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En el Borges, dos colecciones privadas recorren décadas liminares del arte argentino
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Ed Shaw relata en el prólogo del catálogo que acompaña la muestra Despertando la mirada que comenzó a coleccionar en los tempranos años sesenta, y que su deseo se orientó primero a las piezas precolombinas y los objetos de Asia y África que, con el tiempo, serían una puerta de entrada al arte actual "a través del trueque con los artistas". Sin contar... que el arte tenía otro precio. Ed recuerda que pagó 100 dólares por un grabado de Berni y 240 por el collage Ramona cortesana, una de las cien obras colgadas en el Borges.
En el caso de Shaw, la frecuentación con el mundo del arte era natural. Escribía en el Buenos Aires Herald y firmaba prólogos y textos que en más de una oportunidad cambió por obra. Con María Padilla, su mujer en aquel entonces, y una socia en el peregrinaje por los talleres. Nunca compraron en una galería ni en un remate; eligieron por placer, por gusto, sin hoja de ruta ni plan maestro. El resultado es la muestra del Borges que reúne los nombres de los artistas que escribieron la historia del arte argentino en las últimas décadas del siglo XX. Entre otros, Esnoz, Kuitca, Reyna, Benedit, Roux, Berni, Pombo, Hasper, Daniel García, Hlito, Forner, Macció, Garabito y, por cierto, Seguí, el cordobés de Arcueil con quien compartió la pesquisa de arte precolombino.
Curador de la Bienal de San Pablo en el 97, Ed Shaw mantuvo en su vida una natural complicidad con Guido Di Tella, desde que puso la piedra angular del célebre Instituto con Romero Brest al frente hasta la fundación de la UTDT, que en el próximo ciclo lectivo contará con el Departamento de Arte dirigido por Inés Katzenstein. La colección Shaw en el Borges cobra un sentido especial porque fueron Ed y Roger Haloua los que iniciaron el proyecto del Centro Cultural a partir de una conversación en el refugio amado de Colonia, Uruguay. El Borges fue inaugurado en 1992 por los reyes de España con la exhibición de Corona de los Andes, pieza magnífica que la infatigable Cristina del Campo logró traer a Buenos Aires antes de que Christie’s la rematara por varios millones de billetes verdes.
Más cuadros que paredes
Por esos años Esteban Tedesco, entonces un joven cirujano plástico, había iniciado su colección de arte argentino, que con los años sería radicalmente contemporánea, al incorporar obras de múltiples formatos, técnicas y soportes, según puede verse en la selección de Philippe Cyroulnik. El curador francés, gran promotor del arte argentino en el mundo, opina que el conjunto conforma el "prólogo" de una gran exposición, prevista para octubre de 2009.
Por su ritmo de crecimiento imparable, como las gramíneas de Casa de campo, la novela del chileno José Donoso, la colección de Tedesco ha tomado por asalto su departamento vecino de la Plaza San Martín. Es un caso concreto de "hay más cuadros que paredes", pero Esteban no se amilana: hasta la cocina es un espacio de exhibición con electrodomésticos desactivados para recibir las últimas adquisiciones. Gran coleccionista de obras de Macchi, Siquier y Costantino, se diría que por allí pasa un eje que se prolonga en las obras actuales de Tomás Espina, Rosana Schoijett y Matías Duville, el aplicado artista que con destellos de genialidad y recursos formales de su propia cosecha crea una secuencia narrativa cercana a la de los ilustradores clásicos.
Edward Shaw forma parte de ese grupo entrañable de "argentinos por adopción" capaces de descubrir en los pliegues de nuestra realidad personas y situaciones que, de tan conocidas, los locales dejamos pasar a menudo. Su casa de Talcahuano era un pequeño museo presidido por la obra de su amigo Fernando Botero. Con María Padilla vivieron allí por años, confirmando que ese edificio espléndido tiene el arte en su ADN. En el primer piso vivió y sentó la bases de Florida 1000 la recordada galerista Ruth Benzacar. Pocos años atrás compró ese piso Aníbal Jozami; allí armó su "sala Berni" y su ala contemporánea, enriquecida por las obras de arte brasileño seleccionadas por su mujer, la gentil Marlise.
El contrapunto entre ambas colecciones resulta una oportunidad única para entender cómo se movieron los límites en el mundo del arte argentino en los últimos treinta años.
<b> FICHA. </b>


