
A llorar a la Llorería
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A veces soy un poco despistado. Saqué pasaje a Madrid para irme solo de vacaciones dos meses antes de que empezara el Mundial y no me di cuenta de que justo iba a llegar en la mañana del domingo de la final. Lógicamente no podía saber entonces que el partido definitorio iba a ser entre la Argentina y España.
El campeonato fue avanzando y tras las semifinales la suerte quedó echada: vería la final de visitante, en Madrid. La noche anterior no podía dormir. Estuve a punto de suspender el viaje, pese a que tenía tres noches de hotel ya pagadas. Me angustiaba no ver la final con mis amigos en Buenos Aires y perderme, en caso de victoria, el regreso de los jugadores de la Selección al país, los festejos en el Obelisco desbordado.
Pero finalmente decidí ir igual y terminé viendo el partido en un bar de argentinos llamado Llorería Club (visto en perspectiva, no era el mejor augurio), en pleno centro de la capital española. Ahí sí que no había lugar para el tan mentado delay. Estábamos como en un submarino, donde no entraba la luz exterior, con tres televisores con el volumen al mango de la TV Pública. Cada tanto, la transmisión se cortaba y se escuchaba un estruendoso “uhhhhhhhhhh, pagá la cuentaaaaaaa”.
Antes del partido y en el entretiempo, en la puerta del bar (ubicado en la peatonal Calle de la Huertas), los argentinos cantábamos con las camisetas y las banderas celeste y blancas, absolutamente de locales. En un momento se acercaron unos madrileños molestos por el espectáculo y empezaron a desafiar con el clásico “yo soy español, español, español”. Se gritaba cara a cara, pero todo terminó con dos canciones compartidas que buscaban hermanar: “Malvinas argentinas y Gibraltar español” y “el que no salta es un inglés”.
En el bar había argentinos de todas las provincias. Yo iba cambiando de lugar, tratando de encontrar alguna cábala, pero la selección cada vez jugaba peor y España llegaba una y otra vez. Una chica no veía el partido y le rezaba, arrodillada, a una estampita de la Virgen de Luján. Su súplica no alcanzó. Llegó el gol de Ferrán Torres y todo fue desazón.
Cuando terminó el partido, imaginaba que al salir a la calle me iba a encontrar con un rugido ensordecedor y gente saliendo de todos los edificios a celebrar, como en aquel famoso video de la avenida Corrientes en la final del Mundial de Qatar. Pero nada. Todo súper tranquilo. Algunos españoles con banderas, un par de autos tocando bocinas.
Fuimos a cenar tortillas y pulpo a un restaurante de la plaza Santa Ana con tres argentinos que conocí en el bar, sorprendidos con la tibieza de los festejos. De vuelta al hotel, en el Barrio de las Letras, que tiene bastante similitud con San Telmo, por su aire bohemio, pensaba que no iba a poder dormir, porque estaba muy cerca la Puerta del Sol y la Plaza Mayor, pero descansé tranquilo, sin ruidos.
Al otro día, por la tarde, sí, miles de personas se dirigieron por el Paseo del Prado hacia la Fuente de Cibeles (en reparación) para recibir a los campeones. De todas maneras el ambiente era calmo, nada que ver con la euforia desenfrenada ni los millones de personas en las calles que se vivieron en Buenos Aires 2022. Pensé en ir a ver un poco los festejos ajenos, por lo histórico del momento, pero hacía 38 grados y tampoco me causaba mucha gracia la derrota.
En la mañana del martes, de todas formas, fui a pasear por la Puerta del Sol y el olor a pis era demoledor. Supongo que era inevitable. Escuché a varios argentinos decir que era un desperdicio que ganaran los españoles y que festejaran tan poco, pero bueno, no sé si existirá otro país que tenga una pasión así por el fútbol. Es probable que no.
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