
Arquitectura mágica
El enigma, el tiempo detenido, la precisión y la armonía, caracterizan la pintura de Roberto Aizenberg reunida en la muestra de galería Ruth Benzacar
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En la galería Ruth Benzacar se presenta una muestra de Roberto Aizenberg (1928-1996), uno de los pintores argentinos más notorios de la segunda mitad del siglo XX. En la década de los cincuenta ya era el artista joven que despertaba mayores expectativas entre quienes buscaban, en las derivaciones de las poéticas del surrealismo y de la Scuola metafisica, una vía válida para sus experiencias.
Desde que encontró su camino en el taller de Juan Batlle Planas, Aizenberg realizó sin claudicaciones una obra penetrada por la poética de la metafísica. Sus cuadros, en esta vía, alcanzaron un notorio grado de abstracción, de orden y de armonía. En ellos todo está representado con sobriedad, de manera contenida; objetos, personajes y arquitecturas muestran siempre una extraña inmovilidad que remite a un desconocido tiempo detenido. Parece la quietud que precede a la revelación, a la aparición inesperada, al prodigio.
Después surgieron en su iconografía los edificios con ventanales vacíos, idénticos, y las altísimas torres, siempre inmersos en una peculiar atmósfera, silenciosa y conmovedora. Entre las pinturas de Aizenberg también hay paisajes, en los que se adivinan ciudades imaginarias con cárceles, fortalezas y viviendas. En las terrazas de los edificios pueden encontrarse desconocidos personajes: un hombre, un niño o un viejo con un chico. En las urbes ficticias los templos parecen herméticos, clausurados. Otras telas representan altísimos acantilados con estratos geológicos o con superficies carcomidas. Los personajes, edificios y objetos están iluminados con una luz crepuscular, como si los prodigios sólo acontecieran al atardecer, un momento en el que se percibe una notable transparencia en la atmósfera. El espacio ilusorio, obtenido con el plano de la tierra, los horizontes y los cielos pintados con gradaciones de oscuro a claro facilitan ese clima singular de irrealidad.
Las esculturas que Aizenberg realizó con diversos materiales aparentan ser austeros monumentos monolíticos; también hay estatuas con rasgos antropomórficos geométricos. Los dibujos de figuras humanas, diseñadas sólo con las ropas vacías agitadas por el viento, participan del extrañamiento de los personajes que habitan en los óleos. Los cuadros abstractos de la década de los sesenta, una suerte de geometría mágica, con formas únicas que se repiten de infinitas maneras, poseen un poético encanto, en parte otorgado por el color, aplicado sutilmente con transparencias.
Enigmas insondables
Las pinturas de Aizenberg, en general pequeñas, están admirablemente ejecutadas. En más de una ocasión, se destacó la cualidad artesanal de estas obras, sobrias, sin rastros de errores ni vacilaciones, condición que no se vincula sólo con la búsqueda del dominio absoluto del oficio; es una cualidad que corresponde exactamente al contenido. Por otra parte, al término de la contemplación nunca aparece un significado secreto, una narración, una fábula. Son enigmas insondables. El placer de la comprensión, para el contemplador, se sustituye, en parte, por el misterio; también por el propio valor de la belleza formal. Son cuadros que siempre tienen algo más que decir, con ellos nunca se llega al fondo.
En 1954, en la galería Wilensky, Aizenberg exhibió por primera vez junto a varios condiscípulos del taller de Batlle Planas. En esa oportunidad presentó una obra paradigmática de su producción temprana: Incendio en el Colegio Jasidista de Minsk en 1713. Recién cuatro años más tarde, en la galería Galatea, expuso de manera individual un conjunto de dibujos y collages.
En esa época, cuando Aizenberg era un "artista emergente", se vivía en Buenos Aires un clima de renovado interés por el surrealismo, como lo denota el recordado debate que sobre la actualidad del movimiento se desarrolló, en 1955, en la Asociación Ver y Estimar. Participaron, no sin diferencias, Jorge Romero Brest, Juan Batlle Planas, Guillermo de Torre, autor de Historia de las literaturas de vanguardia, y Félix Gattegno, un francés que dirigía la galería Galatea. Por otra parte, en 1952 comenzó a publicarse A partir de cero, una revista exclusivamente surrealista, fundada por Enrique Molina y Aldo Pellegrini. Todavía entre 1958 y 1960, Julio Llinás editó Boa, revista de orientación surrealista dedicada a la poesía y a la plástica.
La precisión cronológica es necesaria para reparar algunos errores que se deslizaron en el texto de presentación incluido en el catálogo. Por otra parte, la excesiva cantidad de pinturas exhibidas no es propicia para la contemplación pausada y atenta que requieren las sutiles pinturas de Aizenberg. Tampoco parece adecuada la inclusión de obras de otros artistas entremezcladas con las del homenajeado (Batlle Planas, Sergio Avello, Ernesto Ballesteros, Rogelio Polesello y Pablo Siquier). La curaduría estuvo a cargo de Nicolás Guagnini, un artista plástico argentino residente en los Estados Unidos.
De manera inevitable, la muestra suscita otra observación: el tema del marco, al que Aizenberg siempre atendió con cuidado. La exhibición de los cuadros sin ese complemento dificulta la percepción de la pintura. El marco es necesario en los cuadros con "espacios ilusorios" que recuerdan la famosa metáfora de la ventana, definida en el Renacimiento. Los problemas del marco y los límites de la percepción son bien conocidos; a lo largo de siglos fue analizado por pintores, filósofos e historiadores del arte (de Nicolás Poussin a Immanuel Kant, de José Ortega y Gasset a Jacques Derrida).
En 1969 Roberto Aizenberg presentó una gran exposición retrospectiva en el Instituto Di Tella. Fue consagratoria; el éxito obtenido confirmó el lugar preeminente que había alcanzado a sus cuarenta y un años. Las décadas transcurridas no disminuyeron la experiencia estética provocada por sus pinturas, por el contrario, la ampliaron.
(Galería Ruth Benzacar, Florida 1000, hasta el 15 de noviembre)




