
Contra el posmodernismo
EL OLVIDO DE LA RAZON Por Juan José Sebreli-(Sudamericana)-416 páginas-($ 39)
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Cuando los primeros filósofos modernos se apresuraron a celebrar el triunfo de la "luz natural" de la razón ante la "luz Sobrenatural" y la Oscuridad, no sabían cuán breve sería su reinado. Inoculado hacia fines del siglo XIX, el irracionalismo proliferó a lo largo de todo el siglo XX debilitando la razón moderna hasta llevarla al borde de la muerte. Este es el cuadro de situación que Juan José Sebreli presenta en El olvido de la razón , su último libro.
El texto consiste en un recorrido por la filosofía del siglo XX (y de una pequeña parte de la del XIX), con especial atención en aquellos autores a los que Sebreli considera "irracionalistas". En el "Prólogo" advierte: "No haré un análisis exhaustivo de toda la obra de esos autores, sino que me detendré en aquellos pasajes pertinentes al objetivo propuesto". Como es habitual en sus libros, el autor no se limita a exponer y discutir ideas, sino que toma una posición y desde ella ataca enérgicamente. Por momentos, el libro se transforma en una suerte de estrado judicial por el que desfilan diferentes acusados, a los que el fiscal de la razón, Sebreli, va leyéndoles los cargos que se les imputan. Ahora bien, contrariamente a lo que pueda esperarse de un autor que se propone defender a la razón, Sebreli no sólo analiza ideas, sino que se vale de todo recurso que le permita desprestigiar a sus oponentes. Así, no duda en dar a textos marginales en la producción de un autor el mismo peso que a sus obras consagradas o en apelar a las consecuencias políticas de un concepto tanto como a la vida privada (y, en algunos casos, íntima) de un filósofo si con eso consigue desacreditarlo.
El principal acusado es, sin dudas, Friedrich Nietzsche. Seductor de literatos y artistas que contribuyeron a su expansión, ídolo de las "eternas juventudes rebeldes" (entre las que el autor destaca a las Juventudes hitlerianas, los beatniks, los punk y "los rockeros neonazis o neoanarquistas"), Nietzsche fue el gran responsable, al mismo tiempo, de alimentar el fundamentalismo facista y nazi y de introducir el "relativismo ético" (que Sebreli no distingue del perspectivismo) que imperaría luego con los filósofos posestructuralistas franceses. "El nietzscheanismo de izquierda -afirma Sebreli-, para blanquear al maestro, acostumbra resaltar algunas frases contrarias al antisemitismo y a los alemanes; sin embargo no es difícil [...] hallar otros tantos aforismos de signo contrario". Esto es, precisamente, lo que el autor hace en el capítulo que le dedica al pensador alemán. Pero "su" Nietzsche no sólo es decididamente antisemita, partidario del darwinismo social, responsable del uso que, de expresiones suyas, hayan hecho personajes como Hitler o Mussolini, sino que, además, se le imputa inconsistencia entre su pensamiento y su obra. En efecto, "el escritor agresivo que predicaba la crueldad fue en privado un hombre amable y de buenas maneras"; el autor que escribía con dureza acerca de las mujeres, mantenía con ellas "relaciones asiduas y cordiales", aunque, nos informa Sebreli siguiendo a Curt Paul Janz, "jamás tocó a una mujer".
La labor de difusión de Nietzsche realizada por Martin Heidegger y el compromiso de éste con el nazismo (que, apoyándose en el conocido texto del filósofo chileno Víctor Farías, Heidegger y el nazismo , para Sebreli afectó tanto a su vida como a su obra) resultan elementos más que suficientes para que se lo considere un enemigo de la razón ilustrada. Pero el autor añade a ellos la introducción en la filosofía de un lenguaje "deliberada e innecesariamente difícil, críptico; una jerga donde no se sabía si se quería decir algo o todo lo contrario, o tal vez nada". El manifiesto rechazo de Heidegger a la vida en las grandes urbes y su defensa de la comunidad rural son otras inequívocas señales para Sebreli de su antimodernismo.
También el psicoanálisis es obligado a reconocer su cuota de responsabilidad en el descrédito de la razón. Portador de una ambigüedad presente en el propio Freud, que oscilaba, según el autor, entre un lado científico y uno romántico, el psicoanálisis esconde, tras su aparente cientificidad, arbitrariedades, interpretaciones circulares, inferencias tomadas del sentido común. Lejos de haberse avanzado en la fundamentación científica, "la falta de rigor, la arbitrariedad y la improvisación aumentaron en proporción directa al crecimiento del número de analistas y pacientes". Ya el propio Freud (que además de cargar con "defectos" propios padece de la influencia de Nietzsche) ejercía un control autoritario entre sus colaboradores e imponía una disciplina que acercaba al psicoanálisis "más a una secta esotérica que a una comunidad científica". Sebreli añade, como cuestionamiento, el fracaso en los resultados terapéuticos. Para ilustrar esto recorre casos en los que pacientes supuestamente curados por el psicoanálisis reconocen haber sufrido recaídas; pone en evidencia manipulaciones de historias clínicas realizadas con los fines de que la teoría psicoanalítica se viera fortalecida; menciona varios suicidios célebres de pacientes de Freud o de sus sucesores. Obviamente, Sebreli reconoce que hay pacientes que experimentan mejoras tras la terapia. Sin embargo, sostiene, "los supuestos éxitos de las terapias analíticas tampoco probarían la bondad del psicoanálisis, ya que nunca se sabrá si la cura se debe al análisis o a otras circunstancias; es difícil conocer todas las variables que pudieron interactuar con el tratamiento". Lo curioso de esta afirmación es que parece no valer para el autor cuando se habla de "ejemplos" del fracaso de la terapia: si la cura no alcanza para probar la eficacia del análisis, tampoco el suicidio de un paciente debería mostrar su ineficacia.
Además de los intelectuales mencionados, por el estrado de Sebreli desfilan Lacan, Lévi-Strauss, Barthes, Deleuze, Althusser, Derrida y Foucault.
El olvido de la razón es un texto que no puede ser recorrido pasivamente. La contundencia con la que Sebreli se expide sobre algunos de los máximos referentes de la cultura del siglo XX más que cerrar la discusión la alimenta. Cada capítulo convoca a una relectura de esos autores; cada página es una provocación al pensamiento.




