
Apología del saber no rentable
El autor español defiende el aprendizaje desinteresado, impulsado por la intuición y la curiosidad, tanto en las ciencias como en las humanidades. Conocimiento y carrera académica, señala, son cosas distintas y a menudo incompatibles
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Fragmento de la intervención de Juan Goytisolo en la I» Cita internacional de la literatura iberoamericana, organizada por la Fundación Santillana y realizada en España en junio del año pasado
Quisiera empezar mi intervención en estas Jornadas con una reflexión sobre la diferencia existente entre educación -o, por mejor decir, instrucción- y cultura, dos términos de contenido diferente aunque por comodidad y pereza intelectual sean tomados por sinónimos. Mi experiencia de presidir por espacio de cuatro años el jurado seleccionador de las candidaturas presentadas a la Unesco con miras a su proclamación como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad me confirmó las observaciones del ensayo del sabio hindú -escojo a propósito la palabra sabio- Ananda Coomaraswamy, titulado "La ilusión de la instrucción":
Olvidamos que la educación nunca es creadora, sino un arma de doble filo, siempre destructora, ya de la ignorancia, ya del conocimiento, según el educador sea cuerdo o necio. Muy a menudo ocurre que los necios irrumpen allí donde los ángeles no se aventurarían siquiera [...] no hay una relación necesaria entre instrucción y cultura [e] imponer nuestra instrucción a un pueblo cultivado pero analfabeto equivale a destruir su cultura en nombre de la nuestra.
Aludiendo a los efectos secundarios del sistema educativo de su país, recurre al ejemplo de lo acaecido con el gaélico, señalado hace más de un siglo por Douglas Hayde en Literary History of Ireland y, sobre todo, las reflexiones de Margaret Mead en And Keep Your Powder Dry , cuando observa que nuestra actual lingua franca , esto es, el inglés norteamericano, es "un sistema unidimensional, orientado a la descripción de los aspectos exteriores del comportamiento" y, a partir de esta constatación, hace suya la conclusión desoladora de W. M. Urban en The Intelligible World :
Quizá nunca los hombres han sido a la vez tan instruidos y no obstante tan ignorantes, tan preocupados por los fines sin tener un objetivo claro, tan desilusionados y totalmente víctimas de la ilusión. Esta extraordinaria contradicción se manifiesta en toda nuestra cultura moderna, en nuestra ciencia y en nuestra filosofía, en nuestra literatura y en nuestro arte.
El funcionamiento del actual sistema educativo en el mundo industrializado, y en condiciones mucho más precarias, en el llamado piadosamente "en vías de desarrollo", se asienta, en efecto, en la instrumentalización de algunas disciplinas al servicio de lo inmediatamente rentable. Padres y profesores conciben dicho "saber" como una provechosa inversión de cara al futuro profesional del alumno y descartan por inútil cuanto no contribuya a él. Prima el interés por la formación -o quizá deformación- práctica en perjuicio del saber tal como fue concebido desde la Antigüedad clásica. Dicha degradación afecta hoy a casi todas las materias universitarias: se trata de hacer carrera y de manejar útilmente los instrumentos que la fomentan. El pragmatismo reinante en las escuelas e institutos de nuestra península explica el lento, pero imparable, declive del alumnado que ingresa en el alma mater . Cualquier profesor titular de las disciplinas humanísticas puede atestiguar de la verdad de cuanto digo. Como me confió uno de ellos, los estudiantes, que hace 25 años leían a Descartes y a Kant, los conocen hoy sólo de nombre y no saben deletrear ni escribir correctamente los de Nietzsche o de Schopenhauer. Desdichadamente acaece lo mismo en el campo de la literatura.
Rentabilizar el saber conviene sin duda al alumnado de las llamadas Ciencias Empresariales o al de la formación de cuadros administrativos; pero, aun en el terreno de las ciencias, especialmente en el ámbito de la investigación, la realidad no es más brillante. Como el protagonista de Tiempo de silencio que soñaba en emular a Ramón y Cajal, los estudiosos que no quieren desmedrar de por vida en un consultorio médico de provincias deben emigrar a Alemania o a Norteamérica o ingresar en la plantilla de alguna empresa privada. La prensa aireó hace unos meses la carta en la que los investigadores de diversas disciplinas denunciaban la falta de recursos disponibles para llevar a cabo su tarea. La investigación per se es un lujo o una rareza y no cuenta con el indispensable sostén de becas y ayudas estatales. En países científicamente más avanzados que el nuestro, el estudiante puede elegir entre el acceso al saber desinteresado y su sometimiento a los intereses de la gran industria. Los que asumen la primera opción denuncian, por poner un ejemplo de actualidad al alcance de todos, las causas del inquietante cambio climático, obra del hombre, con datos irrefutables y nos predicen un porvenir sombrío; quienes escogieron la segunda intentan desmentir las predicciones con argumentos rebatibles y diluir así la responsabilidad en la emisión del dióxido de carbono de los grandes consorcios que les remuneran.
