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Adoré Buenos Aires antes de saber, o de reconocer, que se puede adorar una ciudad con la misma intensidad con que se ama a un ser humano. Nunca pude abandonarla por más de seis meses seguidos, ni siquiera durante la dictadura militar. Si me tenían que agarrar, que fuera acá y que todo terminara. Adoré y adoro el español de Buenos Aires, que primero hablé como una chica de Belgrano y después como una intelectual arrabalera. Más que ningún otro espacio, Buenos Aires fue mi casa, aunque tuve también mi casa en Berlín, donde pensé que, en un pasado inexistente, yo había vivido una juventud que, sin embargo, había sido enteramente porteña.



