Bellas para siempre

A un siglo de su nacimiento, la National Gallery de Londres rinde homenaje a Cecil Beaton, el fotógrafo que logró eternizar el instante de plenitud fugaz
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25 de abril de 2004  

El 14 de enero se cumplió un siglo del nacimiento de Cecil Beaton, uno de los más grandes artistas del siglo XX. Para conmemorar el aniversario, la National Portrait Gallery, de Londres, organizó una importante muestra con sus retratos. Entre el centenar de fotografías presentadas --apenas una pequeña parte de su enorme producción-- abundan las maravillas, las obras maestras, las fotografías que significaron un hito en la historia de la imagen.

A semejanza de su amigo Jean Cocteau, Beaton fue un artista múltiple: además de fotógrafo, fue un dibujante original y se destacó desde muy joven como escenógrafo y vestuarista. Intervino en la producción de decenas de óperas, piezas de ballet, obras de teatro y películas, dos de las cuales (Gigí, 1957, y My Fair Lady, 1964) le valieron tres Oscar. También se dedicó a la actuación. Casi desde niño sintió que el mundo del teatro era el suyo y cuando comprendió que estaba en pleno dominio de su talento, intentó una tarea quijotesca: transformar el mundo en su teatro.

También estaba dotado para la escritura. Son exquisitas sus crónicas de un mundo sofisticado, irónico, a veces mordazmente cruel, siempre culto y glamoroso, ya ido para siempre. Para él, como para su ídolo Oscar Wilde, la belleza es algo perfecto, que le da sentido a ese caos de las sensaciones que llamamos mundo. La belleza brilla apenas un instante. En ese instante entrevemos un absoluto que no dura, que se desvanece, pero que hace que valga la pena vivir para gozarlo.

Como Beaton consideraba que la belleza es perfecta, opinaba que ningún ser humano puede ser completamente bello. La belleza es obra del artista, no del mundo. El papel del artista, según él, consiste en producir imágenes bellas partiendo de la materia viva, corruptible. "Mientras los fotografío y están bajo la luz del estudio --escribió en su diario--, para mis modelos el tiempo se detiene y puedo obtener una imagen hermosa. Pero cuando la luz se apaga, el tiempo vuelve a correr y los cuerpos siguen su camino hacia la muerte. Sólo la fotografía los muestra eternamente perfectos."

En sus diarios han quedado las pistas que permiten reconstruir su singular mirada artística, que diseccionaba de un golpe de vista a su interlocutor, por maravilloso, distante o perfecto que pareciera. De Greta Garbo, por ejemplo, dijo que tenía las manos de una lavandera y que sus piernas y tobillos eran los más feos que recordase.

Por otra parte, Beaton creía que la belleza es patrimonio de todos. Cualquiera puede tener algo bello, sin embargo, son muy pocos los que saben aprovecharlo, hacer de ello un punto central de su vida: esta cualidad es únicamente privilegio de las estrellas y de la gente que tiene carisma. El príncipe de Windsor, por ejemplo, le pidió que lo retratara de perfil izquierdo; "Es el bueno", le dijo; y el fotógrafo apunta en sus memorias que Eduardo tenía razón.

Cecil Beaton había nacido en Londres, en el seno de una próspera familia de comerciantes madereros. Fue el mayor de cuatro hermanos. Según cuenta en sus memorias (publicadas en 1951 bajo el título de Photobiography), a los tres años decidió que quería ser fotógrafo cuando vio la postal de una actriz, mientras jugaba en la cama de su madre: la imagen lo maravilló. A los nueve años ya tomaba fotos, ayudado por la institutriz de sus hermanas menores, una fotógrafa amateur. Ella fue quien le enseñó casi todo sobre iluminación y sesiones de retrato, además de los aspectos técnicos básicos.

En 1922 comenzó a estudiar artes en Cambridge, pero sus dos amores (el teatro y la fotografía) pronto lo alejaron de la carrera académica. Dos años después diseñó su tercera escenografía completa. Esos dibujos fueron exhibidos en la Bienal de Venecia de 1928, cuando Beaton festejaba sus 24 años.