Sin llegar a un dilema tan acuciante en términos de ética y de responsabilidad social como el que acabo de exponer, dado el escaso provecho en juego, la alternativa se plantea también en los estudios de humanidades (literatura, lenguas, historia, filosofía): hacer carrera o buscar el conocimiento más allá de la verdad establecida y de los dogmas acatados. Ciñéndome al terreno de las letras peninsulares, quien se adentra en ella con ánimo de labrar tierras nuevas topa de inmediato con los límites impuestos por la tradición nacionalcatólica y la existencia de esos tres campos tabúes que señaló con precisión, hace ya algunos años, Francisco Márquez Villanueva: el carácter mudéjar de la literatura castellana en sus tres primeros siglos; la importancia decisiva del problema judeoconverso; y el extrañamiento del tema erótico no obstante el puesto central que ocupa en los Cancioneros y en la obra de Rojas y Delicado: bastantes veces me he extendido en estos temas y, para no repetirme, los dejo ahora de lado.
Los investigadores en el ámbito de la historia, las lenguas y la literatura, ya sea en España, ya en las universidades norteamericanas en las que tanto aprendí gracias a maestros del orden de Américo Castro, Vicente Lloréns, Albert Sicroff, Stephen Gilman o Márquez Villanueva, conocieron o conocen mejor que nadie las dificultades que acarrean la ruptura con el saber rutinario y el ejercicio individual de los que se resuelven a pensar por su cuenta. Se tilda de heterodoxos a quienes no discriminan a determinados autores y obras y se proponen ampliar el canon de la narrativa o de la poética impuestos por la mojigatería y el esencialismo identitarios. El saber no rentable conduce las más de las veces al aislamiento y la marginación. No hay tribunales del Santo Oficio ni censura estatal como en tiempos de Franco, pero las medidas profilácticas, el cordón sanitario del que habla Marcel Bataillon en su obra sobre Erasmo y los erasmistas, actúan aún de modo subrepticio en el ámbito de nuestros estudios. Resultado de ello es el anquilosamiento o fosilización del conocimiento. Ocultar realidades molestas conduce a falsificar los hechos y a un saber paticojo, obras de misoneístas e ideólogos, sin equivalente alguno en el ámbito de la cultura occidental.
Aquí también el saber desinteresado es empresa quijotesca: el ataque pluma en ristre contra los molinos de viento de una supuesta verdad protegida por la ley del silencio castiga al investigador temerario. Los que no doblan prudentemente el espinazo ascienden difícilmente en el escalafón. A lo largo de casi cuarenta años, he ido acumulando pruebas de esa "Inquisición inmanente" de la que habla Unamuno. El favoritismo y espíritu de clan dominan aún en algunas Facultades, como en la época de la dictadura. La transición política que cambió el rumbo de nuestra sociedad no ha sido acompañada, sino en sus aspectos más superficiales y mediáticos, de una transición cultural, y me pregunto si esta se producirá algún día, cuando ya no esté aquí para celebrarlo. Saber y carrera académica son cosas distintas y a menudo incompatibles. Todos los amantes de las artes y las letras sabemos que en un momento u otro de nuestras vidas nos hemos visto en el dilema de escoger entre uno y otra.
