una corporación que presiona para que su negocio funcione, productores dispuestos a cualquier cosa para ganar un punto de rating y un público tan descreído que pone su confianza en un falso profeta mediático.


La coincidencia de que ambas películas se estrenaran en 1976, con pocos meses de diferencia, no es tan casual. Varios factores contribuyeron para que llegaran a la pantalla casi al mismo tiempo. Para empezar, a mediados de la década del 70 el cine comprometido con mostrar la realidad, que había refundado un Nuevo Hollywood, estaba instalado y contaba con el acompañamiento del público (aunque el estreno de Tiburón, un año antes, y el de Star Wars, un año después, marcarían el comienzo de una nueva era de películas enfocadas en el entretenimiento).
Fuera de las condiciones propias de la industria cinematográfica que hicieron posible la aparición de estas dos películas, su contenido también estuvo marcado por un momento particular. En la crisis institucional que revela Todos los hombres del presidente se puede vislumbrar las razones que conducirían a la degradación de los medios de comunicación que augura Poder que mata.
El pasado cercano es el terreno de la película de Pakula, que está basada en el libro escrito por Bob Woodward y Carl Bernstein, sobre su propia investigación del caso Watergate para el diario The Washington Post. El trabajo de los dos periodistas sobre este tema comenzó en junio de 1972, cuando un grupo de hombres fue arrestado por haber entrado ilegalmente en la oficina central del partido Demócrata, en el edificio Watergate. La película sigue a Woodward y Bernstein mientras van descubriendo la red de espionaje detrás de ese delito común, las dificultades para conseguir las fuentes necesarias para conseguir la información y las discusiones con los editores, que antecedieron a la publicación de las notas en el diario.

Poder que mata también se sitúa en el presente de mediados de los 70, pero al imaginar la forma en la que las noticias en la televisión se convierten en entretenimiento y se vuelcan hacia el amarillismo, en busca de atrapar al público, se perfila como un presagio de un futuro que llegaría en las décadas siguientes.
Algo que llama la atención cincuenta años más tarde, teniendo en cuenta de que se trata de dos producciones de presupuestos considerables y realizadas por grandes estudios, es que el periodismo resultara un tema central para la cultura popular y los periodistas pudieran ser protagonistas de películas que el público quería ver.
El proyecto de llevar al cine Todos los hombres del presidente venía acompañado de ciertos elementos que lo hacían una apuesta más o menos segura (tanto como eso es posible). El caso Watergate tuvo un enorme impacto en la opinión pública y la política norteamericanas, al punto de que su desenlace resultó en la renuncia del presidente Richard Nixon. Además, el film se basó en el best-seller que los dos periodistas de The Washington Post habían escrito sobre la investigación. Y, como si fuera poco, tenía a Redford, una de las grandes estrellas de la época, en el doble rol de productor y coprotagonista, junto con otro de los grandes actores del momento, Dustin Hoffman.
Sin embargo, la popularización del caso fue también un punto de preocupación para William Goldman, a la hora de escribir la película. Al fin y al cabo, Todos los hombres del presidente es una película de puro suspenso, con un final que todo el mundo conoce.
El legendario guionista, uno de los mejores de Hollywood, se enfocó en darle una estructura de thriller a la historia y construir suspenso alrededor de una investigación periodística, que no era más que llamados telefónicos, revisión de registros, entrevistas con posibles fuentes (muchas de las cuales les cerraron la puerta en la cara), además de infinitas anotaciones. El único toque cinematográfico eran los encuentros secretos con el informante anónimo de Woodward, al que llamaban Garganta Profunda (30 años después se reveló que se trataba de Mark Felt, un agente del FBI).

