Una novela de raíces entrerrianas que nació en una residencia para escritores francesa
La escritora Selva Almada regresa a las voces de la infancia para presentar su último libro
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La escritura de Selva Almada no parece una verdad revelada, más bien es como una bola de nieve que se va solidificando a medida que circula, junta experiencia y hace girar las palabras. Su trazo es pausado y se completa con la agudeza de una escucha que capta la oralidad de su alrededor. En su radar se potencian los giros lingüísticos que pasan desapercibidos en el apuro de la ciudad. Esa es la materia prima de una narrativa que traza una geografía de provincia, se funde en los calores de una ruralidad sin altavoces, donde las postales no solo son una cadencia de campo fundidas en pasajes diáfanos y bucólicos. También, esconde vidas diseminadas en una atmosfera de naturaleza sórdida.
El reciente libro que acaba de lanzar se llama Una casa sola y es su cuarta novela. La historia transcurre en una casa en medio del campo que termina reducida a vigas, paredes descascaradas y pastizales que le crecen dentro. Aquello que fue un hogar, albergó muchas familias y vio pasar todo tipo de historias, quedó vacía y ahora es su voz la que recuerda, la que construye el relato, la que resuena nostálgica por las vidas que la habitaron y atestigua los cambios que la vuelven a su grado cero: vegetación, ladrillos y la soledad de las enredaderas que se apoderan de los muros que todavía lamentan la enigmática desaparición de sus últimos habitantes.
Almada tiene el pelo entrecano y en su cara se percibe una calma ancestral que transmite sabiduría. Habla pausado y la cadencia de su oralidad es la que se traduce en su prosa. Concibe a la escritura como algo parecido a pescar porque requiere de paciencia y silencio. Hace 25 años que vive en Buenos Aires y. a pesar de su larga residencia porteña, le queda mucho por contar de su origen entrerriano y los escenarios rurales. “Flannery O’ Connor decía que con lo que una vivió los primeros 10 años de su vida tiene para escribir el resto de la vida”, dice a LA NACION, sentada en un café de Caballito, una tarde de marzo, mientras el sol otoñal se oculta entre los edificios.
“Me pasa que en unos pocos años va a hacer más de la mitad de mi vida que vivo en Buenos Aires. Sin embargo, todavía no encuentro esa potencia acá a la hora de explorar territorios, de explorar modos de decir, imaginarios, todavía no encuentro una potencia que supere al litoral”.
Esa es la región donde se crio Almada. La que se volvió materia prima de su ficción. Su infancia trascurrió en Villa Elisa, un pueblo de Entre Ríos que no supera los 15 mil habitantes. Entrada la juventud y motivada por la curiosidad académica, se mudó a la ciudad de Paraná y comenzó a estudiar Comunicación Social con la idea de ser periodista. En esa carrera estuvo unos años y se cambió al Profesorado de Literatura. Su deseo de escribir, la volcó a sus primeras producciones, relatos que publicó en un semanario local, y también realizó una revista de literatura, cine y música que, junto a unos amigos, bautizaron Caelum Blue.

En el 2000 se mudó a Buenos Aires y realizó trabajos varios para subsistir. Dio clases en secundarios, aunque solo lo hizo un año y medio porque no era lo que más le gustaba. Fue secretaria en una fundación de salud, siguió como administrativa en el Hospital Durand y estuvo un largo tiempo en la parte de farmacia del Ramos Mejía como data entry.
Su vida combinó actividades ajenas a la escritura, aunque el giro de su destino como escritora cambió cuando conoció a Alberto Laiseca. Fue gracias a un amigo (Rusi Millán Pastori) que había quedado fascinado con el libro La hija de Keops y le recomendó que vaya a sus talleres en el Centro Cultural Rojas. Almada nunca lo había leído al creador del “realismo delirante”, pero siguió el consejo y fue. El primer día vio entrar a un hombre gigante, con un cigarrillo en la boca y tupidos bigotes amarillentos por la nicotina que habían absorbido.
De ahí en más, estableció una relación con el autor de Los Sorias y continuó con sus talleres de grupos más reducidos. La pedagogía de Lai y las consignas disparatadas que surgían en esas clases, la entrenaron para escribir sobre cualquier tema. Con el músculo más ejercitado, se propuso trabajar la idea de los títulos que le dieron visibilidad como autora: El viento que arrasa (2012) y Ladrilleros (2013).
Se convirtió en una especie de discípula y también, por qué no, de secretaria ad honorem, que, en la última etapa de vida de Laiseca, se encargó de contestarle los mails, comprarle los medicamentos y pagarle el alquiler. Junto a otros de sus compañeros más fraternales, entre ellos Sebastián Pandolfelli, mantuvieron el ritual de juntarse una vez por semana alrededor de su figura para compartir lo que escribían y esperar la voz del gurú surgido de las entrañas de Rosario. “Tener un maestro fue fundamental. Sobre todo, que fuera Lai. No era cualquier maestro”, dice Almada.

