Adiós a Juan Carlos Ocampo Naón, protagonista de una época de oro del mercado de arte local
Con la muerte anteayer de Juan Carlos Ocampo Naón, Charlie para los amigos y para todos los habitués, termina una época de brillo en el mercado de arte local, que hizo de los remates un escenario único y atractivo desde el primer golpe de martillo.
Tercera generación de rematadores, la casa Naón fue fundada en 1903, en pleno centro de la ciudad, y, más tarde, se mudó al actual “hotel particulier” de Guido y Callao, que en sí mismo es motivo de una visita.
Le tocó a Charlie compartir con su madre el armado de las exposiciones, cuando era un chico, y aprendió el oficio como debe ser: mirando, valorando comparando.
Tenía algo mágico ser el primero, en este caso la primera, en llegar a la exposición antes de que abriera las puertas al público. El cuidado puesto en la catalogación; la mesa grande en el comedor importante; los buenos cuadros ubicados estratégicamente, y esa deliciosa manera de acompañar una lámpara con un pequeño objeto, un candelabro o un par de lindos apliques.
Quizá, hay que decirlo, Buenos Aires no es lo que era. No es más ese reservorio de piezas magníficas, que atraían a compradores de todas partes e invitaban a un duelo de ofertas entre los coleccionistas locales. Esas subastas de fines del siglo XX fueron la sal de la vida. Cómo olvidar el tercer golpe de martillo con el que Charlie Ocampo remató un Munnings por 460.000 dólares.
“Es un mito afirmar que los cuadros afuera siempre se pagan más”, decía Ocampo recordando el récord pagado por esa pintura del retratista de caballos británico, que pintó, entre muchos otros, al ganador de Prix de Diane, en París, propiedad de un criador argentino.
La pintura europea tuvo hasta avanzado el siglo XX arraigo absoluto entre el coleccionismo argentino, Mongrell, L’Hermite, Ziem, Sorolla, Benlliure, Barbazan, De Nitis, Paul Chabas, los “petit’ maîtres” franceses y la pintura española, que llegó en los años de la Guerra Civil, tenían un lugar de privilegio.
Charlie Ocampo dominaba ese mundo y le encantaban los muebles ingleses: Regency o Chippendale. El gusto porteño se define por las fachadas de piedra París y los interiores ingleses, casi como un principio. Imposible no recordar momentos que fueron históricos, como la venta de la colección Van Deurs, cuando la cola para visitar la exposición daba vuelta la manzana, o el acuerdo sellado entre Christie’s y Naón, en 1998, para darle una puntada más firme a la globalización de los negocios de arte.
Hoy todo parece muy lejano, o que nunca hubiera ocurrido. La casa Naón ganó y conquistó prestigio por la calidad de los muebles que lograba reunir en una subasta. Era una experiencia de puro aprendizaje recorrer con Charlie la exposición, y escuchar en detalle los secretos de una cómoda Lombarda, de un Tall Boy o de una sopera inglesa, con punzón y alguna historia guardada detrás de la firma. De esos cuentos que solo se conocen en la tradición oral, porque no están escritos.
Buenos Aires tuvo rematadores con gran estilo, como Arturo “Arturito” Bullrich, con los anteojos montados sobre la nariz, tomando el tiempo de los posibles compradores. Impávido. A diferencia de los sajones que mantienen el ritmo contra reloj, como fueron John Marion o Christopher Burge, los remates porteños en los buenos tiempos eran un encuentro social. Esa mezcla de “cóctel y casino”, como lo describió alguna vez Robert Hughes, el crítico del Time.
Charlie Ocampo marcó una época y definió un modo de hacer las cosas. Y de continuarlas. Juan Carlos y María, sus hijos, son de tal palo tal astilla. Cuarta generación. Y la tradición continúa.









