
Bioy, a los premios
El Premio Cervantes 1990 recibió en la OEA el Premio Jerusalén 3000, otorgado por la Casa Argentina en Israel Tierra Santa, mientras escribe una novela fantástica, todavía sin título.
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NUEVA YORK.- La novela todavía no tiene título. Se trata de un hombre y una mujer que temen separarse por un viaje inminente al espacio. Finalmente, la nave rumbea con ellos a bordo hacia un planeta desconocido, pero un misil, lanzado desde otro mundo, altera deliberadamente su curso.
Adolfo Bioy Casares (82) piensa que su nueva obra cobrará vuelo propio en el invierno porteño: "Ya tengo el borrador -dice-. Estoy dictándola."
-¿Dictándola?
-Siempre escribo a mano.
-¿No hubo caso ni con la computadora?
-Si no llego a la máquina de escribir, cómo quiere que use la computadora.
-Es un poco más amistosa que la máquina de escribir.
-No tengo ningún motivo para dejar de escribir en mi cuaderno con una lapicera.
-¿Alguna en especial?
-He tenido muchas. Una vez compre una Pelikan. Lo comenté en un reportaje, sin intención de hacer un aviso ni nada parecido. Quince días después vinieron a visitarme unos señores de la compañía que traían varias en un estuche y me pidieron que eligiera una.
-¿Nunca probó con una máquina de escribir?
-Bueno, sí, una vez, en Mar del Plata. Estaba escribiendo una comedia bastante larga. Terminé con un lumbago espantoso. En casa tengo una que pertenecía al estudio de mi padre, abogado. Es una Underwood 1924 que siguen usando quienes vienen a tomar dictado.
-¿Es muy detallista con sus textos?
-Corrijo mucho, sobre todo para que sean de fácil lectura. No pretendo nada memorable, sino que el lector empiece y tenga ganas de continuar. Cuando era joven creía que todas las frases debían tener un final sorpresivo. Con el tiempo comprendí que no había necesidad de sobresaltarlo.
-¿Cómo se las arregla con las correcciones en su cuaderno?
-Saco líneas para abajo.
El hombre y la mujer, periodista él, astronauta ella, caen, según cuenta Bioy. Caen lentamente, procurando salvar las fallas de un complejo paracaídas. Caen lejos el uno del otro, cristalizadas de ese modo sus presunciones más funestas.
Caen en un país en el cual se sienten bichos raros entre seres que no descienden de los monos, como nosotros, sino de los pájaros. Van a parar a un hospital en cuarentena. Cada uno por su lado, como temían.
Bioy, de espaldas a un ventanal de hotel que refleja el Central Park, puro verde, bocina y sirena al filo del mediodía, deshilvana con entusiasmo la trama. El bastón descansa a un costado de él, lejos, como el hombre y la mujer en su novela.
Viene de Washington. En la Organización de Estados Americanos (OEA) recibió el Premio Jerusalén 3000, concedido por la Casa Argentina en Israel Tierra Santa. Es una institución privada sin fines de lucro que inauguró la Casa de las Américas, llamada Interamericana Jerusalén, con el propósito de difundir la cultura del continente en Israel.
La invención de Morel , prologada por el abogado tucumano José Ignacio García Hamilton, autor de Vida de un ausente , impecable biografía novelada o novela biográfica de Juan Bautista Alberdi, será traducida al hebreo y presentada, dentro de poco, en Tierra Santa.
"Me hubiera gustado tener ese prólogo en la edición argentina", confiesa Bioy, Premio Cervantes 1990.
-¿Qué valor tienen los premios?
-Noté, después del Cervantes, que la gente me quería más. Lo que también me hizo pensar que compartimos el premio. Me pasó en España y me pasa en Buenos aires.
-¿Que habría significado el Nobel?
-Un gran desahogo. Que lo atiendan a uno sin hacer cola.
-¿Para qué hace cola?
-¡Qué sé yo! Uno siempre hace cola. Mucha gente tiene deferencias conmigo, pero no todos. El Nobel debe de abrirse paso en todas partes. Lo pone a uno en un pedestal.
-¿Le interesa el pedestal?
-Lo agradecería. ¿Quién no le da importancia a la comodidad?
-Pero usted no necesita premios para ser reconocido.
-Creo que uno puede escribir mal si sólo quiere ganar premios. Uno debe contar las historias que tiene entre manos, y nada más. No es bueno pensar en ulterioridades. Si viene un premio, bien. Si yo hubiera sido un poco más sensible, habría abandonado las letras después de mis primeros libros. Los críticos me aconsejaban plantar papas.
-¿En serio?
