
Aportes de Bélgica al patrimonio
Mucho antes de que la perestroika y la glasnot fueran un hecho, el arte unió a Rusia y a los Estados Unidos en una formidable exposición de intercambio entre las colecciones de Catalina La Grande y las del Met neoyorquino, con el eslogan "el arte derriba fronteras porque habla un idioma universal". Esta dinámica vuelve a ser realidad con la visita del príncipe Felipe de Bélgica, que más allá de la intención de impulsar negocios entre ambos países resultará una oportunidad única para revisar el patrimonio arquitectónico de Buenos Aires, enriquecido por el aporte de los arquitectos belgas.
Este será el tema de la exposición, organizada por la diputada Teresa Anchorena, que se inaugurará hoy, a las 18, en el hall central de la Legislatura de Buenos Aires, con la presencia del príncipe Felipe, duque de Brabante y de descendientes de familias belgas radicadas en la Argentina. Curada por Fabio Grementieri y con fotos de Xavier Verstraeten, la muestra revisa varios edificios de Buenos Aires que llevan la firma de profesionales belgas. Va como ejemplo máximo el Teatro Colón; la central eléctrica de Puerto Nuevo, que se eleva como una catedral frente al río; el palacio de aguas corrientes, sobre la avenida Córdoba (fabuloso edificio que fue traído pieza por pieza); el teatro Opera; la embajada de Brasil y la Fundación Bunge & Born, entre otros.
Anchorena destacó la larga relación cultural entre la Argentina y Bélgica, marco auspicioso para una visita que no comienza ni termina en cuestiones de balanza comercial.
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Felipe tiene 48 años y fue educado por su tío, el rey Balduino, que lo imaginó su delfín, pero su repentina muerte, en 1993, cambió los planes. Mientras espera su turno en medio del fuego cruzado que divide Bélgica entre los flamencos al Norte y los valones al Sur, Felipe asumió la presidencia de honor de la oficina belga de Comercio Exterior.
En ese papel, escoltado por un centenar de empresarios, ha llegado al país. Se sorprenderá hoy al descubrir cuántos lazos más poderosos que el dinero -tan volátil en medio del tembladeral financiero mundial- nos unen a Bélgica. Según Grementieri, el clímax de la relación con Bélgica llegó antes de la Primera Guerra Mundial, cuando nuestro país, en la apoteósis del granero del mundo, proyectaba obras monumentales, como el Palacio de Aguas Corrientes para albergar un sistema de tanques y el Teatro Colón, al que el belga Jules Dormal completó y dotó de la mejor acústica del mundo.
aarteaga@lanacion.com.ar
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