En 1926 realizó su primer gran retrato, uno que haría época: fotografió a la escritora Edith Sitwell como si fuera una escultura funeraria de la Edad Media. Al año siguiente ingresó como fotógrafo y dibujante permanente en Vogue, revista a la que permanecería ligado varias décadas. Sus trabajos para este medio se han convertido en clásicos de la fotografía de modas.

A fines de los años 20 viajó varias veces a los Estados Unidos y amplió su contrato con Condé Nast (editora de Vogue), lo que lo llevó a publicar también en Vanity Fair. Para esta revista fotografió a las estrellas de Hollywood, desde Gary Cooper a Marlene Dietrich. Beaton se movía como pez en el agua en un ambiente que asocia el glamour y la sofisticación con la irreverencia y el escándalo. Estaba en el centro de todas las fiestas, incluso las más exclusivas, como las celebradas en la mansión San Simenon, del magnate William Randolph Hearst, quien inspiraría el personaje central de la película de Orson Welles El ciudadano.

Al cumplir los 30 ya era el retratista preferido del mundo de la moda, del cine, del teatro, de las artes visuales, de la literatura y de la música. Faltaba la realeza, pero por poco tiempo. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Beaton se convirtió en el fotógrafo oficial de los Windsor. Una foto suya, tomada durante uno de los bombardeos nazis a Londres, presenta a George VI, la reina madre, y las princesas Elizabeth y Margaret, reunidos todos en torno al álbum de fotos de la familia. Por primera vez la casa real se mostraba en la intimidad, como una forma de transmitir a sus súbditos que estaban acompañándolos en esos difíciles momentos.

La carrera fotográfica de Beaton abarca casi cinco décadas, y él permaneció siempre en el centro de la escena. En la década del 60, cuando el culto por la juventud se convirtió en universal y se produjo una masiva irrupción de nuevos talentos y estilos radicales, Beaton fue uno de los pocos de la vieja guardia que sobrevivió. Desde David Hockney hasta Richard Avedon, pasando por Andy Warhol y Mick Jagger, fueron legión los nuevos artistas que posaron para él. Los nuevos artistas encontraron en él esa visión única, completamente original y a la vez ya clásica, que había fascinado a quienes, como el fotógrafo norteamericano Irving Penn, se habían inspirado en su obra ya en los años 40.

Esa capacidad de correr los límites, de crear un mundo tan exquisito como inquietante es lo que sigue fascinando a los artistas más actuales, incluso algunos tan diferentes entre sí como Mario Testino o Wolfgang Tillmans. A comienzos de los años 90 --una década después de la muerte de Beaton-- su influencia seguía vigente y en relación con las producciones más audaces. Por ejemplo, el fotógrafo Johnnie Shand Kydd presentó su reportaje fotográfico sobre los nuevos artistas ingleses (YBA), los que escandalizaron al alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, con la muestra Sensation, que mostraba una clara sintonía con los retratos del grupo de los Jóvenes Artistas Británicos que Beaton realizó en los años 20.

Beaton tenía una mirada singular para cada retratado, no hay nada que los unifique salvo esa inspirada individualidad. En el retrato de Marianne Moore junto a su madre (1946) se ve la infinita tristeza que embarga a la escritora, casi a punto de llorar. En la fotografía de Gertrude Stein y Alice B. Toklas, el primer plano ocupado rotundamente por Gertrude dice mucho del manejo del poder en esa pareja de mujeres que cobijó a los vanguardistas de principios del siglo XX. En el cuidado por los detalles de cada uno de sus trabajos brilla la genialidad de Beaton. Se cuenta que cuando estaban filmando My Fair Lady, le envió al director del film, George Cukor, una serie de minibiografías para que pudiera imaginar con precisión a cada uno de los personajes. En las panorámicas de la carrera de Ascot, una escena esencial en la película, Beaton imaginaba esa escena como si fuera un baile en la casa de los Guermantes, uno de los momentos más importantes de la novela En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Como Proust, Beaton entendió que para el ojo atento el mundo comienza a diluirse en el momento preciso del éxtasis.

(En la National Portrait Gallery, Londres, hasta el 31 de mayo. Más información: www.npg.org.uk )

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