La materialidad de los métodos que se muestran en el film, tan lejana en un presente de internet e inteligencia artificial, está cubierta ahora por una capa de nostalgia. La obsesión por los detalles, que tuvieron tanto Goldman en el guion como Pakula en la puesta en escena, con la estimable ayuda de la fotografía de claro oscuros de Gordon Willis (el mismo de El padrino), fue clave para anclar la película en el realismo y darle una fuerza vital a la épica periodística que narra.
Los diálogos de Woodward y Bernstein con el mítico jefe de redacción Ben Bradlee, interpretado por Jason Robards, y con los editores, no solo suenan verdaderos, sino que también son una muestra de la ética de trabajo que caracterizó a esta investigación.
“No me interesa lo que te parece obvio, me interesa lo que sabes”, lo reta Harry Rosenfeld -el editor encarnado por el fantástico Jack Warden- a Bernstein, marcando un criterio estricto que siguieron durante toda la investigación. Lo que importa son los datos y tener dos fuentes o más que los confirmen. Bradlee y sus editores sabían que no podían fallar en nada, porque cualquier error pondría en duda su compromiso con la verdad.


Recordando la película en una nota, Elizabeth Kennedy, editora de la sección dedicada a la Casa Blanca de The New York Times, dice que su parte preferida es cuando el personaje que interpreta Hoffman intenta sacarle información a una contadora aterrada por lo que le puede pasar por hablar con la prensa. “Bernstein sonríe y trata de no asustarla -explica Kennedy-. Cuando saca su libreta, parece casi arrepentido. ‘No hagas caso, esto es para mi memoria’, dice. Se toma veinte tazas de café solo para que ella siga hablando. Se hace el interesante, pero cualquier periodista de cualquier época sabrá que se está conteniendo para no suplicarle: ‘¡Decímelo de una buena vez! ¡Vamos, decímelo! ¡DECÍMELO!’“.
Esa sola escena le valió a Jane Alexander la nominación al Oscar a Mejor Actriz de Reparto. El premio se lo quedó Beatrice Straight, quien interpreta a la esposa de William Holden en Poder que mata y brilla en en una potente escena que también dura pocos minutos. Más allá de la anécdota, la forma en la que se repartieron los Oscar de actuación de ese año, entre Todos los hombres del presidente y Poder que mata, es un testimonio del valor que las actuaciones tuvieron en dos films que dependen de la fuerza que impone su realismo, para comunicar sus diversas visiones de los medios de comunicación.
Sin escrúpulos
Partiendo de ese mismo realismo de la película de Pakula, pero llevándolo a un tono que ya no parece tan exagerado como en la época de su estreno, Poder que mata imagina lo que podría pasar si las noticias en la televisión quedaran en manos de una productora sin escrúpulos; un conductor de noticiero que pierde la razón cuando lo despiden y amenaza con suicidarse en cámara; un público hastiado y, sobrevolándolos, una corporación a la que solo le interesan las ganancias.
“Estoy furioso y no pienso aguantarlo más”, grita Howard Beale, interpretado por Peter Finch, quien ganó el Oscar a Mejor Actor póstumo por su trabajo. El mensaje resuena con el público que lo había abandonado. Su amigo y jefe, el personaje interpretado por William Holden, se da cuenta de que ya no hay lugar para el periodismo que practicaron juntos desde jóvenes. En cambio, la jefa de programación de ficción, encarnada por Faye Dunaway, descubre fascinada que puede convertir a la noticias en entretenimiento, sin importar la precisión, ni la relevancia, de la información.