-En serio. Y tenían razón. Hoy estoy de acuerdo con ellos. Mis primeros seis libros son los peores del mundo. Después escribí La invención de Morel , algo más decoroso.
Le dan el alta en el hospital. Al hombre de la novela, claro. Bioy cuenta que tiene hambre, que roba algo parecido a un pan, que marcha preso.
En la celda hace buenas migas con uno de esos seres emplumados, pico, alas y, debajo de ellas, brazos y manos. Es un preso político que, después, le brindará albergue y le presentará a sus discípulos.
Hay vigías en el bosque. Desconfían del hombre, capaz de contagiar a la sociedad de ideas contrarias al nacionalismo que impera como sistema.
"La sociedad argentina ha cambiado para bien", advierte Bioy.
-¿Siempre se mantuvo al margen de la política?
-Casi siempre. Cuando no lo he hecho, me he equivocado. Cuando pensé bien de un político, me defraudó con el tiempo. Cuando pensé que debí haber apoyado a alguno, él mismo me convenció después de que había hecho bien en no apoyarlo. Dejo, entonces, que la política esté en otra parte. Si cuento para algo es por lo que escribo.
-¿Usted vota en las elecciones?
-Desde luego, generalmente por el candidato que no tiene suerte.
Intuye el ser emplumado, creado por Bioy, que su amigo corre peligro. Le aconseja que se quede en casa. Sale él. Lo matan. Los discípulos deciden que el hombre debe regresar a su planeta.
"Me levanto temprano -dice Bioy-. Me baño y me afeito largamente. Me pongo contento cuando estoy listo a las 10.30. Escribo hasta la 1 de la tarde. Mi recreo diario es almorzar con alguna amiga en un restaurante. Vuelvo a casa, duermo la siesta y, después, escribo hasta la hora de comer." En el almuerzo, Bioy revela a alguna de sus amigas el cuento que acaba de ocurrírsele: "Estoy pensando en cualquier cosa y, de pronto, descubro uno. Si ella lo escucha con interés, me siento estimulado para escribirlo".
Le debe a una mexicana haber suprimido por un tiempo el sujeto vos . Sonaban mal, para ella, las palabras tenés o salís . Ya superado el trance, los personajes de Bioy hablan sin complejos el idioma de Buenos Aires.
¿Autores favoritos? Chéjov, H. G. Wells, Conrad, Stendhal... Recita de memoria, en francés, un bellísimo poema de Verlaine. Prosas y versos breves, copiados en sus cuadernos en los últimos 60 años, darán vida a un libro que se titulará De jardines ajenos. Un tributo a su buen gusto.
-¿Se puede vivir de la literatura en la Argentina?
-Siempre y cuando uno esté dispuesto a pasar hambre 30 o 40 años.
-¿Cómo hacía para escribir con Borges?
-Era tan fácil... Ante cualquier dificultad siempre estaba el otro. En 1935 o algo así, yo tenía un tío que trabaja en La Martona. Me encargó un folleto seudocientífico sobre el yogur. A 16 pesos por página, buena paga para la época. Como sabía que Borges pasaba estrecheces económicas, le propuse que lo hiciéramos juntos. Nos fuimos a la estancia de mis padres, en el partido de Las Flores. La casa estaba totalmente destruida. En ese comedor, al lado de la chimenea, hacía mucho frío. Nos alimentábamos con tazas de cacao tan espeso que la cucharita quedaba parada.
-¿Y cómo nace Honorio Bustos Domecq, el sello de aquella sociedad?
-No dijimos que sería bueno escribir cuentos. Pasaron tres o cuatro años y, en la casa de mis padres, en Quintana 174, decidimos hacerlo. Borges decía que íbamos a darnos tres días para pensar la historia, pero, después de la primera noche, se impacientaba y comenzábamos.
No puede irse solo el hombre de la novela. ¿Qué habrá sido de la mujer, su compañera de viaje? La encuentra. Y vuelven juntos, en la nave. Destino: Buenos Aires, punto de partida.
Los mandan de inmediato a un hospital en cuarentena, otra vez. Separados, otra vez. Como temían desde el principio.
Bioy no siempre cuenta con aprobación para quedarse viendo una película por televisión hasta la 1 o la 1.30: "La noche es demasiado larga para el sueño de los viejos -sonríe-. Con cuatro o cinco horas ya estamos".
-No puede considerarse viejo alguien tan activo.
-Es que veo los años que tengo y compruebo que la gente tiene la costumbre de morirse a esta edad.
-Bueno, usted podría ser la excepción a la regla.
-Espero serla. Tengo ganas de vivir 150 años.




