
Cervantes en la Argentina
En el país, el estudio sistemático del tema despuntó a principios del siglo XX
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En 1590, las autoridades españolas rechazaron la petición de una vacante en Indias gestionada por quien se convertiría -y no por sus virtudes militares- en el más célebre de los veteranos de la batalla de Lepanto. Aunque don Miguel de Cervantes Saavedra vio así frustrado su proyecto de llegar a América, sus obras lo cumplieron acabadamente por él. Conversamos acerca de esto con Juan Diego Vila, profesor adjunto de Literatura Española del Siglo de Oro en la UBA y miembro de la Asociación de Cervantistas.
-¿Le fue fácil al Quijote llegar a Hispanoamérica?
-No diría fácil. Las premáticas inquisitoriales trataron de impedir la llegada a América de obras de ficción -en especial, los libros de caballería- ya que se suponía predisponían a la rebelión, la locura, la herejía... Pero la reiteración de esas prohibiciones habla de su fracaso. Como estudió Irving Leonard en Los libros del conquistador, la literatura caballeresca sirvió como acicate para los conquistadores, que veían trasladado a la realidad americana ese orden imaginario. América, confín de la alteridad más radical, era el lugar donde podrían vivir aventuras insólitas, luchar contra gigantes, amazonas... Desde la época colonial hubo ejemplares del Quijote en América. Rojas menciona uno de los testimonios más antiguos: una mojiganga realizada en Perú, a comienzos del siglo XVII, en la que desfilaron don Quijote en Rocinante y Sancho en su rucio.
-¿Habría sorprendido a Cervantes ver a don Quijote pasear por calles peruanas?
-No lo creo. En la dedicatoria al conde de Lemos, en la segunda parte del Quijote, Cervantes, para adular a su mecenas, dice haber rechazado el ofrecimiento del emperador de China de que dirija allí un colegio donde se enseñe el castellano con la historia de don Quijote como texto de lectura. Por supuesto, es una broma pero pienso que Cervantes siempre tuvo conciencia de que su obra tenía la potencialidad de una recepción internacional y de las posibilidades de difusión que ofrecía la imprenta. En sus obras se menciona a menudo el horizonte americano. Sancho dice que la Dulcinea encantada podría enseñar a cabalgar "al más diestro cordobés o mexicano"; Quijote, que para pagarle a su escudero "las minas de Potosí fueran poco". El horizonte cultural, para Cervantes, no es estrictamente metropolitano, conoció la literatura de crónicas de la Conquista y una de las obras mencionadas en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote es La Araucana.
-¿Cuándo comenzaron los estudios cervantinos en nuestro país?
-Un interés más sistemático por el tema despunta ya en las primeras décadas del siglo XX: Ricardo Monner Sans publicó en 1916 su Ensayo de antología cervantina; Alberto Gerchunoff, La jofaina maravillosa (1922) y Retorno a don Quijote, que prologó Jorge Luis Borges. Pero para hablar de estudios académicos, debemos remontarnos a las clases universitarias de Ricardo Rojas, que lo incluyó en sus programas desde 1916 y sobre la base de esos cursos, redactó, durante su confinamiento en Ushuaia, su Cervantes (1935).
-¿Cómo influyó el aporte de los filólogos españoles?
-Fue fundamental. En 1923, al fundarse el Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas en la UBA, se gestó una colaboración con España, de donde provinieron los primeros directores, entre ellos, Américo Castro, cuya obra El pensamiento de Cervantes (1925) marcó un antes y un después en el cervantismo. Esa reorientación de los estudios llegó así a la Argentina de modo inmediato y directo. Los directores que sucedieron a Castro, como Montoliú y Amado Alonso, mantuvieron una continuidad que permitió la formación de discípulos. En ese ámbito trabajaron hispanistas como Raimundo y María Rosa Lida, Celina Cortazar, Angel Rosenblat, Ana María Barrenechea, Frida Kurlat, Isaías Lerner, Lía Schwartz, Marcos Morínigo, J. B. Avalle Arce, Melchora Romanos y Hugo Cowes. La mayoría de ellos, sin ser exclusivamente cervantistas, han realizado aportes trascendentes en el área. Esa continuidad sufrió los golpes de los avatares políticos. En 1948, se fueron del país Amado Alonso y los Lida; en 1966, Barrenechea, Lerner, Schwartz y Cowes. Algunos regresaron, otros siguen en contacto pese a la distancia. Pero todos dejaron una obra y discípulos que siguen trabajando. Actualmente, la doctora Alicia Parodi y yo dirigimos proyectos de investigación en los que participan graduados y alumnos. Hemos publicado ya un par de volúmenes y uno de nuestros objetivos es preparar una edición de las Novelas ejemplares.
-Un caso especial es el de Arturo Marasso.
-Marasso unía a sus dotes de investigador las de bibliófilo. Dueño de una biblioteca maravillosa, gran conocedor de la cultura clásica, se preocupó sobre todo por la coordenada culta en la obra cervantina. Cita siempre de primera mano, cuando sostiene que Cervantes empleó tal traducción de un autor clásico, es porque tiene ante sus ojos exactamente esa versión. Su Cervantes. La invención del Quijote (1947) estudia la presencia virgiliana en Cervantes. También hay que mencionar los trabajos de Emilio Carilla en Tucumán y en Mendoza, los de Carlos Nallim.
-¿Qué importancia tiene la reedición que anuncia Eudeba del Quijote editado por Cortazar y Lerner?
-Es la única de prestigio académico internacional hecha en Latinoamérica, por hispanohablantes no españoles. Así como no existe un español neutro, tampoco hay una anotación neutra. Las notas deben satisfacer las necesidades del lector, que no son las mismas aquí que en España. Lerner y Cortazar lograron una excelente edición que atiende a lo que un argentino necesita para leer el Quijote.
-Buenos Aires será sede este año de un encuentro cervantino.
-Sí, nuestro Instituto ha sido elegido por la Asociación de Cervantistas como sede de su Congreso Internacional, que se hará entre el 20 y el 23 de septiembre.


