Si no hay pasado no hay presente
A contramano de la tecnofilia más eufórica, el desprecio por la historia solo puede traer fugacidad, precariedad y olvido
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El pasado no permite predecir el futuro. Esto se debe a, por lo menos, dos razones. Una: lo recordado es la versión de lo ocurrido según quien lo recuerda. Es memoria emocional. Un relato o una impresión subjetiva que teñiría cualquier predicción, convirtiéndola en apenas un deseo, o una intuición. Y si bien hay documentación (fotos, textos, archivos) acerca de ciertos hechos tanto públicos como privados, esa documentación da cuenta de lo sucedido, pero no de lo que ocurrirá. La segunda razón es sencilla. No hay especialistas en lo que nunca sucedió, como bien afirma Nassim Nicholas Taleb, el filósofo y ensayista libanés que inauguró la categoría de cisne negro para definir a sucesos altamente improbables que, sin embargo, ocurren.
Desde el hacha de piedra hasta el cohete que va a la Luna, pasando por la imprenta, la penicilina, los quirófanos, el rayo láser, el tren, los barcos, los aviones, la electricidad, el cine, la televisión, etcétera, todo producto humano en el planeta es fruto de una evolución
Pero el pasado tiene otras cualidades esenciales. Es testimonio de que hemos vivido, independientemente de los hechos felices o desgraciados que nos hayan atravesado. Y, justamente por eso, es fundamento del presente. No hay presente sin pasado. Sin embargo, en tiempos de euforia tecnológica desbocada hay quienes creen que sí. Uno de ellos podría ser Dara Khosrowshahi, el empresario iraní CEO global de la aplicación de transporte Uber, quien, entrevistado en exclusiva en este diario, señaló recientemente que “hay una ventaja en ser más joven y no estar atado a las viejas formas de trabajar”. La memoria, la experiencia, los procesos, los largos caminos de ensayo y error que conducen a logros, descubrimientos y transformaciones a lo largo de la historia y la evolución humana parecen carecer de importancia en el paradigma que representa Khosrowshahi, muy compartido hoy en el mundo de la tecnofilia y de los negocios.

De acuerdo con ese modelo mental el más frondoso de los árboles no necesita de una semilla que lo genere, que germine en la tierra durante un cierto tiempo, oculta a la mirada, y que se alimente de nutrientes provenientes de hojas de árboles previos, antes de emerger e irse proyectando hacia arriba en la medida en que sus raíces invisibles se hunden más profundamente en la tierra. A más altura más profundidad. Para ese modelo mental bastaría con llevar un árbol ya “hecho” y ponerlo sobre la superficie, sin raíces. Acaso en principio luzca, pero sin un proceso de generación, sin un pasado, será solo un objeto decorativo que el primer viento derribará con facilidad.
Cuando se desprecian las “viejas formas de trabajar”, según las llama Khosrowshahi, se olvida (acaso porque nunca se lo supo) que esas formas dieron lugar al mundo tal como lo conocemos
Desde el hacha de piedra hasta el cohete que va a la Luna, pasando por la imprenta, la penicilina, los quirófanos, el rayo láser, el tren, los barcos, los aviones, la electricidad, el cine, la televisión, etcétera, todo producto humano en el planeta es fruto de una evolución, de un trabajo que se nutrió de la experiencia anterior y la transformó hasta lograr algo nuevo que, a su vez, sería la base una novedad posterior. En ese proceso la memoria y la experiencia de quienes estuvieron en las fases previas fueron esenciales. Sea de manera presencial o a través de documentos variados, sembraron y orientaron lo siguiente. En toda la historia nunca había ocurrido que lo nuevo despreciara la memoria y que no la necesitara. Hasta llegar a hoy, cuando los devotos de la inteligencia artificial ven a esta como el mesías fundador de una nueva humanidad que prescinde de la existente, que cree obsoleta y desechable. Cuando se desprecian las “viejas formas de trabajar”, según las llama Khosrowshahi, se olvida (acaso porque nunca se lo supo) que esas formas dieron lugar al mundo tal como lo conocemos y que incluso la inteligencia artificial, una suerte de nueva religión, no es más que el paso hasta aquí más evolucionado de una larga historia de la comunicación humana que comenzó con la señal de humo, pasó por las tablillas sumerias, los papiros, la imprenta, la fotografía, etcétera. Un presente que se pretende sin pasado solo anuncia fugacidad, precariedad, olvido y poco respeto por quienes hicieron lo que hicieron: generaron memoria y conocimiento.
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