
Amor, locura y muerte
INQUIETA COMPAÑIA Por Carlos Fuentes-(Alfaguara)-288 páginas-($ 23)
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Borges recordaba que era virtud de todo caballero pelear por las causas perdidas. Carlos Fuentes cultiva esa virtud en su último libro. Inquieta compañía reivindica dos géneros que no pasan por su mejor momento: el cuento breve y la literatura fantástica. El primero cayó en desgracia editorial hace más de una década: los libros de relatos cortos no venden, dicen los libreros. La segunda ha perdido terreno frente al realismo que, en sus infinitas variantes, tiene hechizados a los críticos. En el dream team de los "grandes escritores" que elaboran Harold Bloom o The Paris Review, los artesanos de lo fantástico son una fantasmagórica minoría.
De modo que Fuentes ha sido, en primer lugar, un hombre valiente. Inquieta compañía es un libro de cuentos fantásticos, que sin complejos nada contra la corriente bienpensante, merodea la cultura popular para deformarla, reescribe a Poe y a Lovecraft, se instala en la gran tradición latinoamericana liderada por Cortázar, Bioy Casares y el propio Borges, y bucea peligrosamente en los pantanos góticos de Stephen King, Clive Barker y Peter Straub, el autor de Fantasma, a quien le dedica incluso uno de los seis textos.
El propio Fuentes ha dicho alguna vez que sus obsesiones están en todos sus libros: "Y todos mis libros tienen que ver con el miedo. La sensación universal del miedo, el miedo de quién traspondrá la puerta, de quién me deseará y a quién desearé yo". No hace otra cosa en Inquieta compañía que ahondar en esas obsesiones, esta vez desde la literatura sajona. Pero Fuentes no puede eludir su condición latinoamericana y racionalista, y entonces latinoamericaniza los tópicos del género y manipula sus lugares comunes para disolverlos en siniestras ambigüedades y para darles un toque de neurosis humana: esta dimensión desconocida de Fuentes está poblada de espectros, pero todos ellos podrían explicarse simplemente por la locura de sus personajes.
Además de espectros, hay por supuesto brujas, monstruos, ángeles, demonios, nazis y vampiros. Pero como en las parábolas de Bioy hay también siempre de fondo oscuras historias de amor contrariado y a veces de intenso erotismo.
El primer cuento se titula "El amante del teatro" y narra la historia abierta de Lorenzo O´Shea, un mexicano que vive y trabaja en Londres y que se obsesiona con una vecina a quien espía por la ventana y a quien luego descubre, o cree descubrir, encarnando a la Ofelia de Hamlet en una puesta vanguardista dirigida por un actor tiránico. Lorenzo, obsesionado con la mujer y deformado enfermizamente por la lógica teatral, crea en su mente una retorcida obra dramática e interviene en ella de un modo exasperado.
No es este relato lo que luego será el libro. Todas las demás historias ocurrirán casi invariablemente en México, alrededor de casas antiguas habitadas, en la mayoría de los casos, por ancianos espeluznantes. El caso más paradigmático es "La buena compañía", donde el joven Alejandro De la Guardia decide viajar a la capital mexicana para tratar de heredar a sus dos viejas tías: María Serena y María Zenaida. Es quizás el cuento más logrado de la serie, por el clima enrarecido que se vive dentro de esas paredes, por el suspenso y por su sorprendente y horripilante final. Horacio Quiroga no hubiera desdeñado ese argumento.
"La gata de mi madre" también se circunscribe a una casa donde ocurre un amor misterioso y mentiroso, y donde irrumpirán al cabo demonios perversos y ánimas extraviadas. Les sigue "Calixta Brand", otra historia romántica que termina muy mal. Un hombre se enamora de una escritora, se casa con ella, la ama desaforadamente y luego comienza a sentir celos de su callada autosuficiencia y de su pasiva brillantez intelectual. El hombre la castiga horriblemente, y es castigado de un modo asombroso y delirante.
"La bella durmiente" entroniza a un gran personaje: Emil Baur, un viejo alemán que vive sólo en el desierto junto a una mujer que nunca salió de su recámara.Un médico es comisionado para examinarla y entonces, un giro sobrenatural de la trama hace que todos sean llevados a 1944 y luego vuelvan, pero ya los vivos estarán muertos, y viceversa.
En casi todos los cuentos los protagonistas aparecen confusos e impotentes, son buenos y malos, engañan y son engañados y cambian una y otra vez. Algo así sucede a Navarro, el joven abogado de "Vlad" y a su esposa, que tampoco resultará lo que al principio parece. Vlad, Vladimir Radu, es en realidad el mismísimo conde Drácula, que aquí resulta súbdito de una niña vampiro de doce años. Mezcla de parodia y homenaje a la gran creación de Bram Stoker, este cuento hace equilibrio sobre la cuerda floja. Nunca se sabe si es en serio o si es un chiste pergeñado por un escritor maduro con la eterna mirada de un niño de doce. Desde esa falsa ingenuidad, desde esa carcajada, Fuentes le crea un sirviente deforme al estilo de Igor y le hace decir una vez más al inquietante Vladimir: "Yo nunca bebo... vino".
Desmesurado, onírico, luctuoso, alucinante y pesimista, Carlos Fuentes ha creado sus propios cuentos de amor, de locura y de muerte. Lo ha hecho desde la clase B, desde Vincent Price y Brian Clements, desde Bela Lugosi y Boris Karloff. Y lo ha hecho con impunidad de niño, como jugando a ser otro, sin importarle la crítica, las modas y las buenas conciencias de la alta literatura. El recreo gozoso de un escritor para quien a veces el mundo es una mansión maldita; los géneros bastardos, una oportunidad y los miedos del hombre, una tremenda broma pesada.