Y recuerda: “Los primeros dos años de taller, escribía cuentos… tengo montones de cuentos que nunca publiqué y que no creo que vaya a publicar alguna vez. Son ejercicios que inventaba él, totalmente delirantes. Los ejercicios te sacaban de los lugares más conocidos o en los que te sentías cómoda. Te llevaban a otras cosas que te hacían pensar otro tipo de historias, otro tipo de personajes. Para mí todo eso fue muy estimulante para después empezar de escribir algo más propio”.
–Moretti, en una canción de Estelares que se llama “Melancolía”, dice que le dio su vida a las canciones y que no se arrepiente. En un paralelismo con la literatura, se podría decir que Laiseca hizo lo mismo.
–Me di cuenta de que era un tipo por el que sentía mucha admiración por la figura de escritor que tenía, pero que no podía ser ese tipo de escritor. Lai no distinguía entre la literatura y la vida, era una sola cosa, una continuidad una de la otra, y eso lo había hecho muy desdichado. Y no quería ni quiero eso para mí. Necesito conectarme con otras aristas de la vida, no solamente con la escritura.
–¿A qué te referís con desdichado?
–Lamentaba mucho la falta de reconocimiento y entre esa falta de reconocimiento estaba lo de no haber sido traducido a otras lenguas. No ser un escritor reconocido.
–¿Eso a vos no te atormenta?
–No, eso no me atormenta. Un escritor no puede hacer nada para tener reconocimiento, más que escribir una obra.
Almada escribe desde su juventud. Quizás sin un método, con frases más complejas no tan directas, pero fue construyendo un oficio que terminó de darle forma a su bonsai literario en compañía de Laiseca. La obra que acompaña su producción es vasta y se compone de novelas, cuentos (Niños, 2005, Editorial de la Universidad Nacional de La Plata; Una chica de provincia, 2007, Gárgola; Intemec, 2012, e-book; El desapego es una manera de querernos, 2015, Penguin Random House; Los inocentes, 2020, Editorial de Entre Ríos, en colaboración con Lilian Almada), crónicas (Chicas muertas, 2014, Penguin Random House; El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel, 2017, Penguin Random House), y hasta el guion de una película (Jesús López, 2021).
Una casa sola es su última novela y tuvo su origen en una residencia para escritores, en la comuna francesa de Saint-Nazaire. Su estilo llano, potente, consigue elaborar una historia con una música característica, que fluye y se asienta en un trozo de tierra ganado al monte. En constante exploración del lirismo. “Me di cuenta de que ahí había algo, algo que me despertaba un interés particular para seguir indagando… esas voces de la infancia. Las voces de las tías, las abuelas, las vecinas del barrio. Había algo que aparecía como parte de escenas de la memoria infantil que tenía ganas de seguir viendo qué más aparecía y cómo eso podía aparecer en la ficción, pero no como parte de mis recuerdos o de esa memoria, sino poniéndolo a funcionar en la maquinaria de la ficción. Muchas de esas cosas tienen que ver con el registro de la oralidad…Me interesa mucho cómo habla la gente. No importa dónde sea. En cualquier lado, en el colectivo o en cualquier parte. Siempre estoy parando la oreja”, dice.

–¿En lo no dicho radica la potencia?
–Y en esos universos todavía pesan más los silencios, pesa más el decir poco y concentrado y que después es como que en esas frases muy cortas se encierra todo un mundo, que no está dicho y hay que ir a buscar para ver qué quiso decir. Me gusta mucho trabajar con eso. Más que con lo que no dicen los personajes, con lo que callan. Estos personajes dicen poco y ese silencio refleja interiores muy atribulados, muy llenos de cosas, vidas interiores muy intensas que no llegan a ponerse en el discurso.
–¿Hay algún escritor que influencie esa capacidad de escucha que utilizas en tu literatura?
–(Ricardo) Zelarayán, un autor que me encanta y también era entrerriano, decía de sí mismo que era un gran escuchón. En esta novela le robo de La piel de caballo unas interjecciones que son puy, puy, puy. Toda su literatura está llena de sonidos, de interjecciones, de exclamaciones, de palabras sacadas de distintos lugares del país que ha visitado.
–Este movimiento técnico que hacés en esta novela, de que hable una casa, es algo nuevo. Salís de tu zona de confort…
–Sí, primero me salgo de una zona más técnica, que es trabajar con la primera persona, con narrador/personaje. Lo había hecho en Una chica de provincia por su vinculación con lo autográfico. Después, las novelas y los cuentos siempre están trabajados con un narrador en tercera, que está muy pegado a la subjetiva del personaje, pero siempre es un narrador en tercera.
