
Badii, moderno y clásico
La galería Roberto Andrada, inauguró con una gran muestra consagrada a Libero Badii; dialogan en un mismo espacio las obras de Oscar y Emilio Capristo
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Con una muestra digna de engalanar cualquiera de los más prestigiosos museos del mundo, abre sus puertas al arte argentino el ya reconocido anticuario Roberto Andrada, en compañía de su esposa Martha Parisi, no por casualidad ambos museólogos.
El tema de la muestra son las obras del ya desaparecido escultor Líbero Badii y se compone de bronces, collages, aguadas, pasteles y témperas. Dos de las esculturas revisten el carácter de obras maestras e invitan a ser incorporadas a nuestros mayores museos; me refiero a La Gloria , un bronce de 1960-62 y La libertad .
Sabemos que a Badii le encantaba expresar sus pensamientos en pequeños libritos que editaba periódicamente. Extraemos: "Por qué vuelves a la vida? Comprendo. Uno se cansa de todo. También de estar muerto". "Para ser moderno necesito ser clásico", y aquel que expresa su posición estética: "El siniestrismo": "Lo siniestro es una presencia nueva del sentir emotivo".
Sabemos que Badii identificaba ese sentimiento nuevo con el sentimiento de americanidad como distinto del sentir europeo. No en vano Ginastera tituló su Cantata A la América mágica . Y Badii agrega: "Magia-Misterio es otro pilar de lo siniestro". Para los no iniciados esas superficies carcomidas del bronce podrían sugerir algo negativo; sin embargo, y al estar integradas con el resto de la superficie, son apenas recordatorios del dolor humano y las dificultades de cualquier conquista espiritual significativa. Tanto las témperas que van de 1986 a 1991 como los collages (1966 a 1974) y los pasteles nos muestran al Badii más lúdico, más amable, más alegre. El empleo frecuente de los colores primarios alegran el alma del contemplador. Custodian la pureza de la niñez en sus equivalentes cromáticos. Ello nos recuerda a Picasso: "Lo difícil no es pintar como niño cuando se es niño; lo difícil es hacerlo cuando somos adultos".
Visitar la muestra de Badii es salir con el espíritu reconfortado. Un modo de atravesar airosos las épocas difíciles, recordándonos el aspecto eterno de nuestro ser, tal como se manifiesta en este moderno-clásico. Hay un espléndido libro sobre Badii del artista y crítico Federico Martino.
(En Galería Andrada, Quintana 20, hasta el 28 de este mes.)
Dos generaciones
El maestro Oscar Capristo, ya octogenario, ha cumplido todas y cada una de sus etapas con igual probidad y talento. Ya decía Picasso que un artista es alguien parado frente a dos espejos en los que se reflejan múltiples imágenes; ninguna es mejor que la otra, son edades distintas a las que corresponden expresiones distintas. Pese a eso, pienso válido reconocer que con los años (bien aprovechados) es mayor la profundidad de lo que cada creador agrega. Por eso y sin desmerecer su valiosa etapa geométrica, creo que estas últimas manifestaciones de la paleta de Oscar consiguen, dentro de la figuración paisajística o la de su autorretrato, una síntesis que penetra en la interpretación de la naturaleza, aprovechando toda la sabiduría de sus impecables abstracciones de círculos en el espacio.
Las fuentes de inspiración agregan a su ya importante serie de Colonia nuevas versiones del Tigre, una región que ya inspirara a maestros de la talla de Horacio Butler. Tan sólo que los trabajos de Oscar Capristo escapan, cualquier otra versión que no sea la suya. Se trata así de un recorrido por esta muestra destinada al deleite del contemplador que ame la buena pintura; obras de maestro de maestros que hablan con elocuencia de la jerarquía mundial de la Escuela de Buenos Aires.
Acompaña la muestra de su padre el platero Emilio Capristo, que nos deslumbra con sus piezas criollas trabajadas en plata. Así desfilan mates, estribos, rastras, cuchillos verijeros, hebillas y espuelas, para culminar con dos dagas de pelea, una de las cuales es el típico facón de duelo al que dediqué estos versos: "Conozco tu recato/ Sin atreverme/ Al secreto de tu cuerpo.// Pulcritud de justicia/ Impuesta desde el brazo/ Cuando el bien/ Era el coraje y la destreza/ Y Dios ordenaba vida/ Al capaz de conservarla.// Sé que te ha llegado el calor de mis dedos/ Temblorosos de respeto/ Por los que te devolvieron la luna/ El honor en su sitio/ O la sombra negra del rancho/ Para disputar el abrazo/ Que bien vale la sombra.// Acompañe el silencio/ Esta muerte de plata/ Que desfila por mi mano". La belleza de esta magnífica platería del artesano-artista nos recuerda las glorias del pasado y nos empuja hacia las del porvenir.
(En Galería van Riel, Talcahuano 1257, hasta el 29 de este mes.)
Densidad plástica
La principal virtud de Gabriela López Herrero es la plasticidad de su obra. No me parece casual que trabaje el óleo sobre lienzo ajustándose de este modo a las expresiones más tradicionales del arte pictórico.
Sus temas pasan por el paisaje y la naturaleza muerta. En el paisaje su composición es invariablemente acertada y, ya sea capturando la atmósfera de un canal o de una fábrica, aparece siempre la digna heredera de Edward Hopper, no por casualidad uno de los genios del arte del siglo XX. Las masas de árboles, los primeros planos de tierras, en todo momento mantiene el rigor de un espíritu tan tesonero como de alto vuelo.
En las naturalezas muertas se destacan aquellas en que opta por menor número de formas, recordándonos el dictado de Ingres: son mejores pocas formas grandes que varias chiquitas.
Haciendo esta salvedad, justo es reconocer que la artista mantiene siempre esa densidad plástica que señalé al comienzo, ratificando su talento creador. Gabriela López Herrero es ya pintora consagrada por premios y numerosas muestras individuales así como colectivas. Se trata de una digna representante de la Escuela de Buenos Aires.
(En Galería Arroyo, Arroyo 834, hasta el 29 de junio.)
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