
Corsarios por la Independencia
Andanzas de los aventureros norteamericanos que surcaron los mares al servicio de la emancipación argentina
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Como modo de dañar el comercio español en el mundo y ocasionar pérdidas militares a la Corona, los países sudamericanos que surgían a la vida libre, pobres y carentes de escuadras y de recursos para adquirir buques que hicieran frente a las naves de Fernando VII, otorgaban patentes de corso a aventureros experimentados en las lides del mar, que contaban con el apoyo de armadores decididos a obtener cuantiosos beneficios económicos mediante la venta de las presas que obtuvieran.
Dichas actividades no eran una novedad, pues se remontaban a la Edad Media, se habían desarrollado con éxito a lo largo de varias centurias y habían alcanzado momentos de gran esplendor sobre todo en la Inglaterra de los siglos XVI a XVIII en que hombres como Francis Drake, John Hawkins, Thomas Cavendish y John Mac Namara recibieron honores y grandes fortunas de parte de la corona británica. También Francia obtuvo el concurso de marinos que ofrendaron su espada al mejor postor. Otro tanto hicieron los Estados Unidos de Norteamérica durante sus dos guerras de independencia. Y a su vez España recurrió al mismo arbitrio en sus luchas con Inglaterra, sin desecharlo más tarde para contrarrestar a los corsarios de América del Sur.
A diferencia de los piratas, ladrones que se desplazaban por las aguas del mundo con el fin de robar y matar a su exclusivo beneficio, los corsarios -no menos duros a la hora de ganar un botín- contaban con patentes de los respectivos gobiernos, y al hallarse respaldados legalmente en su accionar, contaban con un estatus más beneficioso en caso de ser aprehendidos.
Después de la victoria naval de Montevideo, en que los buques patriotas derrotaron a los bajeles realistas (17 de mayo de 1814), y la consecuente la rendición de esa ciudad, sitiada desde hacía cuatro años, el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata decidió vender los barcos que componían la escuadra en la creencia de que ya no los necesitaría. Pronto se arrepintió de tan desacertada decisión, pues España, libre de la invasión napoleónica, se dispuso a recuperar a sangre y fuego sus posesiones americanas. Las noticias de que se enviaría una gran expedición armada sobre Buenos Aires, la cual finalmente sería orientada hacia la Costa Firme (hoy Colombia y Venezuela), llegaban cuando la suerte de las armas patriotas en el Alto Perú era adversa y se agudizaban los enfrentamientos civiles en el litoral.
Ante tan oscuro panorama, el director supremo Ignacio Álvarez Thomas decidió recurrir a las operaciones corsarias. Poseía el antecedente del marino catalán Juan Antonio Toll, quien se había atrevido a navegar hasta Calcuta con el bergantín Palomo, que enarbolaba bandera argentina, y había obtenido diversas presas. Así, cuando los capitanes David Jewett, norteamericano, y Thomas Taylor, inglés, solicitaron patentes de corso para zarpar con sus naves, el bergantín Invencible y la corbeta Céfiro, les fueron concedidas sin dificultades. En realidad, el primer título pedido y otorgado había sido para el capitán George Sonntag, propietario del True Blooded Yankee. Por alguna razón que desconocemos, el marino terminó en malas relaciones con el Directorio, lo que lo llevó a venderle a Jewett una parte de la propiedad del buque que se encontraba en Salvador de Bahía, Brasil, luego de un amotinamiento de su tripulación. ...ste le dio el ya citado nombre de Invencible, y comenzó su campaña. Paralelamente, alistaban sus veleros para iniciar operaciones corsarias dos oficiales al servicio de las Provincias Unidas que protagonizarían epopeyas indeleblemente grabadas en la historia naval argentina: Guillermo Brown e Hipólito Bouchard.
El balance de las correrías que realizaron Jewett y Taylor mostró ciertos logros, lo que estimuló al gobierno a expedir nuevos pliegos. Taylor adquirió seis con el dinero obtenido, y luego del hundimiento de la Céfiro, se trasladó a los Estados Unidos con el fin de armar otros buques. Pronto una nube de corsarios con documentos otorgados por el gobierno de Buenos Aires surcó los mares del mundo en busca de naves españolas para atacarlas y apropiarse de los bienes que transportaban.
La principal base de operaciones fue Baltimore, ubicada en el estado de Maryland, en la costa occidental de los Estados Unidos de América, notable centro de construcción naviera, en el que funcionaban empresas marítimas muy desarrolladas. Los buques partían, además, de los puertos de Nueva Orleans, Savannah, Norfolk y Charleston y poseían refugios en el Caribe y en el norte de Europa.
Las aguas del Atlántico fueron las más concurridas pues sus características eran "casi ideales para las acciones de corso", según señala Lewis Winkler Bealer. España aún mantenía un considerable intercambio mercantil con las posesiones americanas bajo su dominio, además de las que contaba en Filipinas. La principal línea de comunicación fue el istmo de Panamá y Vera Cruz, vía La Habana. Los barcos de la Compañía de Filipinas doblaban el Cabo de Buena Esperanza y remontaban la costa de África. Si bien el tráfico transatlántico fue de mayor importancia global, el de las Indias Orientales resultó mucho más rico en cargas individuales.
Entre los capitanes norteamericanos o de otras nacionalidades con base principal en puertos estadounidenses, se destacan los nombres de Diego Chayter (o Chaytor), David De Forest, José Joaquín de Almeida, Juan Dieter, Juan Stafford y Jorge Wilson. Pero no es fácil ubicarlos a todos. Bien dicen los almirantes Horacio Rodríguez y Pablo Arguindeguy que "dar cifras de los corsarios privados realmente activos es una utopía con resultados ajenos a la verdad histórica", por la concurrencia de factores que dificultan y deforman los números reales, como la gran cantidad de patentes en blanco vendidas y no utilizadas, duplicadas o falseadas.
Hubo entre los comandantes, oficiales y tripulantes corsarios que jaquearon el Atlántico y los puertos peninsulares, aventureros codiciosos y de pocos escrúpulos, pero la mayoría supo honrar el pabellón de un país que muchos no conocían y que, sin embargo, admiraban como símbolo de esa libertad que consideraban un bien tan inconmensurable como los océanos que surcaban.