–¿Fue algo buscado desde el principio o lo ubicaste cuando ya estabas avanzada en la historia?
–Mientras avanzaba en la escritura, me di cuenta de que aparecía otra voz, que, a veces ya no era la de ese narrador que sí empezaba a parecerse cada vez a una primera persona. Probé ir por ahí y me gustó cómo sonaba, cómo empezaba a funcionar. Lo que sí sabía que había era una casa donde había una familia que había desaparecido, que la casa había quedado vacía por eso, había pasado algo de un orden que no se llega a desentrañar en la novela, pero que tiene que ver con lo cruel.
–Sufre varias transformaciones la casa…
–Esta casa hace muchos años que está vacía, o sea, no es esa casa que dejó la familia o que era cuando la familia vivía ahí, sino que además es una casa que empieza a volver a ese origen, que empieza a volver a ese monte del que salió. Con las roturas del piso empezaron a crecer yuyos, las arañas la agarraron de madriguera, vino una perra y parió ahí, o una gallina no sé qué. Como que esa casa también se va llenando de algo que tiene más que ver con la materia de su origen.
–¿Tenés alguna metodología de trabajo o escribís por periodos?
–No tengo una rutina, pero sí, en ese tiempo que no estoy escribiendo, estoy armando un poco la trama o pensando en qué voy a contar. Los personajes, sobre todo. En un momento, pasado cierto tiempo de haber estado pensando mucho en este universo, viendo un poco cómo se empezaba a despegar en mi cabeza, llega el momento de sentarme y seguir escribiendo, para retomar esa primera escena que en general siempre es la misma, siempre queda. Cuando sí me siento, es ya con un poco más armado ese mundo en la cabeza, ahí sí trabajo de manera más sostenida, pero en general son periodos cortos de escritura.

–Gustavo Cerati decía que los discos no se terminan, se abandonan. ¿Con los libros pasa algo parecido?
–Un libro podría estar escribiéndose siempre. Si releo cualquiera de mis libros, empiezo a encontrar cosas que tacharía. Soy más bien de sacar. Siempre encuentro cosas para podar. Pero, creo que sí, puede ser eso que se abandona. Es como que en un momento decís, no tengo nada más para decir de esto y listo, se terminó el libro. Una vez hablamos con Gabi Cabezón (Gabriela Cabezón Cámara) y decíamos, debería ser como en la plástica que se puede dejar un cuadro sin terminar y se expone igual.
Almada, además de escribir y ser una autora aclamada por la crítica y sus lectores, tiene un proyecto editorial junto a Natalia Peroni y Raquel Tejerina, que se llama Salvaje Federal. Una librería que nació en 2020, al calor de la pandemia y encauzó su labor de manera virtual y luego adquirió un espacio físico en la zona de Almagro (Humahuaca 4007). Su principal acción es el fomento de la lectura y dar a conocer a autores y autoras de distintas provincias.
“En los últimos dos, tres años, empezamos a hacer ese laburo de llevar los libros a ferias de distintos lugares del país, porque pasa que esa editorial de Córdoba X no la encontramos en Buenos Aires y tampoco la encontramos en la Feria del Libro de Chaco”, resume Almada, acerca de la propuesta impulsada desde su librería que busca tender puentes de provincia a provincia, para que se de dialogo entre autores que no tienen injerencia la zona de mayor explanada. “Parte del trabajo es empezar a mostrar esos libros y llevar esas editoriales a otros lugares del país donde tampoco se conocen. Ya estuvimos programando en la feria de Comodoro, en la de Santiago del Estero y en la de Santa Rosa”.
–¿Qué es lo que te convierte en escritor?
–Es muy personal. Yo empecé a sentirme escritora o autopercibirme, reconocerme escritora, cuando publiqué Una chica de provincia. Antes de eso, era alguien que escribía y me encantaba hacerlo, pero no sentía que era una escritora. Con ese libro sentí que había escrito algo que podía defender frente a otros. Pero es muy personal, como cuando uno/una se siente escritora. Por eso es tan difícil el gremio, o sea, armar un gremio. Si armás un gremio de escritores, cuál sería el criterio para que formes parte.
–¿Qué es la literatura para vos?
–La literatura como lectora es el lugar donde aprendí que cualquier cosa era posible, o sea que había otro montón de tipos de vidas que yo no iba a tener, pero que podía vivir a través de los libros, a través de las historias. A mí la literatura me dio otras posibilidades desde todo punto de vista. Después como escritora también me dio otras posibilidades, pero primero me las dio como lectora de saber que había otras vidas posibles.
–¿Cómo le dirías a una persona que no leyó nunca que lo haga? ¿Por qué debería leer una persona?
–Hay que leer porque es como un lugar superdivertido donde estar. Creo que los libros te salvan la vida. Leer también es la apertura hacia el otro, hacia otros que no son vos.
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