Con la cabeza gacha
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Concentrado, el hombre escribe con la cabeza gacha. Ante él, se despliegan los trozos de carne de animales que tiene expuestos para la venta en un puesto de un mercado de Kiev. Una luz lo asiste en la tarea. Pero se trata de una luz de campamento, al igual que la que se ve a unos metros. Los horrores de la guerra son infinitos e inimaginables. Entre ellos, están los cortes de energía. Pero la vida sigue. Y esa tranquilidad que transmite el hombre absorto en su tarea, digna de quien está viviendo en el mejor de los mundos, hace pensar en la adaptación ante la adversidad. Aquello que hace unos meses era impensable hoy es moneda corriente en su vida. El espanto del comienzo de la desgracia luego se va naturalizando hasta que tristemente se vuelve costumbre. Peor aún, debe llegar un momento en que uno ya no se debe acordar de cómo era la vida antes. Porque hoy es así y mañana puede ser mucho peor.