Basándose en su conocimiento de primera mano del funcionamiento interno de la televisión, Paddy Chayefsky escribió el guion, que va del realismo a la sátira absoluta. El lugar del guionista como autor es notable en este film, en el que la puesta en escena de Lumet, también con vasta experiencia en la TV, está dictada de cerca por la escritura de las escenas y los diálogos de una ironía punzante.
Algo curioso que logran Chayefsky y Lumet, en su perfecta sociedad, es realizar una película desesperanzadora, pero desde la perspectiva de quienes se preocupan demasiado y reaccionan con indignación frente los sistemas que le quitan humanidad a la sociedad. El humor, en este sentido, es clave y está presente en todo el film.
El director construye un realismo, cuidado en cada detalle, que conecta con el espectador, para que luego este pueda dejarse llevar por la exageración que requieren las escenas más satíricas. Tras su estreno, la gente de la televisión se indignó, pero el film tocó una fibra en el público y en la crítica, que supieron apreciarla aun cuando todavía no podían saber lo profética que resultaría.
“Ni siquiera era una sátira. Escribí un drama realista. La industria se satiriza a sí misma”, dijo Chayefsky en 1981, poco antes de morir, según es citado en Mad As Hell, el libro de David Itzkoff, dedicado a la película. El guionista vaticinó en ese momento que “todo eso va a suceder”. Y así fue.
“Poder que mata miró en su bola de cristal y emitió una diatriba catastrófica que, si se prestaba suficiente atención, también servía de advertencia. Ya no vivimos solo en el mundo de Howard Beale. Estamos atrapados en un mundo regido por millones de Diana Christensen. Cincuenta años después, la brillante obra de arte de Lumet y Chayefsky no es ni sátira ni reportaje. Es una película de terror. Es la realidad”, escribió David Fear en Rolling Stone.
Un par de décadas atrás, Aaron Sorkin, otro guionista brillante a la par de Goldman y Chayefsky, recibió el Oscar a Mejor Guion por La red social, una película que advertía sobre lo que había detrás de Facebook y su creador, y en su discurso trazó una línea que une a su trabajo con Poder que mata.

“Ningún visionario del futuro, ni siquiera Orwell, acertó tanto como Chayefsky cuando escribió Poder que mata”, dijo Sorkin, quien luego agregó: “La mercantilización de las noticias y la devaluación de la verdad ahora son simplemente parte de nuestra forma de vida. Desearía que Chayefsky pudiera volver a la vida el tiempo suficiente como para escribir La internet”.
En cincuenta años, Poder que mata se convirtió en la confirmación de los peores augurios, mientras que Todos los hombres del presidente quedó teñida por la nostalgia de una forma de hacer periodismo que apenas sobrevive, gracias a profesionales que insisten en investigar hasta llegar a la verdad, con el costo que esto conlleva.
“Durante las dos décadas siguientes, cada vez que veía a Redford, lamentaba el ‘declive de esto’, refiriéndose al conjunto de instituciones que celebra Todos los hombres del presidente: no solo el periodismo y una sólida Primera Enmienda, sino un Washington donde los investigadores, fiscales, jueces, el Senado y el Congreso cumplían con su trabajo independientemente de las lealtades partidistas, y un Hollywood donde un estudio tan convencional como Warner Bros. aceptaría financiar una película contundente sobre un período polémico y aún delicado de la historia reciente”, escribe Ann Hornaday, excrítica de cine de The Washington Post, que prepara por estos días un libro sobre la película de Pakula. “En ningún otro lugar esto resulta más alarmantemente cierto que en el propio Post, en el que la redacción inmortalizada por la película ha sufrido un recorte de más de un tercio, y donde Jeff Bezos, quien compró el periódico en 2013, parece empeñado en borrar el legado de Katharine Graham hasta que desaparezca por completo”.
En medio de esta crisis de los medios de comunicación, el cine actual no parece demasiado interesado en rescatar el heroísmo de los periodistas íntegros, ni denunciar la debacle de las noticias convertidas en entretenimiento y mercancía.
O tal vez sí. Mientras Sorkin prepara su secuela de La red social, El diablo viste a la moda 2, una de las películas más taquilleras en lo que va de este año, aborda la crisis del periodismo, con una denuncia punzante enfundada en fabulosos looks de diseñador.
El cine de los 70 tuvo a la versión Redford-Hoffman de Woodward y Bernstein y a un hombre fuera de sus cabales que expresaba el enojo de toda una sociedad. En 2026, Miranda Priestley y Andy Sachs, encarnadas por Meryl Streep y Anne Hathaway, pelean desde la pantalla grande contra los intereses corporativos, las presiones de los anunciantes, y los lectores que no leen, para defender el derecho de las revistas glamorosas a publicar notas periodísticas de calidad.
Cincuenta años después, no queda mucho más que reflejar las luchas, por mínimas que parezcan, que aun se pueden dar.
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