Pero vuelvo al hilo de mi discurso: el del saber desinteresado, ya sea en el campo de las ciencias, ya en el de humanidades. Mencionaba antes el fracaso del personaje de Tiempo de silencio en su alternativa de elevarse al rango de un investigador digno de nuestro Nobel de 1959 por sus estudios sobre las enzimas: fracaso del héroe que se transmuta como en El Quijote en el triunfo innovador del autor. Pero el modelo más libre del amor a un saber no rentable me lo procuró por aquellas fechas el escritor español contemporáneo que me merece mayor aprecio: hablo de Rafael Sánchez Ferlosio. Después de esa pequeña joya literaria titulada Industrias y andanzas de Alfanhuí y del éxito de El Jarama , abandonó de súbito su prometedora carrera novelística para entregarse por entero, durante bastantes años, a lo que entendemos hoy por gramática transformacional después de la publicación por Noam Chomsky de Aspectos de la teoría de la sintaxis . Lo que pudo aprender en su camino solitario por una terra incognita no lo sabremos nunca de forma directa, pero el aliciente del saber desinteresado, fruto de su aguijadora curiosidad y afición a disciplinas tan diversas como las que imantaban a los eruditos y monjes del Medievo, lo adivinamos en cuanto que calamos en obras a la vez armoniosas y dispares como Vendrán más años malos, Esas Yndias equivocadas y malditas, Testamento de Yafoz o La forja de un plumífero , alquitarado en el filtro de una libérrima conjunción de lecturas sin ambición profesional alguna.
El ejemplo de Ferlosio, de su estimulante excentricidad, me ayudó en los últimos treinta años a "perder el tiempo". Cuando digo esto, me refiero a mi aprendizaje intuitivo y caótico de lenguas, tradiciones y culturas que no me ha procurado un currículo académico ni contribuido sino ocasionalmente a la formación de mi poética novelesca a partir de Don Julián. Si revelara que he perdido -o ganado, no lo sé- más horas de mi vida en mis calas desordenadas en el árabe dialectal del Magreb o en el que llamo irónicamente "turco de Tarzán" -en razón de no haber logrado superar las dificultades, para mí insalvables, de sus tiempos verbales- que en mis empeños de escritor a secas, y sin alcanzar por ello el rango de arabista ni el de turcólogo, no dudo que muchos me lo reprocharían o me manifestarían su incomprensión. No obstante, la llave de estos saberes no rentables me permitió el trato directo con gentes, a veces analfabetas o poco instruidas, cuya sabiduría, despreciada por los educados con criterios utilitarios, me enriqueció. Aprender las variedades idiomáticas o acentuales de la darixa , sus injertos en lenguas extranjeras (tamazihgt, francés, español), su inventiva popular, a través de metáforas o metonimias, sus baladas, chistes, refranes, me ha proporcionado conocimientos preciosos tocante al castellano y a las tradiciones que la Unesco ha proclamado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. En virtud de mi interés no profesionalizado por las últimas, entré en contacto, durante los cuatro años que presidí un jurado compuesto de antropólogos, lingüistas y musicólogos, con una gran variedad de culturas aún vivas, pero amenazadas de extinción, de Asia, África, Iberoamérica y Oceanía. Perdí -o gané, no lo sé- muchísimas horas en el examen de las candidaturas presentadas, candidaturas que me abrían la entrada, como ganzúas, a mundos desconocidos, con sus cosmogonías, ritos y épicas orales. Concluido este lapso, tan iluminador para mí, de una diversidad humana paulatinamente embalsamada en los museos de Occidente en donde se almacenan los restos de las culturas ya extintas, no he cesado en mi empeño por eludir el conocimiento rentable que conduce, en palabras del autor del ensayo que parafraseaba al comienzo de mi exposición, "a saber más y más cosas y cada vez menos y menos importantes". La reciente lectura de la Recopilación de refranes andalusíes del morisco españolizado Alonso del Castillo me deparó por ejemplo la grata sorpresa de hallar entre ellos algunos que pasaron a nuestro idioma, otros al dialectal marroquí y un puñado a ambas lenguas. El trabajo no era mío sino de dos amigos arabistas, pero me alborozó como si fuera propio. El viaje de las palabras y su adaptación a la fonética de otras lenguas es para mí tan cautivador como lo fue hace siglos la cartografía de los navegantes aventureros.
Termino aquí. El saber instrumentalizado condigno a una carrera brillante dejó de interesarme hace mucho tiempo. Una charla de café con amigos marrakchís -poco instruidos pero dueños de una envidiable inventiva verbal- se adapta a mi manera de ser: a una concepción de la vida ajena a toda gloria académica. A mis setenta y seis años sigo aprendiendo palabras, palabras y más palabras como un colegial, aun a sabiendas de que desaparecerán inexorablemente conmigo. No sé si ello es un síntoma de inquietante inmadurez o el resultado de la divisa socrática grabada en el frontón de Delfos y que traducida a nuestra lengua reza simplemente: conócete a ti mismo.
<b> adn*GOYTISOLO </b>
<b> adn*KIHLEN </b>




