
Belleza americana
Alfredo Portillos recrea la vida cotidiana, la imaginería, los mitos y los objetos simbólicos, desde una perspectiva antropológica
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Si bien los mitos suelen tener un alto contenido metafórico, no son ficciones que se apartan de lo diario y suelen estar ligados a las preocupaciones más profundas. Su imaginería revive costumbres, creencias e ideas enraizadas en una cotidianidad que Alfredo Portillos interpreta a su modo y que se refiere particularmente al mundo americano.
Instalaciones, videoinstalaciones, pinturas, dibujos, esculturas y objetos que viene realizando desde hace más de medio siglo componen su muestra De la muerte a la vida. Se trata de una retrospectiva de características inusuales que destaca lo relacionado con la imaginería popular desde un punto de vista que puede vincularse con lo antropológico.
Los rituales y las ceremonias de los indígenas constituyen una parte de esos trabajos, que superan el campo de la estética. En particular, las culturas de América con sus propios objetos conforman ese mundo colmado de símbolos, referencias directas o testimonios en el que suele aparecer el concepto de la muerte, como en la serie de 1981, en el que usa animales, o en la "Serie de las momias", de 1986. Tales seres u objetos son a veces restos testimoniales y, en otros casos, reproducciones; su finalidad responde en cada oportunidad a la del contexto creado por el artista y, consecuentemente, al significado que éste le atribuye. No se trata de copiar la acción ceremonial, sino de contextualizar sus utensilios por medio de semejanzas y oposiciones. Los mismos objetos no tienen igual sentido en un ritual que en un museo. En ese ámbito, en todo caso, son signos que le atribuyen un significado al valor de otros objetos, los que tienen un sentido mágico, simbólico o de cualquier otro carácter para los participantes de la ceremonia. En el libro Del pop-art a la nueva imagen, Jorge Glusberg, uno de los integrantes del llamado inicialmente Grupo de los 13, que también integró Portillos, resume sus principios y analiza profundamente sus ideas.
"Rediseñar la cultura" es el propósito de Portillos, una de las figuras más raras e interesantes de nuestro arte. Más allá de sus atuendos, que reflejan exteriormente su personalidad excéntrica, hace tiempo que viene preparando su cuerpo para el momento final mediante comidas especiales y tatuajes diseñados por distintos artistas que se conservarán en su piel como aporte de la estética al campo social. Vale la pena reseñar algunas referencias de su biografía. Hijo de españoles, nació en 1928 y a los once años, ingresó en la orden de los jesuitas, en la que no llegó a investirse; dejó el seminario e ingresó en la Universidad de Tucumán, de donde pasó a La Rioja. Allí trabajó como profesor, fundó la Escuela Superior de Diseño y Técnica Artesanal, de la que fue rector, y actuó como director del Museo Municipal de Bellas Artes. Influido por un sentimiento místico que lo acercaba a América latina se apartó de lo europeo para acercarse a lo euro-americano.
La muestra está dividida en varias partes, cada una de las cuales se refiere a un período diferente, aunque las une el mismo hilo conductor; más allá del tema, están las ideas del propio Portillos, interesado en modificar ciertas estructuras en distintos niveles y en criticar las intervenciones contemporáneas que modifican esa realidad a veces con superficialidades o los cambios que introducen las culturas foráneas.
Por el término de una década, que comenzó aproximadamente a mediados de los años cuarenta, hizo una pintura figurativa de corte espiritualista, en la que prevalece el tema de la muerte. Vino después un período dedicado al desarrollo de las formas en el espacio donde se advierte un acercamiento escultórico a la geometría, en especial al arte concreto, aunque también revela una aproximación a la geometría sensible y, finalmente, una época en la que proliferan las instalaciones que se alternan con los videos.
(Hasta el 31 de agosto, en la Fundación Andreani, Suipacha 272.)
Contrastes: el azar y la duda
Cinco artistas españoles integran una exposición de variada presencia estilística y formal. El común denominador es, justamente, el variado repertorio de técnicas del que disponen los integrantes de la muestra, dispuestos a transitar caminos híbridos.
Hay fotografías mezcladas con pintura, como sucede con las obras de Monserrat Soto (Barcelona, 1961) o las de Darío Basso (Caracas, 1966); trabajos como los de Paloma Peláez (Zamora, 1958) o Marta Cárdenas (San Sebastián, 1944) logrados artesanalmente, hasta esculturas y objetos, como los de Lucía Onzáin (Bilbao, 1964).
Hay, también, criterios dispares en los temas y estilos que identifican a los artistas. El resultado es un panorama que se caracteriza por su configuración heterogénea y deshilvanada. Se rechaza la coherencia tanto en la selección de los artistas como de las obras o todo aquello que tienda a la unidad. Señala el comisario de la muestra, Javier Timerman de Palma, que la intención es representar la aceptación de diferentes posibilidades simultáneas de enfrentarse al hecho artístico y la negación de un modo de ver sobre los otros. Así, concederle el mismo valor a cualquiera de las imágenes responde a una "indecisión voluntaria" cuyo fin es poner en tela de juicio el status de exposición cerrada y cuestionar el pensamiento único. "Contrastes (el azar y la duda)" se aleja de todo lo que no sea un argumento de selección sustentado por la calidad y la autenticidad de las obras: "El hombre tiene mil planes para sí mismo; el azar sólo le reserva uno".
(Hasta el 13 de agosto; en el Museo Nacional de Bellas Artes, Av. del Libertador 1473.)
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