
Cortar cabezas
POSESIONES Por Julia Kristeva (Perfil libros)-272 páginas-($ 17)
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CUANDO la joven Julia Kristeva, siendo ya conocida en el ámbito intelectual, publicó su primera obra teórica ( Semiotiké , 1969), la recepción crítica fue muy buena; incluso quienes no adherían a sus posiciones se veían obligados a respetarla, si no a admirarla. Mucho más fría y negativa fue la recepción de su primera novela, y no sólo -aunque también- por motivos literarios. Tal como lo había hecho Simone de Beauvoir en Los mandarines (1954), Kristeva evocaba en Los samurais (1990) a grandes intelectuales de sus años mozos, modificando apenas sus nombres -para que fueran reconocidos- y acentuando particularmente sus pequeños defectos, como si quisiera rebajar la estatura intelectual de los grandes maestros. Exceptuando a los seres a quienes siempre amó y/o admiró (P. Sollers, R. Barthes, E. Benveniste), no parecía querer dejar títere con cabeza, movida por una singular pasión: la decapitación. A esa pasión se refiere también la autora en el primer capítulo de Visiones capitales (1998), publicado hace poco, como anticipo, en este suplemento.
"Una decapitación": tal es el título de la primera parte de la tercera novela de Kristeva, Posesiones (1996), que comienza por el descubrimiento del cuerpo de una mujer decapitada, en la ciudad imaginaria de Santa Bárbara (donde también transcurre la acción de la segunda novela de la autora, El viejo y los lobos , 1991). La víctima, asesinada antes de ser decapitada, es una de las protagonistas de la novela, la traductora santabarbarense Gloria Harrison. La otra protagonista es la narradora -en primera persona- de la mayor parte del relato: Stéphanie Delacour (también presente en El viejo... ), periodista francesa que, paralelamente a la investigación del comisario Northrop Rilsky, intentará dilucidar las razones del crimen.
La investigación da lugar al desfile de varios personajes (de Santa Bárbara, de París), pero el lector advertirá, con el correr de las páginas, que el eje fundamental de la novela es la vida de Gloria Harrison, y especialmente su relación con su hijo, Jerry Novak, un niño cercano a la adolescencia, sordo, de una belleza impactante, que reproduce Picassos a la perfección. El amor por su hijo discapacitado -un amor no exento de violencia- "posee" literalmente a Gloria, y ella no es la única "poseída". En esa historia de "posesiones" cruzadas se cifran, finalmente, los móviles del crimen, demasiado explicados en la tercera parte de esta novela que, a pesar de su estructura policial, tiene rasgos propios de la novela psicológica.
La historia, por momentos conmovedora, es interesante. Con historias menos complejas e interesantes se puede escribir una gran novela. No es éste el caso. Y no lo es porque, salvo en ciertos pasajes (algún lector apreciará, por ejemplo, la cruda descripción de la mujer sin cabeza, que nos remite a la inquietante pasión que señalamos al abrir este comentario), Kristeva incurre en torpezas narrativas y de lenguaje, que comienzan por un pretendido tono irónico o humorístico rara vez logrado. La reiteración de ciertas construcciones (la enfática "por lo que a mí respecta", "por lo que a ella respecta", etcétera) puede resultar tan poco graciosa como la de algunos chistes (por ejemplo Rilsky no deja de repetir "es-inútil-que-se-lo-diga", y su subordinado Popov no deja de agregar, en eco, " ´nútil-que-se-lo-diga").
También son tediosas, en los diálogos, las acotaciones entre paréntesis, explicativas, que cierran las réplicas (recurso ya utilizado por la autora en sus novelas anteriores), como en este fragmento de un diálogo entre el comisario y uno de los sospechosos, Pascal Allart: "-¿Si habláramos de Gloria Harrison? ¿Pasó usted la noche con su esposa? (Rilsky, siempre absorto en sus legajos.) / -¿Podría hacer otra cosa? (Allart, sin dejarse desconcertar, pero hablando más lentamente, según le pareció al comisario.) / -La señora Allart no aprecia sino moderadamente su debilidad por su amiga Gloria, se diría. (Rilsky, natural como un meteorólogo.) / -Todo eso es pasado. (Pascal, relajado.)". Este pequeño ejemplo no basta para mostrar hasta qué punto el recurso, que se va haciendo tan previsible como el contenido de las acotaciones y que persigue, de modo manifiesto, un efecto irónico o humorístico, termina siendo exasperante. La evidencia de la intención ahoga la ironía y el humor, que reposan siempre en una cualidad que a la autora le falta y que suele ser saludable en los escritores: la sutileza.
A favor de Posesiones se puede argüir sin embargo que, si bien difícilmente la novela logre tocar el sentimiento estético de los lectores, puede quizás conmoverlos. También es justo reconocer que se trata, con todo, de la mejor de las tres novelas de la autora. Por su parte, Víctor Goldstein hizo muy bien su trabajo de traducción y, fiel o piadoso, no le cortó la cabeza a ninguna frase.




