
Con aire de polémica
EL CANIBAL Por Juan Terranova-(Ediciones del Dragón)-142 páginas-($ 18)
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La fotografía de solapa muestra a un muchacho interrumpido en el acto de leer: el modo en que mira directamente a la cámara, severo y apenas irónico, anticipa perfectamente el tono y contenido del libro, que podríamos definir como un largo ensayo novelado sobre el estado actual de la literatura argentina de ficción y, por extensión, del campo cultural porteño. Con ese aire de parricidio jocoso de tanta primera novela, El caníbal parte de la demoledora hipótesis de que "la literatura se acabó tal como la entendíamos", discute posibilidades de futuro y, acorde con una frase laudatoria de Juan José Saer, termina proponiéndose a sí misma como un modelo de esa nueva narración necesaria.
El caníbal está estructurada como una alternancia entre dos tipos de discurso. En uno, el protagonista –que lleva el mismo nombre del autor, es (como él) profesor de letras en la UBA y tiene también entre manos una primera novela– dialoga con dos personajes mayores en edad, dos personajes que, por su historia y sus opiniones, van adquiriendo poco a poco dimensiones casi alegóricas. Tanto Villegas (un muy reconocible parroquiano de los cafés de la Calle Corrientes, amargado por el rechazo de las editoriales), como Marconi (un pujante editor de otros tiempos, hoy empleado en una editora multinacional al borde de la quiebra) son los sobrevivientes de un tiempo mitificado, los setenta: una especie de edad de oro en que habrían sido indudables las relaciones entre la literatura y la realidad, entre el pensamiento y la acción política; antes, en fin, de que los narradores se encerrasen en sí mismos y fueran rechazados por el lector común, que habría preferido la lectura de "no ficción". En el segundo, este plano de los diálogos se presenta interrumpido por una selección de fragmentos periodísticos, noticias verdaderas aparecidas en diarios y revistas de gran venta; relatos casi inverosímiles pero protagonizados por gente común, y que dan pie al diálogo entre Terranova el personaje y sus esperpénticos maestros.
Si bien puede cuestionarse que esta estructura del El caníbal sea –como lo sugieren los textos de presentación– novedosa, permite considerar al autor como uno de las voces más interesantes aparecidas en la literatura argentina. El manejo de los diversos registros del habla porteña, la brillantez de sus razonamientos y la fuerza de las réplicas, la agudeza con que se va componiendo el contrapunto con las noticias periodísticas, son las herramientas con las que Terranova, sobre el camino de Piglia, logra arrancar la teoría literaria del género del paper académico y plantearla, con voluntad polémica, al lector no especializado. Hay que decir, sin embargo, que cuando se avanza en la lectura, ese recurso único pierde su potencia inicial: el lector termina por quedarse indiferente ante la enésima noticia bizarra, y los diálogos entre el personaje y sus maestros, precisamente por que estos obedecen a los vaivenes del razonamiento conjunto y no a la mínima tensión dramática, se vuelven erráticos y hasta abrumadores. Por otro lado, el afán de agotar intelectualmente cada cuestión, que lleva al narrador a definir la propia novela e indicar cómo debe leérsela, suele privar al lector de las necesarias zonas de silencio donde dejar crecer sus propias hipótesis.
Pero El caníbal es, ante todo, un planteo intelectual, y en este sentido puede dar origen a las mayores disidencias. A pesar de que critica el carácter autista de la literatura argentina actual, la novela misma es un compendio, no sólo de las preocupaciones más corrientes de la carrera de Letras de la UBA (lo que es, por supuesto, un mérito), sino también de las "supersticiones" más corrientes de muchos de sus miembros, sean alumnos, profesores o críticos, supersticiones que nunca se cuestionan en la novela. Me refiero a esa concepción de la "verdadera" literatura como un cuerpo único y no como una coexistencia de infinitas estéticas que van generando, paralelamente, fenómenos distintos. Por otra parte, el libro parece sostener que, después de las innovaciones de un autor "verdadero", toda obra que no incorpore esas innovaciones se volverá anacrónica y descartable, y perderá el "tren" de la posteridad, cuyo maquinista es la crítica. En la misma línea, Terranova parece apoyarse en la falsa creencia de que en el acto de creación de una novela todo es estrategia, no sólo retórica sino aun política. "Pero entonces ¿qué escribo?", pregunta, tierna, patéticamente, el protagonista a sus maestros "dinosaurios"; y ninguno le dice que las ficciones nacen de la fidelidad al deseo personal y por lo tanto del misterio, con saludable prescindencia de las mesas examinadoras, de las opiniones de los críticos y del famoso "canon".




