
Ajetreada década infame
En su novela La sangre y la infamia, Miguel Wiñazki retrata una época de la Argentina por medio de uno de sus personajes emblemáticos: el pistolero Ruggierito
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<b><i> La sangre y la infamia </i></b>
¿Por qué para mandar hay que matar?", se pregunta Ruggierito. Puede sonar extraño, porque su modus vivendi consiste precisamente en eso: matar gente, sin mayores escrúpulos. Pero no tan extraño cuando la intimidad lo revela como un hombre que piensa, algo poco común en un matador. Y que -afán menos común aún- se abastece de cadáveres NN del hospital Fiorito para alimentar compasivamente a perros cimarrones en un basural de Quilmes.
La sangre y la infamia , de Miguel Wiñazki, periodista y autor de varios libros, alude en su título a la llamada década infame, que se extendió desde 1930 hasta 1943 y, por otro, a la violencia política y social, casi siempre cruenta, que caracterizó ese proceso, particularmente en zonas del sur bonaerense. Sus protagonistas son el general José Félix Uriburu, líder del golpe que derrocó a Yrigoyen; el gobernador de Buenos Aires Manuel Fresco; el varias veces intendente de Avellaneda, Alberto Barceló, y Juan Nicolás Ruggiero, un matón incondicional de Barceló en los negocios ilegales, que abarcaban la explotación de la prostitución, del juego clandestino y el comercio de droga, la cocaína en esos tiempos, consumida exclusivamente por las clases altas.
La eficacia de Ruggierito en el uso de su 38 se tornó indispensable para el intendente, no sólo en tales rubros, sino también en la eliminación a balazo limpio de quien se insinuara como adversario político. Tan peligrosa posición la podía ocasionar un simple gesto de desagrado al ver en el despacho del "jefe" cuadros de sus "próceres" favoritos: Hitler y Mussolini.
Rosa, de menor relevancia, pero significativa en el desarrollo de la historia, es una prostituta que escribe unos "poemas mínimos", como ella los denomina, y que se convierte en admiradora de Baudelaire al enterarse de que en un verso el poeta maldito proclama sin ambages que "el amor es prostitución". La oferta de mujeres tuvo un fuerte desarrollo en Avellaneda, al quedar el monopolio de burdeles en manos de la red prostibularia Zwi Migdal, regenteada por polacos y judíos, lo que fue aprovechado por Barceló. Mediante la legitimación y protección policial de la actividad, obtenía "compensaciones" que incrementaron las arcas comunales y las propias, situación que, sin disimulos, testimonió la construcción del palacio Barceló, que fue una de las mejoras casas del distrito. La Migdal, a su vez, llegó incluso a tener su camposanto privado, el Cementerio de los Rufianes, donde eran enterrados proxenetas, madamas y prostitutas.
Ruggierito sobresale en esta trama de infamias y violencia, de las que él mismo será víctima al morir acribillado, aparentemente por orden de su jefe, cuando llega a la conclusión de que "es mejor no querer a nadie si lo que se pretende es tener el poder".
La sangre y la infamia es una atractiva novela, de escenas duras y tenebrosas, para la cual Wiñazki utilizó documentación (parte de ella en versión libre, como el ataque en el que Gardel sufre la perforación de un pulmón) y un acertado tratamiento del lenguaje barrial. Además de un agregado infrecuente: a los 28 capítulos lo presiden versos de célebres tangueros o costumbristas, como Lepera, Cadícamo, Manzi, Discépolo o Carlos de la Púa.
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