
Alta fidelidad. Campos verdes: Radiografía (pop) de la Pampa
“Yo creo que era cerca de Ezeiza. Hace unos días lo hubiera llamado a Rodo para confirmarlo”, escribe por whatsapp Emilio del Guercio y en el lugar de los naturales puntos suspensivos que hubieran dado cuenta del insoportable silencio de su amigo y mitad del corazón rítmico de Almendra Rodo, Rodolfo García, clava un emoji con los que la vida digital nos acostumbró a usar para traducir tristeza y, en este caso, imposibilidad. El batería que murió esta semana no sólo era la memoria del grupo y también de las primeras escenas del rock argentino sino que su voz muy joven y limpia es la que se dejaba escuchar en “Campos Verdes”, cuando llevaba el pelo bastante más corto que en el retrato de su madurez con una melena encanecida que conservaba el vigor de un trazo renacentista. “Campos Verdes” fue el lado B del segundo simple de Almendra que, en su contagiosa alegría beat, desdecía la melancolía prematura de un Spinetta-Oesterheld que presagiaba el congelamiento de Buenos Aires con “Hoy todo el hielo en la ciudad” en la cara A. Según el minucioso registro de Rafael Abud en la reedición en CD del luminoso debut del grupo (la icónica imagen del Hombre Lágrima), “Campos Verdes” se grabó el 2 de octubre de 1968 para publicarse el 2 de diciembre. Cerca de Ezeiza, según el recuerdo de Del Guercio que compuso la canción en tándem con Spinetta, era la locación donde se filmó la promo que se considera uno de los primeros video clips argentinos (una filmación que no es playback sino que agrega un contenido narrativo visual independiente de la música).
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La prodigiosa memoria de Rodo (no en vano tocaría en un grupo llamado Tantor, como el elefante de Disney) rescata el behind the scenes de “Campos Verdes” en el extracto de un programa de radio llamado “Mundo Disperso” (AM750) del 13 de setiembre de 2019. Allí le contaba a Pedro Saborido que la filmación de un clip promocional para la canción cantada por él (Almendra quería repetir la idea de Los Beatles de que todos ocuparan la voz solista) había surgido de un joint venture entre el sello RCA y Sucesos Argentinos, que se emitía en las salas desde 1938, para que el noticiero cinematográfico cerrara con un número musical. Rodo menciona a Mario Braier y su pareja Piri como los productores del cortometraje. La película en blanco y negro muestra al grupo en un escenario rural, a campo abierto, en la que llevan sus instrumentos de manera testimonial. Primer plano de cardos; Del Guercio que llega a caballo y vuelve hacia atrás como en una película muda de los años veinte; los cuatro en el frente de una presumible pulpería; los cuatro, al final, escapando como Los Beatles en A Hard’s Day Night pero sin fans, tan solo un camino de tierra que lleva a ninguna parte. Una radiografía pop de la Pampa.
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Braier aparece como montajista en los créditos de la película también en blanco y negro La Cosecha (Marcos Madanes) estrenada en Buenos Aires en 1970 pero que ya había transitado el circuito de festivales: Locarno (Suiza), Sydney (Australia) y Cork (Irlanda) en 1967. Lo curioso de La Cosecha, un film de denuncia social en el tono del cine combativo de la época, es que el guión está atribuído a Ezequiel Martínez Estrada, el agrio ensayista que pensó el alma compleja de los argentinos desde las reflexiones fatalistas de Radiografía de la Pampa (1933) y cargó sobre el centralismo porteño en La cabeza de Goliat (1940). Ese paisaje que en el clip de “Campos Verdes” vende un espíritu rural que está ausente en el beat de la canción, pura electricidad urbana, es el mismo que definía las limitaciones de nuestra idiosincracia según el agudo Martínez Estrada. “Campos Verdes” se hace eco antes de que la ecología fuera una materia obligatoria: su nostalgia de lo rural (“Ya se han ido, nunca más volverán”) está por fuera de la música. Tiene la misma vibración que aquellos ombués que pintaba Nicolás García Uriburu en los mismos años que Almendra evolucionó a tal velocidad que tuvo que desintegrarse. Al ombú verde eléctrico, a la memoria y la melena eterna de Rodo, le sienta bien el epitafio de Martínez Estrada: “Se despertó de repente/y se asombró al encontrarse/viviendo, sencillamente”.







