
Cartoneros de la cultura
EL CARRITO DE ENEAS Por Daniel Samoilovich-(Bajo la luna)-58 páginas-($ 14)
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La poesía argentina reciente comenzó a referir la escena sociopolítica de los últimos años, desde las miserias y claudicaciones del menemismo hasta la gran crisis de diciembre de 2001 y sus consecuencias. Esa escena, que al entrar en la literatura también se historiza, generó a menudo en la poesía un efecto de relato sobre acontecimientos, personajes públicos o humores sociales reconocibles por el lector. Ello puede verse en muchos poemas de los poetas jóvenes que se iniciaron en los años noventa o en poemas de libros como Lo dado , de Fogwill, Aquel corazón descamisado , de Luis Tedesco, o Mate cocido , de Diana Bellessi. La ironía y la corrosión de la sátira a menudo ofrecieron un tono adecuado para eludir el sentimentalismo y la compasión condescendiente cuando se habla del panorama oscuro de la exclusión y la pobreza. Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949), poeta que también tradujo a Horacio, halla en la literatura latina el atajo satírico en su último libro, El carrito de Eneas , donde la voz del poeta señala a su interlocutor mudo, Marforio, las ruinas de una equívoca Troya. De inmediato, el lector reconocerá en ella su propia ciudad, en donde las calles son recorridas por cientos de cartoneros: "Mira bien, Marforio, allí lo tienes,/ Aquiles exhausto, mas vigilante (...)./ Mira, mira bien en la niebla/ se distinguen los rostros de los héroes:/ Agamenón, con una bolsa negra/ erizada de vidrios, Héctor/ con sus envases de plástico aplastados, Casandra,/ que fue princesa entre los teucros, ahora/ especialista en todo género de latas". La mención de Marforio, un dios fluvial, no es azarosa: en los pedestales de sus estatuas los romanos fijaban, en los siglos XVII y XVIII, epigramas y sátiras de carácter político. Y aquel sabor urbano de la antigua sátira horaciana, que describía su mundo social con insidia, reaparece con deliberación en el tono de Samoilovich.
El libro está dividido en diez secciones estructuradas, en su mayor parte, de acuerdo con el tópico grecolatino que describe las figuras grabadas en el escudo del héroe, tal como Hesíodo describió el de Hércules y Homero el de Aquiles. El "escudo" forjado por Vulcano es aquí el carrito del cartonero Eneas. El recurso había sido usado por Leopoldo Marechal al describir el quimono chino de Samuel Tesler en Adán Buenosayres . La nota humorística, que consiste en describir personajes comunes con parámetros de la alta cultura, sin duda recuerda a Marechal. Pero en éste, la filiación con la epopeya clásica y el humorismo responden a una comicidad que busca, del modo menos solemne, una trascendencia arquetípica. En Samoilovich el gesto es otro: personajes de las "naciones cartoneras" se invisten con las categorías heroicas y las pulverizan en el ridículo. La mitologización no los vuelve ejemplares, sino que les quita patetismo mediante el sarcasmo y así los desnaturaliza para las buenas conciencias.
La descripción de lo que está grabado en el carrito de Eneas articula espacios sociales y materias desechadas: en el barral derecho la escena de la plaza Constitución; en el izquierdo, el de la estación Retiro; en la base, la plaza Miserere. Cada travesaño da ocasión para referirse a las tres materias básicas de la recoleccción: vidrio, lata y papel, llamado "el príncipe de los desechos hogareños". El papel es la materia primordial que recorre el libro, como objeto del reciclado, soporte de los signos que nacen y mueren en los desechos y retornan de otro modo, tal como el propio libro en el cual se lee ese poema. Los versos, en ese mundo donde "el futuro es lo que más rápido envejece /dejando una plétora de residuos excelentes", sólo pueden reciclar la cultura letrada, degradarla en la irrisión y acumularla para un nuevo destino, un nuevo sentido. Pero, a la vez, Samoilovich halla un modo posible de referir en el poema un escenario social acuciante. En su misma eficacia está su riesgo: la inmediatez de la referencia lo restringe en su alcance y el gag literario a veces debe todo su caudal al efecto de la risa, no siempre segura. En su realización se halla su moral estética: que la literatura signifique de otro modo, nada complaciente, lo que vemos todos los días como si fuese algo ya naturalizado y no un escándalo, una deuda, una derrota.
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